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10 de febrero de 2023

Señora de las siete décadas

 (Enlazando hilos de una misma historia)



"La vida no es lo que uno vivió 
sino lo que recuerda 
y cómo la recuerda para contarla"
Gabriel García Márquez


Septuagenaria... palabra fuerte.  Sinónimo de envejeciente,  “baby-boomers”, persona grande, de edad avanzada  o de la tercera edad… Cuántos eufemismos para evitar decir vieja.  Señora, no ya de las cuatro décadas, como dice Arjona, sino de siete.. pues, como canta Ana Belén, “yo también nací en el ‘53”.


Fui una niña feliz, y me atrevo a decir que así me siento a veces, como si aún fuera esa niña. Quizás es que, en realidad, nunca me abandonó o que estos setenta años volaron y no le dio tiempo a escaparse.

La primera década (1963) terminó abruptamente con la partida de mi abuelo. Vivíamos siete en la casa: mis abuelos Juan y Esperanza, mis tíos Lydia y William, mami, mi hermana Sandra y yo.  Papi, como siempre lo llamé, tenía a sus 83 años,  esa fortaleza, serenidad y seguridad que solo tienen los que han vivido con responsabilidad y fe.  Así se fue, y conocí lo permanente que es la muerte. Fue él quien le dio forma a la casa de Roosevelt. Aún quedan en la verja las granadas, residuos de la Segunda Guerra Mundial, y en una de sus columnas, el viejo semáforo, pieza del ya extinto ferrocarril donde trabajó. Era un contador de historias, aún me parece verlo sentado en su sillón en el balcón, fumando el habano de la tarde.
De esa primera década no recuerdo mucho,  mi memoria me traiciona con frecuencia.  Los buenos recuerdos tanto como los malos, se confunden, se mezclan, se pierden.  Si sé que contamos siempre con el respaldo de Tata, gran amiga venezolana de abuelita, que se convirtió en un pilar de la familia.  Y que mi camino tuvo como norte el de mi hermana.  Siempre traté de seguir los pasos de Sandra y de repetir sus logros.  Conté con su guía y orientación, hasta con sus mapas.  Y por lo general, lo conseguí.
Representé a mi clase de segundo grado en una coronación escolar. Una coincidencia del destino me haría conocer, muchos años después, a la hermana de mi maestra, la Sra. Martínez, y trabajar con ella en el Centro Cultural de Vega Baja.  No llegué a reina, creo que fui segunda princesa. Estaba muy orgullosa de mi traje, inspirado en el flamboyán, y que estaba pintado a mano en toda la tela amarilla.  Por poco no puedo estrenarlo, el asma quería dañarme la fiesta, pero desfilé, con mi abuelo a mi lado, sombrilla en mano, por si llovía.
Mami trabajaba en la Sección de Nóminas del Departamento de Educación.  Me encantaba ir con ella a su trabajo y ver aquella máquina que llamaban computadora, tan grande que tomaba toda una pared, llena de agujeros, al que le insertaban cables, los cuales cambiaban cada cierto tiempo de sitio.  De la misma, salían unas tarjetas de colores con orificios pequeñitos rectangulares y que nosotras enumerábamos con un instrumento que iba cambiando de número. 
Recuerdo con mucho cariño a las monjas Trinitarias.  El convento quedaba tras de casa, y en la capilla tenían un Niñito de Praga, al que le cambiaban la ropa.  Fue una gran tristeza cuando le encomendaron el Colegio a otra Congregación.  Sin embargo, no tuve muchos problemas, tengo que aceptar que fui estofona y seriecita. Me gustaba estudiar y participar en todas las actividades extracurriculares que pudiera.
Siempre conté con el apoyo de mami.  Si quería ser niña escucha, mami era líder de la tropa.  Hasta abuelita iba a todos los campamentos allá en el Elisa Colberg.   Nunca fui sola a una fiesta, mami se quedaba en las mesas, junto a otras madres,  hasta que nos cansábamos de dar vueltas, porque poco era lo que bailábamos.  No había tiempo para aburrirse. Paseábamos por la isla en caravana, a la playa, al Yunque, siempre rodeados de amigos que veían en mami a otra madre. Tomaba clases de guitarra, de baile, de natación; pertenecía a las Hijas de María, a la JAC, al Club de Filatelia, al Drama Club.  Mis compañeros y amigos  fueron más o menos siempre los mismos, pues eran mis primos o eran del Colegio donde estudié desde kínder o  vecinos de la Urbanización Roosevelt, donde siempre viví. Del Colegio La Merced pasé a la Universidad, Recinto de Río Piedras, como si fuera un paso lógico, necesario, sin tener una idea certera de a qué facultad quería ingresar.

Cerré mi segunda década – 1973 –  con el viaje a Disney-NY-Canada.  Sandra se graduaba de la UPR, y yo, tomé mi regalo anticipado. Fue una época de cambios y decisiones que marcaron lo que sería mi futuro.  Estudiando el año básico, solicité admisión a la Facultad de Humanidades para estudiar Teatro.  Años  inolvidables los de estudiantes, nuevas amigas que serían para siempre. A pesar de que seguía viviendo en casa, todo era distinto. Estudié, me divertí, hice teatro, descubrí la vida nocturna de San Juan, el café teatro La Tea, la nueva trova, la música de protesta, vi por primera vez a Serrat, seguí todos los conciertos de Danny Rivera, fumé, bebí, gocé mi juventud sin desaprovecharla y prueba de esto es que me gradué con honores a los 21 años.
Trabajaba en el Dispensario de la parada 19, cuando se me ofreció la plaza de teatro de la escuela superior de Vega Baja.  Pensé no aceptarla, ya tenía una plaza permanente en MedicAid, vivía en casa y no tenía gastos mayores. Sin embargo, no era eso lo que había estudiado y aunque económicamente salía perdiendo, decidí aceptarla.  Mi hermana ocupaba una plaza del Seguro Social en Manatí, y quería irme con ella.  Así, a mis 22 años me convertí en la maestra de teatro de la Escuela Superior Lino Padrón Rivera,  puesto que ocupé hasta  cumplir los treinta años en el gobierno y poder retirarme, a pesar de no contar con la edad requerida para la jubilación.  Un año después ella se trasladó a San Juan pero ya Vega Baja me había robado para siempre.

Terminé mi tercera década - 1983- , casada, con dos hijos Maritza Beatriz, Noel Ernesto  (Juan Noel llegaría al año siguiente).  A través de los años, me di cuenta que había escogido la profesión correcta, que podía llegar a los estudiantes por medio del teatro y me sentí orgullosa de la labor realizada.  Estuve activa en actividades culturales y sindicales, a través del Centro Cultural de Vega Baja y la Federación de Maestros de Puerto Rico.

Para mi cuarta década-1993 - estaba divorciada, con tres hijos, viviendo con ellos y para ellos, contando hasta su partida con la inmensa ayuda de mami, de la incomparable titi Lydia, (a abuelita la había perdido en el 85) y doña Gloria, mi “siempre suegra” como ella misma se llamaba, tres madres que nunca me dejaron sola.  Disfruté ver crecer a mis hijos, vivimos juntos alegrías y decepciones, logros y tristezas, escuela y diversiones, playa, aventuras, risas y lágrimas.  Nos acostumbramos a estar juntos, a compartirlo todo, a dividir todo entre cuatro.  El teatro se convirtió en pieza clave en el tablero de mi vida y por osmosis,  en la de mis hijos. Nuestros amigos se convirtieron en compadres, los hijos de todos en “primos”, y nacieron nuevos lazos que serían eternos. Fue a principios de esta década que conocí a mi padre biológico, un día de Acción de Gracias. Así sin aviso, sin esperármelo, le di el primer y último beso de nuestras vidas. Lamentablemente, en esta década también se lo di a mi madre.

En la quinta década -2003- empecé el conteo regresivo para el retiro, con nuevos planes y proyectos, que aunque no se concretaron, me permitieron dar ese paso con muchas ilusiones. Mis hijos se graduaron de la escuela superior (le di clase a los tres), buscaron sus rumbos, abandonaron el nido… y descubrí el Internet. Nuevas amistades, nuevos retos. Fue ese año que di el primero de muchos viajes a Buenos Aires y San Miguel y por lo que ahora, 10 años después, tengo nuera y dos nietos argentinos. 
Me enfrenté a que mis hijos dejaran de ser “los hijos de Elsia” y  se refirieran a mí como la mamá de ellos. 
En todas las épocas hubo personas, amigos, que me ayudaron a seguir adelante.  Gente que me ayudó a moverme  para que pudiéramos ir a actividades escolares y deportivas, que me respaldaron en el proceso de crianza.  Gente que me acompañó en los momentos más felices y me ayudó a superar los más difíciles. Gente que lloró conmigo y río conmigo, gente que me motivó a desarrollar mis talentos, a olvidar mi timidez, a luchar por mis hijos y por mí misma, para que ellos se convirtieran en los adultos que son y yo me sienta hoy realizada. Por miedo a omitir a alguien evito mencionar nombres, pues fueron muchos los ángeles que encontré en el camino, muchos de los cuales aún siguen a mi lado.
En ocasiones siento que algunos episodios de mi vida pertenecen a otra persona, que viví por momentos una vida prestada.  Cuando miro atrás y pienso en la hija, en la maestra, en la actriz y directora, en la amiga, en la joven que un día fui, me parecen escenas envueltas en un sueño, partes de una película ajena. 

Cerré esa sexta década (2013) con la hermosa e inigualable experiencia de ser cinco veces abuela. (La benjamina no llegaba todavía)  Un amor distinto, no más grande pero quizás sí más tierno, más divertido.  Disfruto  ser la maestra en casa de Edil Nahuel, comunicarme en la distancia con Germán Emilio, haber estado en el nacimiento de Luna Esperanza, (gracias, Vane, por este privilegio) tener en la isla a Mía Beatriz y Urayoán Noel.  Si emocionante es que te digan “mami”, indescriptible es escuchar “abuela”. Y ni decir del poder de persuasión que tienen las palabras “abuelita linda”.
Escribir cuentos, llevar un blog y participar en talleres literarios me ilusionan.  La tecnología de este nuevo siglo y el avance de las comunicaciones me maravillan. El respeto a las canas y la silla asegurada son algunas de las recompensas de la edad. Ser la abuela en la casa donde fui la menor de las nietas y que ya no esté nuestra "titi-gue" en ella, es una sensación bien extraña.  No han pasado seis décadas en vano.

Cierro otra década, la séptima, (2023) mucho más rápido de lo que pensé.  Tomo este escrito de hace diez años para actualizarlo y me pregunto si volveré a hacerlo.  El tiempo lo dirá.  Agradezco a Dios haber llegado aquí, con salud, energía, con menos dientes pero mejor vista y a pesar de ser una época tan extraña, de tantos sucesos locales y mundiales, con esperanza.
Nuestra isla está en la ruta de los huracanes. Sin embargo, en toda mi vida no vi uno como el que nos azotó en el 2017. María atravesó la isla, nos dejó sin servicio eléctrico por meses, destrozó viviendas y sembrados.  Fue la causa, directa o indirecta de miles de muertes, entre ellos la de la abuelita Gloria, y de la separación de muchas familias. Aura Celeste, quien se había unido a mi clan de nietos en el 2014, tras María, vive con su mamá y hermana en Orlando.  Y por eso, aunque Mía y Urayoán se establecieron en Puerto Rico, sigo teniendo tres nietos lejos de la patria. 
Estrenamos nuevo hogar, nuevo ambiente en nuestra amada Vega Baja, con nuestras mascotas Marlon Brando y un gallito que Nahuel bautizó como Winter Nicolás. 
El 2020, un año que sonaba tan impactante, olímpico y eleccionario, nos sorprendió con un terremoto y sus réplicas,  eventos que no se habían repetido en un siglo. Jamás como el que ocurrió precisamente el día en que cierro esta década en Siria y Turquía, pero desastroso en especial para los pueblos del sur.  ¡Cuánta destrucción, miedo y dolor!  Y para confirmar nuestra fragilidad, un pequño virus nos encerró en nuestras casas sin hacer caso de fronteras, razas o distinciones.  El Covid-19  se convirtió en una pandemia, una experiencia que no conocíamos y que provocó muchas lágrimas.   Nos distanció físicamente, cambió nuestra rutina, nos aisló, nos obligó a usar mascarillas y a tomar precauciones excesivas para evitar el contagio.  
Aparte de mis tres césareas, no había sido hospitalizada.  Mi vesícula me traicionó y me recluyó por 17 días, en un mes que prometía tanto.  "De vez en cuando la vida... nos regala un sueño tan escurridizo que hay que andarlo de puntillas para no romper el hechizo".  Y a veces se pisa demasiado fuerte. 
Duele que los seres que amamos se nos vayan sin adiós ni despedida. Algunas partidas son inevitables, otras incomprensibles. Saber que dos hombres que amé se me adelantaron en el viaje definitivo fue muy triste.  Pero perder a mi único sobrino fue algo inesperado. "La muerte para los jóvenes es naufragio y para los viejos es llegar a puerto".


Disfruto los juegos de fútbol ahora tanto o más que los de béisbol o baloncesto. Ver a Messi levantar la copa del Mundial fue un sueño de años cumplido.  Quisiera ver a Yadier y el "Team Rubio" levantar la del Clásico Mundial de Beisbol después de dos veces "casi ganadores". 

Pues ¿he cambiado tanto? No sé...
Pensaba  antes que los Beatles era el mejor grupo musical del mundo y que nunca pasarían de moda.  Hoy estoy segura de ello.
Creía que Danny Rivera era la mejor voz masculina de Puerto Rico y Joan Manuel Serrat el mejor cantautor del mundo.  Hoy lo sigo  creyendo
Entonces no me gustaban los salones de belleza, el maquillaje excesivo ni las joyas.  Como no me gustaban los mariscos ni las aceitunas. Todavía no me gustan.
Pensaba que no había diferencias entre clases sociales, razas, culturas.  Lo sigo pensando.
Me apasionaba la literatura, la música, las artes y los deportes.  Me siguen apasionando.
De joven creía que la libertad era un derecho de todos los pueblos y que mi patria, como toda América, podía tenerla.  Creía en la posibilidad de un mundo mejor, en la solidaridad, en la tolerancia, en que la mayoría de los seres humanos son buenos y podíamos vivir en paz.  Hoy, a pesar de todo…. lo sigo creyendo.

No niego que temo a la ancianidad. "Lo más temible de la vejez no es la soledad sino la dependencia", escribió Isabel Allende.  No me gusta la idea de convertirme en un problema por lo que agradezco a Dios cada día en que me permite ser solución.
Deseo que mis hijos sigan reuniéndose, apoyándose, cuidándose uno al otro cuando yo no esté. Ruego que mis nietos logren sus sueños, alcancen sus metas y se sientan realizados en su adultez. 
No sé que traerá el futuro ni cuań largo sea. Soy parte de una generación que ha caminado por dos milenios, dos siglos, siete décadas y sigue en pie.  He sido bendecida por la familia en que crecí, la que formé, mis hijos, sobrinos, nietos, sobrinos nietos, los amigos que coincidieron en mi espacio y tiempo, las que me han acompañado por décadas, los que llegaron poco o mucho después y se hicieron familia, con aquellos que compartí estudios, trabajo, luchas, sueños, horas de conversación, juegos y música, alegrías, tristezas, proyectos, preocupaciones y aficiones.  No me puedo quejar, he sido una mujer afortunada pues "los mayores tesoros que tengo, no los he comprao".


Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.
...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno! 
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!



(Este escrito fue publicado por primera vez como Señora de las seis décadas el 10 de febrero de 2013.  Ahora, diez años después, tengo la fortuna de poderlo actualizar.  )

3 de mayo de 2013

Recordándote, querida titi

Escribí esta carta hace tres años, más para mí que para ti.  Ya habías partido en ese viaje definitivo que sabemos inevitable pero para el que nunca nos preparamos.  
Hoy cumplirías 92 años. Sé que estaría contigo.  Como estás tú en mi recuerdo.
Hoy y siempre.

Querida Titi:
No pensé que partirías tan pronto, que te fueras ese mismo viernes en que te hospitalizamos de emergencia. Y es que siempre nos sorprendiste, más atenta a los demás que a ti misma. Te hacíamos eterna, como si nunca nos faltarías.
No tuviste hijos, pero viviste pendiente a tus cuatro sobrinos: Arturito, Aranedis, Sandra y yo. Todos me decían que debieron bautizarme Lydia en lugar de llevar el nombre de mami, Elsia, pues yo me parecía más a ti que a ella..  Y es cierto... Puedo verte en mí y en mi hija.


No te gustaba ver televisión, sin embargo en casa nunca faltó un aparato. Tu emoción era ver a los demás disfrutarla. Así fuera la señal del indio que probaba la nueva empresa o el payaso Pirulí que no nos perdíamos ni Sandra ni yo. Recuerdo que una vez abuelita, fanática cangrejera, vio un televisor de mueble, hermoso, y comentó que le gustaría uno así. Al otro día, había uno en la sala “para que veas los juegos de pelota” le dijiste.

Nos celebraste todos los cumpleaños. Organizaste nuestras bodas. De todo momento importante, fuiste piedra esencial. Tu vida fue ayudar a mami a criarnos, a que nada nos faltara, como le prometiste.

Nunca guiaste, sin embargo, nos diste carro. No te gustaba retratar, y nos regalaste cámaras de fotografías y vídeos. Invento que salía, invento que comprabas. Sabías que a mami le encantaba todo lo que fuera tecnológico. Y tú, que no sabías ni poner un cd, nos diste todo equipo del que nos antojamos. A ti no te hacían falta: siempre te bastó tu radio de baterías. Era lo único que necesitabas…y el que te acompañó hasta el final.

No sabías música, sin embargo, en casa había piano, guitarras, órgano, mandolina. No faltaban los instrumentos de percusión, sobre todo a la hora de despedir el año. Y todos los cd que nos gustara. Salías corriendo a comprarlos, a veces sin saber ni qué pedías. Porque no podemos negar que eras un “poquito” despistada. ¡Cuántas veces compraste un traje porque se parecía a ti. Claro , si ya lo tenías… No me daba coraje porque entonces los heredaba. 


Y siempre te gustaba estar combinadita, con los zapatos, pantalla y collar justos y apropiados. Sin embargo, no comprabas ropa cara. Más gastabas en los demás que en ti.  Ibas al colmado todos los sábados. El vinito para Mami, la “Coors”para tío Arturo, las merienditas y salchichas para los nenes, las Medallas para nosotras, los higaditos para el gato, el arroz para cocinarle a las perras, el jugo de uva para los Mercado, lo que tomaba Fanny, o que tomaba Helga, lo que tomaba Elsa… un licor distinto para todas las visitas que pudieras recibir. La felicidad de decir: “allí hay de todo. Sírvanse”. 


Ay, titi, había que estar listo para la hora del “glú-glú”. Pero "qué tentación" cantaba Braulio y buscabamos una fría.  Aunque me mandaras a callar cuando berreábamos con Alvaro Torres. "Nada se compara contiiiiiiiigoooooooooo"... Y ahora pienso que es irónico, tú me dabas las gracias por hacerte feliz. Cuando solo te devolvía un poco de lo que me diste.

Podías haberte ido a viajar el mundo. Sin embargo, nunca quisiste ir a ningún sitio si no era con nosotras. Gracias a Dios, y a mami que te impulsó, pudieron ir a México, y cumplir el sueño de los tres hermanos.
No olvidaré tus recetas: los spaghetti a la carbonara que bautizaste lidianos, la lasaña gigantesca y riquísima que era nuestra comida preferida, la papa ilusión, el pollo sudado.
Ni tus lidiadas… ¡Cuánto nos reíamos cuando hacías una de las tuyas! Cuando en tu oficina, con no sé cuantos pisos encima, decías que no te preocupabas en un terremoto porque solo tenías un techito de “foam” sobre tu cabeza. O aquella hormiguita que te llevaste a casa en una cajita de fósforos porque no iba a encontrar qué comer en un baño del edificio federal. O aquella carta que le escribiste al alcalde de Ponce y que tu jefe te devolvió porque estaba perfecta pero él no tenía tanta confianza como para llamarlo “Sr. Churumba”. 


Tu día comenzaba muy temprano, leías en la misa de Radio Oro a las cinco de la mañana, pero antes te ibas al teléfono a tomar las intenciones. Te tocaba hasta servir de despertador a los padres. No te ibas sin prepararle un bocadillo a cada uno.Porque siempre fueron invitados especiales en la casa. Sobre todo, el día de Padres. Día, sin falla, de “king crab”. Luego a trabajar. Muchas veces ibas y venías a pie. Te opusiste al retiro... hasta que tu maquinilla desapareció y en su lugar te pusieron una computadora. Ese día tomaste tu cartera y dijiste adiós. Llevabas cuarenta y tantos años de servicio.
Fuiste secretaria no solo en tu vida profesional sino de todas las organizaciones de la iglesia. Siempre admiré aquellos signos taquigráficos con que tomabas las minutas de las reuniones y que solo tu entendías. 
Te ocupaste luego de organizar los lectores de las misas, de los bacalaitos de las fiestas parroquiales, de que siempre hubiera un sacerdote en las Misas de la Aurora. Recordaba el Padre Osorio que no lo dejabas dormir, que lo despertabas casi a la hora de él acostarse. 


No sé ni cómo pasaste de ser titi a ser Titi-gué. Mis hijos te adoraron y tú los adorabas. Me preguntabas: ¿Y ya no viene Juan? Era tu preocupación. Maritza y Nahuel, tus consentidos, sus visitas semanales te hacían reir.  Y se te iluminaba la cara cuando pensabas en Noel, "tan bueno y tanto que quiere a mi Lorco”. Querías tener siempre presente los nombres de mis nietos, que no se te escaparan de la mente. Germán, el de Alaska, los de Argentina. Te daba trabajo recordar el nombre de Urayoán, pero no olvidabas el de Mía. Así bautizaste a tu muñeca, la que guardaré para un día dársela. En mayo, como tú, nació Luna y te emocionó que también llevara el nombre de tu "mamin". Luna Esperanza. 


“Todo pasa y todo queda...
 pero lo nuestro es pasar... 
pasar haciendo caminos…”

 Hoy papi, mami, tío Arturo y abuelita tienen la dicha de encontrarse contigo 
Yo sé que un día,  querida titi,  nos volveremos a ver...

Gracias por ser quien fuiste. Gracias por ser quien soy.
Te amo
Bendición.
Piru

10 de febrero de 2013

Señora de las seis décadas

(Enlazando hilos de una misma historia)


"La vida no es lo que uno vivió 
sino lo que recuerda 
y cómo la recuerda para contarla"
Gabriel García Márquez


Sexagenaria... palabra fuerte.  Sinónimo de envejeciente,  “baby-boomers”, persona grande, de edad avanzada  o de la tercera edad… Cuántos eufemismos para evitar decir vieja.  Señora, no ya de las cuatro décadas, como dice Arjona, sino de seis... pues, como canta Ana Belén, “yo también nací en el ‘53”.
Fui una niña feliz, y me atrevo a decir que así me siento a veces, como si aún fuera esa niña feliz. Quizás es que en realidad, nunca me abandonó o que esos sesenta años  pasaron demasiado rápido.
La primera década terminó abruptamente con la partida de mi abuelo. Vivíamos siete en la casa: mis abuelos Juan y Esperanza, mis tíos Lydia y William, mami, mi hermana Sandra y yo.  Papi, como siempre lo llamé, tenía a sus 83 años,  esa fortaleza, serenidad y seguridad que solo tienen los que han vivido con responsabilidad y fe.  Y así se fue, y conocí lo permanente que es la muerte. Fue él quien le dio forma a la casa de Roosevelt. Aún quedan en la verja las granadas, residuos de la Segunda Guerra Mundial, y en una de sus columnas, el viejo semáforo, pieza del ya extinto ferrocarril donde trabajó. Era un contador de historias, aún me parece verlo sentado en su sillón en el balcón, fumando el habano de la tarde.
De esa primera década no recuerdo mucho,  mi memoria me traiciona con frecuencia.  Los buenos recuerdos tanto como los malos, se confunden, se mezclan, se pierden.  Si sé que contamos siempre con el respaldo de Tata, una venezolana, amiga de abuela, que se convirtió en un pilar de la familia.  Y que mi camino tuvo como norte el de mi hermana.  Siempre traté de seguir los pasos de Sandra y de repetir sus logros.  Conté con su guía y orientación, hasta con sus mapas.  Y por lo general, lo conseguí.
Representé a mi clase de segundo grado en una coronación escolar.  No llegué a reina, creo que fui segunda princesa. Estaba muy orgullosa de mi traje, inspirado en el flamboyán, y que estaba pintado a mano en toda la tela amarilla.  Por poco no puedo estrenarlo, el asma quería dañarme la fiesta, pero desfilé, con mi abuelo a mi lado, sombrilla en mano, por si llovía.
Mami trabajaba en la Sección de Nóminas del Departamento de Educación.  Me encantaba ir con ella a su trabajo y ver aquella máquina que llamaban computadora, tan grande que tomaba toda una pared, llena de agujeros, al que le insertaban cables, los cuales cambiaban cada cierto tiempo de sitio.  De la misma, salían unas tarjetas de colores con orificios pequeñitos rectangulares y que nosotras enumerábamos con un instrumento que iba cambiando de número. 
Recuerdo con mucho cariño a las monjas Trinitarias.  El convento quedaba tras de casa, y en la capilla tenían un Niñito de Praga, al que le cambiaban la ropa.  Fue una gran tristeza cuando le encomendaron el Colegio a otra Congregación.  Sin embargo, no tuve muchos problemas, tengo que aceptar que fui estofona y seriecita. Me gustaba estudiar y participar en todas las actividades extracurriculares que pudiera.
Siempre conté con el apoyo de mami.  Si quería ser niña escucha, mami era líder de la tropa.  Hasta abuelita iba a todos los campamentos allá en el Elisa Colberg.   Nunca fui sola a una fiesta, mami se quedaba en las mesas, junto a otras madres,  hasta que nos cansábamos de dar vueltas, porque poco era lo que bailábamos.  No había tiempo para aburrirse. Paseábamos por la isla, a la playa, al Yunque, siempre rodeados de amigos que veían en mami a otra madre. Tomaba clases de guitarra, de baile, de natación; pertenecía a las Hijas de María, a la JAC, al Club de Filatelia, al Drama Club.  Mis compañeros y amigos  fueron más o menos siempre los mismos, pues o eran del Colegio donde estudié desde kínder o  vecinos de la Urbanización Roosevelt, donde siempre viví. Del Colegio La Merced pasé a la Universidad, Recinto de Río Piedras, como si fuera un paso lógico, necesario, sin tener una idea certera de a qué facultad quería ingresar.
Cerré mi segunda década – 1973 –  con el viaje a Disney-NY-Canada.  Sandra se graduaba de la UPR, y yo, tomé mi regalo anticipado. Fue una época de cambios y decisiones que marcaron lo que sería mi futuro.  Estudiando el año básico, solicité admisión a la Facultad de Humanidades para estudiar Teatro.  Años  inolvidables los de estudiantes, nuevas amigas que serían para siempre. A pesar de que seguía viviendo en casa, todo era distinto. Estudié, me divertí, hice teatro, descubrí la vida nocturna de San Juan, el café teatro La Tea, la nueva trova, la música de protesta, vi por primera vez a Serrat, seguí todos los conciertos de Danny Rivera, fumé, bebí, gocé mi juventud sin perderla ni ensuciarla, y prueba de esto es que me gradué con honores a los 21 años.
Trabajaba en el Dispensario de la parada 19, cuando se me ofreció la plaza de teatro de la escuela superior de Vega Baja.  Pensé no aceptarla, ya tenía una plaza permanente en MedicAid, vivía en casa y no tenía gastos mayores. Sin embargo, no era eso lo que había estudiado y aunque económicamente salía perdiendo, decidí aceptarla.  Mi hermana ocupaba una plaza del Seguro Social en Manatí, y quería irme con ella.  Así, a mis 22 años me convertí en la maestra de teatro de la Escuela Superior Lino Padrón Rivera,  puesto que ocupé hasta  cumplir los treinta años en el gobierno y poder retirarme, a pesar de no contar con la edad requerida para la jubilación.  Un año después ella se trasladó a San Juan pero ya Vega Baja me había robado para siempre.
Terminé mi tercera década - 1983- , casada, con dos hijos Maritza Beatriz, Noel Ernesto  (Juan Noel llegaría al año siguiente) en la casa que es todavía nuestro hogar.  A través de los años, me di cuenta que había escogido la profesión correcta, que podía llegar a los estudiantes por medio del teatro y me sentí orgullosa de la labor realizada.  Estuve activa en actividades culturales y sindicales, a través del Centro Cultural y la Federación de Maestros.
Para mi cuarta década-1993 - estaba divorciada, con tres hijos, viviendo con ellos y para ellos, contando hasta su partida con la inmensa ayuda de mami, de la incomparable titi Lydia, (a abuelita la había perdido en el 85) y doña Gloria, mi “siempre suegra” como ella misma se llama, tres madres que nunca me dejaron sola.  Disfruté ver crecer a mis hijos, vivimos juntos alegrías y decepciones, logros y tristezas, escuela y diversiones, playa, aventuras, risas y lágrimas.  Nos acostumbramos a estar juntos, a compartirlo todo, a dividir todo entre cuatro.  El teatro se convirtió en pieza clave en el tablero de mi vida y por osmosis,  en la de mis hijos. Nuestros amigos se convirtieron en compadres, los hijos de todos en “primos”, y nacieron nuevos lazos que serían eternos. Fue a principios de esta década, no recuerdo el año, que conocí a mi padre biológico, un día de Acción de Gracias. Así sin aviso, sin esperármelo, le di el primer y último beso de nuestras vidas. Lamentablemente, en esta década también se lo dí a mi madre.
En la quinta década -2003- empecé el conteo regresivo para el retiro, con nuevos planes y proyectos, que aunque no se concretaron, me permitieron dar ese paso con muchas ilusiones. Mis hijos se graduaron de la escuela superior (le di clase a los tres), buscaron sus rumbos, abandonaron el nido… y descubrí el Internet. Fue ese año que viajé por primera vez a Buenos Aires y por lo que ahora, 10 años después, tengo dos nietos argentinos.
Me enfrenté a que mis hijos dejaran de ser “los hijos de Elsia” y  se refirieran a mí como la mamá de ellos. 
En todas las épocas hubo personas, amigos, que me ayudaron a seguir adelante.  Gente que me ayudó a moverme  para que pudiéramos ir a actividades escolares y deportivas, que me respaldaron en el proceso de crianza.  Gente que me acompañó en los momentos más felices y me ayudó a superar los más difíciles. Gente que lloró conmigo y río conmigo, gente que me motivó a desarrollar mis talentos, a olvidar mi timidez, a luchar por mis hijos y por mí misma, para que ellos se convirtieran en los adultos que hoy son y yo me sienta hoy realizada. Por miedo a omitir a alguien, quiero evitar mencionar nombres, pues fueron muchos los ángeles que encontré en el camino, muchos de los cuales aún siguen a mi lado.
En ocasiones siento que algunos episodios de mi vida pertenecen a otra persona, que viví por momentos una vida prestada.  Cuando miro atrás y pienso en la hija, en la maestra, en la actriz y directora, en la amiga, en la joven que un día fui, me parecen escenas envueltas en un sueño, partes de una película ajena. 
Cierro esta sexta década con la hermosa e inigualable experiencia de ser cinco veces abuela.  Un amor distinto, no más grande pero quizás sí más tierno, más divertido.  Disfruto  ser la maestra en casa de Edil Nahuel, comunicarme en la distancia con Germán Emilio, haber estado en el nacimiento de Luna Esperanza, tener en la isla a Mía Beatriz y Urayoán Noel.  Si emocionante es que te digan “mami”, indescriptible es escuchar “abuela”. Y ni decir del poder de persuasión que tienen las palabras “abuelita linda”.
Escribir cuentos, llevar un blog y participar en talleres literarios me ilusionan.  La tecnología de este nuevo siglo y el avance de las comunicaciones me maravillan. El respeto a las canas y la silla asegurada son algunas de las recompensas de la edad. Ser la abuela en la casa donde fui la menor de las nietas es una sensación bien extraña.  No han pasado seis décadas en vano.
Crecí, maduré (¡menos mal!), envejecí.  Pero… no sé si he cambiado tanto… 
Pensaba  entonces que los Beatles era el mejor grupo musical del mundo y que nunca pasarían de moda.  Hoy estoy segura de ello.
Creía que Danny Rivera era la mejor voz masculina de Puerto Rico y Joan Manuel Serrat el mejor cantautor del mundo.  Hoy lo sigo  creyendo
Entonces no me gustaban los salones de belleza, el maquillaje excesivo ni las joyas.  Como no me gustaban los mariscos ni las aceitunas. Todavía no me gustan.
Pensaba que no había diferencias entre clases sociales, razas, culturas.  Lo sigo pensando.
Me apasionaba la literatura, la música, las artes y los deportes.  Me siguen apasionando.
De joven creía que la libertad era un derecho de todos los pueblos y que mi patria, como toda América, podía tenerla.  Creía en la posibilidad de un mundo mejor, en la solidaridad, en la tolerancia, en que la mayoría de los seres humanos son buenos y podíamos vivir en paz.  Hoy, a pesar de todo…. lo sigo creyendo.
No sé si cerraré más décadas, ¿cómo saberlo?   Así me quede una noche, un año o diez, puedo citar a Amado Nervo:

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.
...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno! 
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!


24 de mayo de 2011

Mi abuela y "La Muñeca"

Cuando recuerdo las cosas que contaba mi abuela, ahora que soy abuela, me pregunto si eran ciertas.  Son cosas que oí siempre, que no cuestioné, que no indagué.  Que creí, por fe.  Podría pasarme igual que con mi abuelo: un día descubrí que las marcas en sus brazos eran cicatrices de vacunas y no dedos de brujas en luchas inventadas.
Abuelita contaba que su papá era el mayoral de la Isla de Cabras, isleta a la entrada de la bahía de San Juan donde vivió allí hasta los seis años.  Su papá, según decía, decidió mudarse a la "isla grande" ya que "se estaban criando como salvajes".  Mi abuela nació en el 1892, en la calle Infanta Luisa en la Puntilla del viejo San Juan.  Sus padres fueron criollos: él ,descendiente de españoles y ella, de esclavos. Recordaba cuando "llegaron los americanos" en el 98.  Estudió hasta noveno grado. Dejó la escuela, porque, acostumbrada a salir bien en todas las materias, no soportaba que fuera a fracasar en álgebra. Se casó a los 27 años, y eso porque murió su mamá, pues no se quería separar de ella. Tocaba el piano de oido, entendía y seguía el beisbol, le encantaba jugar bingo y no había quien le ganara en el dominó, tejía colchas y manteles a crochet, cocinaba con la sazón que solo tienen las abuelas, leía y escribía en español y en inglés, solucionaba crucigramas, sabía adivinanzas, canciones.  Recitaba poemas largos, que sabía de memoria sin fallar.  Poemas, que yo también aprendí de tanto oirlos, como se aprenden las canciones con las que nos criamos, sin uno darse cuenta.
Uno de los que más me gustaba era éste, que recité siendo niña muchas veces y que luego usé en mis clases de teatro.
LA MUÑECA
En una noche de invierno
una niña pordiosera,
con los pies casi desnudos,
y las manecitas yertas,
cubriendo, a modo de manto,
con su falda la cabeza,
y sin temor a la lluvia
que cada vez más arrecia,
contempla, extasiada y triste
el interior de una tienda,
que por su gusto en juguetes
es de todas la primera.
–¿Qué haces aquí? -le pregunta,
un dependiente, empujando
a la niña hasta la acera.
–¡Déjeme usted! ¡Si es que estaba
mirando aquella muñeca!
¿Cuesta mucho? ¿Será muy cara?
¡Lo que es si yo pudiera!...
–¡El demonio de la chica
¿Pues no quiere comprar ella?...
¡Lárgate a pedir limosna!
y déjate de simplezas.
La muñeca que te gusta
vale un duro, con que ¡fuera!

Marchóse la pobre niña
ocultando su tristeza.
En vano pide limosna…
ninguno escucha sus quejas.
Desfallecida y débil,
cruza calles y plazuelas
recordando en su amargura
la encantadora muñeca…

–¡Caballero, una limosnita
para esta pobrecita huérfana!
–¡Déjame, que voy de prisa!
–Aunque sea un centimito… ¡Tengo hambre!
–(¡Pobre niña! ¡Me da pena!)
Toma.
–¡Pero, señor! ¡Si es un duro!
–Te lo doy para que puedas,
siquiera por esta noche,
tener buena cama y cena.
–¡Déje que le bese la mano!
–Quita, tontuela.
–¡Que Dios lo premie en el cielo y le de la vida eterna!
¿No será falso, verdad?
–¡Cómo muchacha! ¿Tú piensas?
-Perdone usted…
Pero… ¡vamos!... la sorpresa...
¡Si es que me voy a volver loca
de alegría!... ¡Quién dijera!
Y apretando entre sus manos
convulsivas la moneda,
corrió por la calle abajo
veloz como una saeta.
A la mañana siguiente
se comentaba en la prensa
el hecho de haberse hallado
en el quicio de una puerta,
el cadáver de una niña
¡abrazado a una muñeca!

Vital Aza

De tu colección de muñecas, abuelita, todavía conservo la última que te regalaron.  Ésa, que en un bingo, dijiste, "va a ser para mí".  Y fue.  Ya debe de tener conmigo más de 25 años. Esa muñeca de trapo que algún día le pasaré a Mía o a Luna, para que, aunque no te conocieron, no te olviden.