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30 de octubre de 2013

Nombres inmortalizados por un poeta

“Si un escritor se enamora de ti, nunca morirás”.

Así decía un cartel que publicó Carmen, mi “manita mexicana” en su página de Facebook.  Hace más de una década que nos conocemos, a pesar de que nunca nos hemos visto en persona.  Charlamos mucho, vía Internet y esa noche discutimos la veracidad de esa frase y tratamos de recordar nombres inmortalizados por escritores. Como acostumbramos hablar de música, comenzamos con los compositores, y pensamos en los “meros meros” (como ella los llama): Serrat, Sabina, Serrano, Filio, Silvio, Pablo.  De ahí pasamos a la poesía, un tema que a ambas nos apasiona y sin embargo, nunca habíamos abordado. Cuántos nombres inmortales, pero cuántos más callados, y en especial, cuántos escondidos bajo un seudónimo, que fue el que pasó a la inmortalidad.

Así nos acordamos de Claudia, a quien le dedicó el poeta nicaragüense, Ernesto Cardenal, los siguientes versos:
Te doy Claudia, estos versos, porque tú eres su dueña.
Los he escrito sencillos para que tú los entiendas.
son para ti solamente, pero si a ti no interesan
un día se divulgarán, tal vez, por toda Hispanoamérica.
Y si al amor que los dictó, tú también lo desprecias,
otras soñarán con este amor que no fue para ellas.
Y, tal vez, verás, Claudia, que estos poemas
(escritos para conquistarte a ti) despiertan
en otras parejas enamoradas que los lean
los besos que en ti no despertó el poeta.

Carmen  habló del mexicano, Juan de Dios Peza, famoso por su poema “Reír llorando” y encontramos versos dedicados a Magdalena.

¡Te conocí soñando, Magdalena!...
Cruzó el revuelto mar de las edades
Mi espíritu agobiado por la pena,

Y á orillas del hermoso Tiberiades,
Sobre los campos del Medjdel desiertos.
Buscó en la triste soledad abrigo,

Y te llegó a encontrar y habló contigo
Con el lenguaje extraño de los muertos.


También buscamos la traducción del conocido poema de Edgar Allan Poe,
Annabel Lee, que termina así:
…y ni próceres ángeles del cielo
ni demonios que el mar prospere en sí,
separarán jamás mi alma del alma
de la radiante Annabel Lee.
Pues la luna ascendente, dulcemente,
tráeme sueños de Annabel Lee;
como estrellas tranquilas las pupilas
me sonríen de Annabel Lee;
y reposo, en la noche embellecida,
con mi siempre querida, con mi vida;
con mi esposa radiante Annabel Lee
en la tumba, ante el mar, Annabel Lee.

Versión de Carlos Obligado http://www.amediavoz.com/poe.htm#ANNABEL LEE

Versos tristes, impotentes, ante la soledad que nos deja la muerte del ser amado.  Así también llora el romántico español José de Espronceda en su Canto a Teresa.
¡Oh, Teresa! ¡Oh, dolor! Lágrimas mías
¡ah!, ¿dónde estáis, que no corréis a mares?
¿Por qué, por qué como en mejores días
no consoláis vosotras mis pesares?...
¿Quién pensará jamás, Teresa mía,
que fuera eterno manantial de llanto
tanto inocente amor, tanta alegría,
tantas delicias y delirio tanto?
¿Quién pensara jamás llegase un día
en que perdido el celestial encanto
y caída la venda de los ojos,
cuanto diera placer causara enojos?
¡Pobre Teresa! ¡Al recordarle siento
un pesar tan intenso…! Embarga impío
mi quebrantada voz mi sentimiento,
y suspira tu nombre el labio mío;
para allí su carrera el pensamiento,
hiela mi corazón punzante frío,
ante mis ojos la funesta losa
donde, vil polvo, tu beldad reposa.
(José Ignacio Javier Oriol Encarnación de Espronceda y Delgado a Teresa Mancha)  

Y no se limita a nombres femeninos, los masculinos también son inmortalizados. El mejor ejemplo es este poema de la nicaragüense Gioconda Belli al escribirle a Sergio:
Te escribo, Sergio
desde la soledad
del mediodía asoleado y desnudo
mientras azota el viento
y estoy, gatunamente,
enrollada en la cama
donde anoche te quise y me quisiste
entre tiempos, sonrisas y misterios.

Va quedando lejano
el mundo que existía antes de conocerte
y va naciendo un nido de palabras y besos,
un nido tembloroso de miedo y esperanza
donde a veces me siento retozando entre trinos,
y otras veces me asusto,
abro los ojos y me quedo quieta,
pensando en este panal de miel
que estamos explorando,
como un hermoso, hipnotizante laberinto,
donde no hay piedritas blancas,
ni mágicos hilos
que nos enseñen el camino de regreso.

Rubén Darío, también nicaragüense, se inspira en Mía y le dice:

Mía: así te llamas.
¿Qué más armonía?
Mía: luz del día;
mía: rosas, llamas.
¡Qué aroma derramas
en el alma mía
si sé que me amas!
¡Oh Mía! ¡Oh Mía!
Tu sexo fundiste
con mi sexo fuerte,
fundiendo dos bronces.
Yo triste, tú triste…
¿No has de ser entonces
mía hasta la muerte?

Así también el puertorriqueño José de Diego, conocido como el Caballero de la Raza, escribió el poema que se haría clásico del romanticismo,  A Laura.  Como dato curioso, el nombre real de Laura era Carmen. Jorge María Ruscalleda publicó el en el 2005 el libro José de Diego: Vida e historia. Cartas a Carmen Echavarría, que contiene varias cartas que quedan como prueba del idilio amoroso entre este y Carmen Echavarría.  Fue esa mujer aguadillana quien sirvió de inspiración para la famosa elegía A Laura. “Siempre se habla de la Laura de José de Diego, pero nunca de Carmen”, dijo Ruscalleda, refiriéndose al poema. “Carmita era la famosa Laura”, añadió.

Laura mía: ya sé que no lo eres;
mas este amor, que ha sido flor de un día,
se olvida a solas de que no me quieres.
Y, en medio de mi bárbara agonía,
¡te llama a gritos, con el mismo grito
de aquellos tiempos en que fuiste mía!

Yo aun te defiendo, porque tú eres buena
y de tu dulce corazón no pudo
brotar la amarga hiel que me envenena;
De esta espantosa realidad aún dudo
y no sé quién me preparó, cobarde,
por detrás y a traición, el golpe rudo.

Ya es tarde, Laura: por desgracia
es tarde; mas si estás inocente....,
¿por qué muda, si aún la pasión
en mis entrañas arde?
¡Aún tu silencio criminal me asombra!
¡Aún hay un labio, a la traición cerrado,
huérfano de tus besos, que te nombra!
http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/ha/dediego/a_laura.htm

Carmen debe ser el nombre de alguna musa.  Recordemos aquello que cantaba, entre otros, nuestro Danny Rivera:  “Carmen, Carmen, Carmen, te quiero y tú lo sabes. Carmen, Carmen, Carmen, jamás podré olvidarte”. Muy especial es este poema de Vicente Quirarte:

Plaza Santo Domingo
Aquellos años vuelven por azares,
como si los relojes, conjurados,
hicieran de esta plaza el Universo.
Un solo adolescente, el mismo
sabor a calle vieja, las palomas:
tiempo de exploración donde el cuadrante
enloquece de puntos cardinales.
Un nombre se articula. El organillo
lanza antiguas canciones a las nubes,
como esa niña espera que le armen
el castillo que habrá de derrumbarse
a la vuelta del príncipe en derrota.
No es que vuelvas, palabra, estás naciendo
como si nadie hubiera pronunciado
tus silencios con música tan lenta,
como el niño que mira hacia la plaza
a su cuaderno limpio de palabras
para escribir, en su lenguaje torpe:
"Carmen".

y este otro, de Juan de Dios Peza, ¡Cree!
¡Qué dulces pasan junto a ti las horas!
¡Ay! ¡si supieras lo que tú me inspiras!
¡Si vieras cómo sufro cuando lloras,
y cómo tiemblo cuando tú suspiras!


Estando junto a ti, mi pensamiento
es todo luz, y fuego, y armonía,
y un raudal de ternura y sentimiento
hay en mi voz para llamarte mía.


Y siento como el alma enamorada
tierna acaricia su ilusión ardiente,
cuando baña la luz de tu mirada
con dulces rayos de pasión mi frente.


Tus miradas de amor y de ternura
ningún pincel a retratar alcanza;
sólo en ellas contemplo la ventura
sólo ellas me retratan la esperanza.


Nos amamos ¿verdad? Está cubierto
nuestro amor por el cielo de dos almas,
como un rayo de luz en el desierto
se pierde entre las sombras de dos palmas.


Y ¿es posible que llores? El quebranto
te llena de letal melancolía.
¿Y dudas ¡ay! cuando te adoro tanto;
cuando en ti cifro la ventura mía.


¡Si te pudiera devolver la calma
que antes de amarnos te arrulló tranquila,
y pudiera sacar la luz de mi alma
la lágrima que empaña tu pupila!...


Mi labio en sueños con amor te nombra:
no dudes de ese amor que al pecho inflama,
porque la duda, Carmen, es la sombra
que en nuestras almas el temor derrama.


No dudes, porque tú eres de mi vida
la única luz que me dará consuelo,
la estrella de esperanza que convida
a no apartarse nunca de su cielo.


Unamos nuestra vida y nuestra suerte,
que nunca tu alma ante el dolor sucumba.
¿Separarme de ti? sólo la muerte.
¿Privarte de mi amor? sólo la tumba.



Otros nombres no están incluidos en el poema mismo pero sí en la dedicatoria.  Miguel Hernández  especifica que el poema “Tus cartas son un vino” fue escrito “A mi gran Josefina adorada”.  Josefina fue la musa de Hernández,  como fue Consuelo la de Juan Antonio Corretjer  o Matilde, la de Pablo Neruda.

La quinta cosa son tus ojos,
Matilde mía, bienamada,
no quiero dormir sin tus ojos,
no quiero ser sin que me mires:
yo cambio la primavera
porque tú me sigas mirando.

Otros, son más directos, como el mexicano Rubén Mora en su Lilia y el universo:

¡Está demandando un verso
tu cutis de rosa y nieve.
Pero ninguno se atreve
a realizar el esfuerzo!
¡Porque hacia rumbo diverso
el Universo se mueve,
al ver que en tu boca breve
está todo el Universo!
Universo que en tus labios
se viste de bugambilia
para sustento de sabios...
¡Pero yo estoy de vigilia,
no sé por cuales agravios,
para los labios de Lilia...!


¿Y Quién no ha escuchado el poema de Rubén Darío a Margarita?

Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:
http://www.poemas-del-alma.com/a-margarita-debayle.htm#ixzz2i2Ndt128

Otros también hacen cuentos, pero sin mencionar nombres. El cubano José Martí, por ejemplo, nos habla de la niña de Guatemala:

Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.

Otros se enorgullecen de sus amores ocultos, se niegan a regalar eternidad, casi como una venganza.  Los mejores ejemplos son varios de los poemas de José A. Buesa, entre éstos, Oasis:

Así como un verdor en el desierto,
con sombra de palmeras y agua caritativa,
quizás ser tu amor lo que me sobreviva,
viviendo en un poema después que yo haya muerto.

En ese canto, cada vez más mío,
voces indiferentes repetirán mi pena,
y tú has de ser entonces como un rastro en la arena,
casi como una nube que pasas sobre un río...

Tú serás para todos una desconocida,
tú que nunca sabrás cómo he sabido amarte;
y alguien, tal vez, te buscará en mi arte,
y al no hallarte en mi arte, te buscará en mi vida.

Pero tú no estarás en las mujeres
que alegraron un día mi tristeza de hombre:
Como oculté mi amor, sabré ocultar tu nombre,
y, al decir que te amo, nunca diré quién eres.

Y dirán que era falsa mi pasión verdadera,
que fue sólo un ensueño la mujer que amé tanto;
o dirán que era otra la que canté en mi canto,
otra, que nunca amé ni conocí siquiera.

Y así será mi gloria lo que fue mi castigo,
porque, como un verdor en el desierto,
tu amor me hará vivir después que yo haya muerto,
pero cuando yo muera, ¡tú morirás conmigo!

Poetas, que  como Juan de Dios Peza, justifican su silencio con su caballerosidad.

La escribió una mujer joven y bella.
¿Descubriré su nombre? ¡No!, ¡no quiero!
pues siempre he sido, por mi buena estrella,
para todas las damas, caballero.

Nos hemos limitado a los poetas, pero debemos pensar que esta frase aplica a todos los escritores, compositores, pintores.  Debemos pensar entonces que el amor de un artista nos hará inmortales, así no sea correspondido.  Quedará plasmado nuestro rostro, nombre y esencia en sus obras, en sus canciones, en sus novelas, en sus escritos, en sus cartas, en sus poemas, en sus pinturas.  Y quizás, quienes en vida vivieron separados, unan, ya muertos,  sus nombres en la eternidad.  Aunque nunca lo sepan...




8 de marzo de 2013

No me arrepiento de nada

En el Día de la Mujer,
un poema de Gioconda Belli,
para la mujer que es quién quiere ser.


Desde la mujer que soy, 
a veces me da por contemplar 
aquellas que pude haber sido; 
las mujeres primorosas, 
hacendosas, buenas esposas, 
dechado de virtudes, 
que deseara mi madre. 
No sé por qué 
la vida entera he pasado 
rebelándome contra ellas. 
Odio sus amenazas en mi cuerpo. 
La culpa que sus vidas impecables, 
por extraño maleficio, 
me inspiran. 
Reniego de sus buenos oficios; 
de los llantos a escondidas del esposo, 
del pudor de su desnudez 
bajo la planchada y almidonada ropa interior. 
Estas mujeres, sin embargo, 
me miran desde el interior de los espejos, 
levantan su dedo acusador 
y, a veces, cedo a sus miradas de reproche 
y quiero ganarme la aceptación universal, 
ser la "niña buena", la "mujer decente" 
la Gioconda irreprochable. 
Sacarme diez en conducta 
con el partido, el estado, las amistades, 
mi familia, mis hijos y todos los demás seres 
que abundantes pueblan este mundo nuestro. 
En esta contradicción inevitable 
entre lo que debió haber sido y lo que es, 
he librado numerosas batallas mortales, 
batallas a mordiscos de ellas contra mí 
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma- 
transgrediendo maternos mandamientos, 
desgarro adolorida y a trompicones 
a las mujeres internas 
que, desde la infancia, me retuercen los ojos 
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños, 
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable, 
que se enamora como alma en pena 
de causas justas, hombres hermosos, 
y palabras juguetonas. 
Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada, 
e hice el amor sobre escritorios 
-en horas de oficina- 
y rompí lazos inviolables 
y me atreví a gozar 
el cuerpo sano y sinuoso 
con que los genes de todos mis ancestros 
me dotaron. 
No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones. 
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf. 
Pero en los pozos oscuros en que me hundo, 
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos, 
siento las lágrimas pujando; 
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo, 
blandiendo condenas contra mi felicidad. 
Impertérritas niñas buenas me circundan 
y danzan sus canciones infantiles contra mí 
contra esta mujer 
hecha y derecha, 
plena. 
Esta mujer de pechos en pecho 
y caderas anchas 
que, por mi madre y contra ella, 
me gusta ser. 

Gioconda Belli

8 de marzo de 2010

Sí, queremos flores en el Día de la mujer

Ocho de marzo
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres,
¡Qué poco es un solo día, hermanas,
qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas!
De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos
-toda la atropellada ruta de nuestras vidas-
deberían pavimentar de flores para celebrarnos
(que no nos hagan como a la Princesa Diana que no vio, ni oyó
las floridas avenidas postradas de pena de Londres)
Nosotras queremos ver y oler las flores.
Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras en vez de machos,
Queremos flores de los que nos cortaron el clítoris
Y de los que nos vendaron los pies
Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado
Y del que nos corrió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas
Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir
a riesgo de nuestras vidas
Queremos flores del que se protege del mal pensamiento
obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo
Del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas
Y nos encerraron por locas
Flores del que nos pega, del que se emborracha
Del que se bebe irredento el pago de la comida del mes
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos
Flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras
Y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género
Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos
donde el agua de nuestros ojos se hace lodo;
arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos,
de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
Queremos flores hoy. Cuánto nos corresponde.
El jardín del que nos expulsaron.

Gioconda Belli
8 de Marzo de 2007

31 de enero de 2008

Diez días en tierra lejana

"Va quedando lejano
el mundo que existía antes de conocertey va naciendo un nido de palabras y besos,un nido tembloroso de miedo y esperanzadonde a veces me siento retozando entre trinos,y otras veces me asusto,abro los ojos y me quedo quietapensando en este panal de mielque estamos explorando,como un hermoso, hipnotizante laberinto,donde no hay piedritas blancas,ni mágicos hilosque nos enseñen el camino de regreso".Gioconda Belli

Noche tras noche, cuando su reloj daba las veintidós. Sitio de reunión: la sala de chateo. Los seudónimos presentes en la lista de usuarios honraban años de amistad virtual. Allí la charla era amena y la música a su gusto. En ese breve espacio, coincidieron.


“El tiempo nos lanzó de lado a lado

trazos redondos surcando paralelos espacios
coincidimos desafiando las leyes deletreadas
infringiendo barreras quebrantadas al tacto”.*
A él le llamaron la atención sus pocas pero acertadas palabras y a ella la afinidad en gustos. Mientras, sin ellos saberlo, Gioconda se confabulaba con Joan Manuel. La conversación giraba entre poemas y canciones, vivencias paralelas, pensamientos . Luego, tras Oscar descubrir que ella amaba a Serrat casi tanto como él, dejó volar una canción para Lucía, se proclamó “sinceramente tuyo” y le afirmó: “no hago otra cosa que pensar en ti”.

Con el tiempo fueron abandonando la sala y hablaban más en privado. Y de la música pasaron a la poesía, de la poesía a la política, de la política a las luchas, de las luchas a las ideas. Para su sorpresa tenían puntos de vista similares.

“Por sobre todas las cosas,

el hombre que me ame
deberá amar al pueblo
no como una abstracta palabra
sacada de la manga,
sino como algo real, concreto,
ante quien rendir homenaje con acciones
y dar la vida si es necesario”. *

Ambos rondaban los sesenta. Sabían de amores y fracasos. Como también que a través de la pantalla afloraba un sentimiento al que no querían aún darle nombre. Necesitaban acompañar sus soledades, acortar la distancia, hacer presente la ausencia .

“…te siento levantarte
desde el aire llenarme
pero estoy sola, amor,
y este estarte viendo
sin que estés,
me hace sentirme a veces
como una leona herida,
me retuerzo,
doy vueltas
te busco
y no estás
y estás allí
tan cerca”. *

Y se dio el viaje. Más de treinta años sin subir a un avión. Estaba aterrada. ¿Por qué era de tierra tan lejana? Gracioso que te preguntes eso, Lucía. Si no fuera así , ni siquiera le hubieras hablado. Sin embargo, otras cosas la asustaban más aún: que al verse todo cambiara, se desilusionara uno del otro, no pudieran mantener una conversación normal o ni siquiera se gustaran. No estaba en edad para aventuras; si no las había buscado en su juventud, menos le interesaban ahora. Pero ¿y si es él?. La vida te ofrece una nueva oportunidad. Escribir un epílogo para ese capítulo de tu vida que ya creías cerrado. Sus pasos la dirigieron a la agencia de viajes, y se vio con un pasaje en las manos. Saldría de su isla caribeña en pleno verano para ir a conocer el invierno del otro hemisferio.

“Todo dejé atrás.
No oí lamentos, ni recomendaciones
porque en todo el Universo de mi ceguera
solo vos brillabas
recortado sol en la oscuridad”.*
21 de julio de 2003

Mis nervios me traicionan. Tras una parada en el aeropuerto de Panamá, voy rumbo al de Ezeiza en Buenos Aires. En el avión, pero en primera clase, va Luis Rafael Sánchez, un reconocido escritor de mi país. El miedo me hace pensar lo terrible que puede ser viajar con famosos. ¿Quién se acuerda de los que murieron con Gardel o con Clemente**? Trato de acallar esos pensamientos tétricos. Intento leer. Para hacer más llevaderas las once horas de viaje llevo la novela “El país bajo mi piel” de mi escritora favorita: Gioconda Belli. Leo el epígrafe en la introducción: “La verdadera felicidad no consiste en tener todo cuanto se desea, sino en desear cosas que no se tienen y en luchar por conseguirlas.” De acuerdo. Hacia eso vas. Cálmate.

Sigo leyendo: “Julio Verne y mi abuelo Pancho –que me proveía de libros- fueron los responsables de que desarrollara una imaginación sin trabas y llegara a creer que las realidades imaginarias podían hacerse realidad”. Mi mente empieza a dar tumbos. Todavía me pregunto qué hago yo aquí, qué busco. Sabes la respuesta y te da miedo descubrirla. Has estado muy sola, a pesar de tus tres hijos, a pesar de tu profesión, a pesar de tu estabilidad. Se me llena el corazón de dudas y trato de no aferrarme a ellas. Miro por la ventanilla. Ya no veo nada abajo, ni tierra, ni mar. Volamos sobre las nubes. ¿Qué haces aquí? Deberías estar en casa, en tu calor, con tus pies firmes en tu suelo. Si Dios hubiera querido que volaras, te hubiera dado alas. Procuro convencerme y me repito: Voy en busca de mi realidad imaginaria, de un amor virtual que apareció sin buscarlo.

—Señoras y señores, el capitán ha comenzado su descenso hacia la ciudad de Buenos Aires. La hora local: 20:10.

Guardé el libro. No había pasado de la introducción. Saqué el bolso de maquillaje para retocarme un poco. Cierro los ojos. Suspiro. Y sin pensarlo más, descendí la escalinata del avión con el alma entre las manos y el corazón queriendo salírseme del pecho.

30 de julio de 2003

—…anuncia la salida de su vuelo con destino a San Juan de Puerto Rico. Pasajeros pueden abordar por la salida número 22.

A la una en punto de la tarde comienza a moverse el avión sobre la pista. No te olvides atrasar tu reloj. De regreso a casa; a mi sol, a mi mar, a mis hijos y nietos. Con mi maleta llena de recuerdos. Pero los que más atesoras son los que llevas en tu corazón. Abro la cortina de la ventanilla, doy una última mirada a la ciudad, tomo mi libretita de apuntes y escribo:

Vine a encontrarme con un amor, hoy me voy con dos:
Oscar y su ciudad de aires buenos.
¡Cómo me emocionó ver el Obelisco y encontrarlo desde cada calle del centro! Contemplarlo era la prueba de que llegué, de que estaba aquí, de que no era un sueño.
Fue una delicia pasear abrazados como adolescentes por San Telmo, Recoleta, Puerto Madero, los Bosques de Palermo y la Plaza de Mayo.
Disfruté comerme un choripán
en la Costanera, saborear las facturas (aunque esa palabra me acordara de mis cuentas), los alfajores, el dulce de leche y probar el mate. Que divertido fue tratar de cruzar la 9 de julio sin que cambiara el semáforo u oírlo discutir si River era mejor equipo que Boca, como si de eso dependiera que el mundo continuara girando. Me enamoró el río La Plata, ese mar dulce que llegué a confundir con mi océano por su inmensidad.
Me pareció curioso como Oscar pide todo con un "¿puede ser?" y no deja de decir "no, por favor" cuando le das las gracias, como puede “tener fiaca” pero no desgano, pensar que un “revolú” es un “quilombo” y terminar cada parlamento con un “Mira vos” o un ‘¿comprendés?” Todo dicho con ese acento porteño que me derrite y la seguridad y picardía de que lo sabe. “Tal cual”. Oscar…ay, Oscar...¿dónde estarás ahora?

“Sola yo, amor,y vos quién sabe dónde;

tu recuerdo me mece como al maíz el viento
y te traigo en el tiempo,recorro los caminos,
me río a carcajadas
y somos los dos juntos
otra vez,
junto al agua”. *
Recuesta su cabeza del espaldar, cierra los ojos, no viaja sola. Trae a Oscar en el tiempo, los dos juntos. Recuerda el primero de esos diez días. Al cruzar la puerta de la aduana temió que sus nervios la traicionaran. Sus ojos lo buscaron entre la gente. Ya él la había divisado. Se acercó sonreído, Lucía temblaba. Él le puso otro abrigo sobre los hombros, sabía que no estaba acostumbrada al frío. ¿Era el clima lo que te estremecía, caribeña? La abrazó con fuerza, y al cruzarse sus miradas, percibió seguridad y ternura sin necesidad de palabras.

“Hablamos un lenguaje de jeroglíficos
y me vas descifrando sin más instrumentos
que la ternura lenta de tus manos,
desenredándome sin esfuerzo,
alisándome como una sábana recién planchada,
mientras yo te voy dando mi universo;
todos los meteoritos y las lunas
que han venido gravitando en la órbita de mis sueños,
mis dedos llenos del deseo de tocar las estrellas
los soles que habitan en mi cuerpo”. *

Lucía toma el bolígrafo y continúa:
Hoy amo esta ciudad porque es la suya, porque bajo su cielo nos miramos, nos reconocimos, nos amamos. Unimos nuestros sueños y realidades, nuestros muchos años, nuestras fantasías, nuestras inseguridades y fracasos, nuestras luchas y experiencias, su sol y mi estrella, nuestras patrias, nuestras vidas. Porque a pesar de habernos encontrado sin buscarnos, entendimos que la espera ha terminado.

“Llueve copiosamente
sobre mi cara
y sólo pienso en tu lejano amor
mientras cobijo
con todas mis fuerzas,
la esperanza”. *
Guarda la libreta y se coloca los audífonos. Otra vez Serrat: “Tanto tiempo esperándote… fue sin querer… es caprichoso el azar.” Suspira. Volverás. Estos diez días no han sido un paréntesis, sino un empezar. Volverás... A pesar de unas lágrimas que logran escapar, sonríe. Abre su libro. Ahora sí podrá leer a Gioconda. También ella siente un país bajo su piel y en sus oídos “paraules d’amor” . Ya no tiene dudas. Es él.

“Usamos el derecho a la alegría,
a encontrar el amor
en la tierra lejana
y sentirnos dichosos
por haber hallado compañero
y compartir el pan, el dolor y la cama”. ***

Notas:
*Todos los poemas incluidos son fragmentos de la poesía de Gioconda Belli, una de las voces femeninas más destacadas de la literatura nicaragüense y pionera de la poesía revolucionaria. El propósito del ejercicio en “La navaja de Occam” era unir nuestro estilo con el de nuestra escritora favorita. Ver entrada "Redescubriendo a Gioconda Belli" http://siluz.blogspot.com/2007/10/redescubriendo-gioconda-belli-en-uno-de.html

**Carlos Gardel, la leyenda del tango, perdió la vida en un accidente de aviación en Medellín, Colombia el 24 de junio de 1935. Roberto Clemente, destacadísimo jugador puertorriqueño del béisbol de Grandes Ligas, murió el 31 de diciembre de 1972 cuando el avión en que llevaba ayuda a las víctimas del terremoto de Managua, Nicaragua, cayó al mar a pocos minutos del despegue.

***Recordando a Oscar en sus 60.

Elsia L. Cruz Torrruellas
(Siluz)