28 de agosto de 2015

Mi mejor reportaje

A 10 años de Katrina

     Yo no era el pequeño héroe de Holanda.  Con mi dedo no podría tapar una grieta en el dique ni detener, durante toda la noche, las aguas embravecidas que amenazaran abalanzarse sobre la ciudad.  Pero sí era Peter J. Sullivan, el confiable veterano reportero del “Times-Picayune” y mis dedos mantendrían informados, en esta inesperada amenaza del huracán Katrina,  a los lectores de Nueva Orleans. Formábamos una pareja temeraria: yo, un renombrado reportero, dispuesto a los mayores sacrificios por un reportaje merecedor de algún premio importante y Nueva Orleans, una ciudad viva, alegre, activa, capaz de olvidar, en sus interminables días de fiesta,  el estar rodeada por cuerpos de agua y situada dos metros bajo el nivel del mar.
     Nadie hubiera podido imaginar el cambio de rumbo de Katrina ni que llegara a intensificarse hasta la clasificación más alta dada a estos fenómenos.  Apenas unos días antes, se había formado como depresión tropical cerca de las Bahamas y, lo lógico, fuera que entrara a los Estados Unidos, como tormenta tropical, por Florida. ¿Cómo íbamos a sospechar que se convertiría en huracán 5, se desviaría hacia el Golfo de México, tomando rumbo hacia el noroeste, y arrasaría las costas de Luisiana, Mississippi y Alabama? 
     En la edición del 28 de agosto de 2005, informamos la alta probabilidad que nuestra ciudad estuviera en la ruta de Katrina y se formaran marejadas ciclónicas. Aunque traté de calmar a mi esposa y mis hijas, afirmándoles  que nuestros diques habían sido diseñados y construidos por el cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos y que nuestra casa, de dos plantas, era un refugio seguro, por lo que no teníamos nada que temer, no lograba convencerme a mí mismo.  A eso de las diez de la mañana, el alcalde ordenó la primera evacuación obligatoria de la ciudad. “Katrina puede ser la tormenta que, durante tanto tiempo,  hemos temido”, expresó.  Le pedí a mi familia que se fuera. Todavía estaban a tiempo de llegar a casa de mis suegros, quienes vivían en el Barrio Francés, uno de los más altos de la ciudad.  Les aseguré que nos reuniríamos allí en unas horas, aunque nunca pensé en cumplir tal promesa. No iba a perder la oportunidad de ser parte de la historia. A regañadientes, me obedecieron. O, por lo menos, eso pensé.   Las dejé preparando sus cosas y me fui al periódico a entregarme a mi deber. Y mi pasión.  No tenía idea de lo que nos esperaba.

     Ya en la madrugada del día 29, el huracán Katrina se dejó sentir con toda su furia.  El ruido era impresionante, el de la lluvia,  los truenos, pero sobre todo el del viento.  Esa ventolera infernal arrastraba cualquier cosa que se le interpusiera: señales de tránsito, ramas, animales, autos, techos, casas enteras.  225 kilómetros por hora.  Pudimos sacar la edición matutina, alertando del peligro inminente. Y salí a recorrer las calles, a documentar de primera mano la catástrofe que presentía. La fuerte lluvia no me permitía ver más allá del bonete del auto.  Según pasaban las horas, la situación se complicaba. Vi personas corriendo, defendiéndose como podían del diluvio, ventanas y puertas de cristal explotando, edificios desplomándose, quizás con gente en su interior.  De pronto, un estruendo.  El agua empezó a subir de manera acelerada, como un golpe en el cauce de un río. Esto no es solo lluvia, pensé, aquí ha pasado algo grande…los diques… ¡el lago!    Seguí, cámara en mano, documentando el que podía ser el mejor reportaje de mi vida, creyéndome Noé en el arca. No parecía darme cuenta de la magnitud del fenómeno ni del peligro que corría, hasta que tomé varias rutas,  con la intención de regresar al periódico,  y encontré inundadas  todas las vías de escape.  Temí por mi vida, y no puedo negarlo, por mis fotos.  Estaba seguro que era el único periodista en ese momento en la calle, hoy no sé si el más valiente o el más idiota.  De nada iba a servirme un Pulitzer si lo recibía póstumo, así que hice mi mayor esfuerzo por llegar al refugio más cercano,  el Superdome, y ponerme a salvo.  

     Poco después tenía el gran titular: “la ciudad del jazz y el soul yace bajo agua”. Me urgía salir del estadio,  informarme para informar. La incertidumbre me enloquecía, sentirme varado también.  La mayoría de las carreteras estaban intransitables, el puente colapsado, y las únicas vías posibles eran reservadas para las autoridades  o emergencias médicas.

     Ser un periodista reconocido tiene sus ventajas. Una de ellas, recibir ayuda de la guardia nacional para llegar al periódico. Imposible sacar la edición impresa, pero sí era posible que saliera la virtual.  La misma necesidad que tenía yo de comunicarme con mi esposa y mis dos hijas, la tenían miles de personas. Nadie, de las más de veinticinco mil personas refugiadas en el Superdome, al que se le había desprendido ya parte del techo, conocía el destino de sus vecinos, de sus amigos, de sus familiares… ni siquiera el propio.  Desde el periódico, podríamos hacer una red de comunicación donde las personas ubicaran a sus familiares.  A todo esto, yo confiaba en que mis hijas estuvieran, con su madre, en casa de los abuelos.  Tres días, con sus noches, estuvimos sirviendo de enlace, anunciando personas desaparecidas y refugiadas, haciendo listas de heridos y muertos, informando medidas de seguridad, puntos de ayuda, repartición de agua potable, alimentos y medicinas.  Fue entonces que ¡por fin! pudo entrar una llamada de los suegros.  —Estamos muy preocupados por ustedes.  ¿Cómo están? —Pero, ¿cómo? —les pregunto ¿no están Anna y las niñas allá? 
No, no estaban.  Ellos ni siquiera sabían que iban para allá. Sentí miedo, mucho miedo, más que en todos los días anteriores. En ese momento, olvidé todas las precauciones dadas a los demás, y me lancé a la calle a buscarlas.  Tenía que llegar a mi hogar, o lo que quedará de él.  El periódico puso a mi disposición un bote, era la única forma de moverse en ese caos. Nunca vi tanta destrucción, casas sumergidas o destruidas, personas buscando entre las ruinas sus pertenencias, y peor aún, a sus familiares. Mi instinto periodístico me dominó, tomé la cámara y disparé fotos a granel. Quise capturar en imágenes la desesperación y el sufrimiento humano, en todas sus manifestaciones. Cadáveres de animales y personas flotando entre los escombros.  Clic. La histeria de aquella madre removiendo con sus manos fango, agua, maderas y piedras en busca de sus hijos. Clic.  El desamparo de un niño, asustado, solo, abrazando su oso de peluche, tan entripado como él. Clic.  La desesperanza de aquel anciano con sus ojos perdidos en la distancia tratando de encontrar un porqué. Clic.


     Llegué a mi casa. Balcones, terrazas y parte del techo, desaparecidos; las paredes aún en pie. Resistió, como vieja guerrera, los embates de Katrina. Adentro, caos total: enseres, muebles, libros, equipos, cuadros, lámparas, todo por el piso, roto, mojado, dañado.  Mi  ansiedad iba en aumento, mi familia no estaba allí.  Subí las escaleras a brincos. Como un mal presentimiento, me detuvo una pregunta: si las encuentro muertas, ¿también las retrataré?  Aterrorizado por la imagen en mi mente, pasé de observador a víctima. Sentí vergüenza de mi insensibilidad, de mi falta de empatía, de la callada pretensión de ganar un premio basado en el dolor ajeno.  Juré que jamás publicaría las fotos tomadas, réplicas de la angustia que yo ahora sentía. Ya no me importaban reportajes, trabajo, fama, casa, fotos, reputación, ¡nada!, solo encontrar a mi esposa y mis hijas…

     En una de las pocas habitaciones con techo, por fin las vi, juntitas las tres, en esperándome. Sus ojos, ya sin lágrimas, pero con el horror de lo vivido reflejado en sus pupilas. Nunca se fueron, no querían dejarme atrás y cuando se dieron cuenta del peligro, no pudieron salir.  No era momento de reproches. Nos unimos en un largo abrazo, en silencio, con la certeza de haber conservado lo más importante, la vida.  Más de mil ochocientas personas no habían tenido tanta suerte… 

Siluz



17 de mayo de 2015

Tres capullos

De una espiga que me regaló Wilca, mi ahijada, surgieron tres capullos. Los retraté día a día hasta verlos convertidos en flores. 
Somos cuidadores de los capullos que nos da la vida, responsables de regarlos, abonarlos, ofrecerles las condiciones propicias para su crecimiento y desarrollo.   Que nadie corte sus pétalos ni les borre su color. Que nadie les robe sus risas ni sus ilusiones.
Tal como canta Marc Anthony: 



Aquella flor de pétalos dormidos,
A la que cuido hoy con todo el alma.
Recuperó el color que había perdido,
Porque encontró un cuidador que la regara.

Le fui poniendo un poquito de amor,
La fui abrigando en mi alma,
Y en el invierno le daba calor,
Para que no se dañara.

De aquella flor hoy el dueño soy yo,
Y he prometido cuidarla.
Para que nadie le robe el color,
Para que nunca se vaya. 





Pero nuestros hijos se irán.   Como dice Serrat: 

Nada ni nadie puede impedir que sufran, 
que las agujas avancen en el reloj, 
que decidan por ellos, que se equivoquen, 
que crezcan y que un día nos digan adiós.



Nuestra misión estará cumplida.  Le dimos calor para que no se dañaran... Ahora, ¡a volar!


27 de marzo de 2015

Día mundial del teatro 2015

Mensaje de Krzysztof Warlikowski 

 Los verdaderos maestros del teatro se pueden encontrar muy fácilmente lejos del escenario. Y, por lo general, no tienen interés en el teatro como máquina para reproducir convenciones y clichés. Buscan las fuentes de la pulsión y las corrientes vivas que evitan las salas de representación y a las multitudes que prefieren la copia de un mundo o de otro. Preferimos copiar en vez de crear mundos que inciten al debate con el público, que se centren en las emociones que se acumulan bajo la superficie. En realidad, no hay nada que pueda revelar tantas pasiones ocultas como el teatro.

     A menudo vuelvo a la prosa como una guía. De vez en cuando me sorprendo pensando en escritores que hace casi un siglo profetizaron el declinar de los dioses europeos y describieron el crepúsculo que hizo sucumbir a nuestra civilización en una oscuridad que aún espera ser iluminada. Estoy pensando en Franz Kafka, Thomas Mann y Marcel Proust, pero tambien incluiría hoy a John Maxwell Coetzee en este grupo de profetas.

     Su sentido común sobre el inevitable fin del mundo - no del planeta, sino del modelo de las relaciones humanas - y del orden social y el caos, es considerablemente actual para nosotros hoy día. Para nosotros que vivimos después del fin del mundo. Para nosotros que enfrentamos crímenes y conflictos que se encienden diariamente en nuevos lugares más rápido que los ubicuos medios de comunicación. Estos fuegos se vuelven aburridos muy rápidamente y desaparecen de las noticias, para nunca más volver. Y nos sentimos desprotegidos, horrorizados y acorralados. Ya no podemos construir torres y las murallas que levantamos obstinadamente, no nos protegen de nada - por el contrario, ellas mismas piden protección y cuidado, lo que nos hace consumir una gran parte de nuestra energía vital. Ya no tenemos la fuerza para tratar de mirar lo que hay más allá de las puertas, detrás de los muros. Y es precisamente por eso que el teatro debe existir y donde debe encontrar su fuerza. Mirar más adentro que lo permitido.

     "La leyenda busca la explicación de lo inexplicable. Está aferrada a la verdad y debe terminar en lo inexplicable" - así es como Kafka describió la transformación de la leyenda de Prometeo. Siento profundamente que esas mismas palabras deberían describir el teatro. Y es ese tipo de teatro que se aferra a la verdad y termina en lo inexplicable el que deseo para todos sus trabajadores, para los que están en el escenario y para los que están en el público. Lo deseo con todo mi corazón.

Krysztof Warlikowski


El autor es un director de teatro polaco, creador del Teatro Nowy (Nuevo Teatro) en Varsovia.
Traducción: Manolo Garriga (Centro cubano del ITI)

29 de enero de 2015

Santurce, campeón

Santurce esperó quince años para ganar otra vez el campeonato nacional.


Campeonato que ha ganado ya en trece ocasiones:
1950-51, 1952-53, 1954-55, 1958-59, 1961-62, 1964-65, 1966-67, 1970-71, 1972-73, 1990-91, 1992-93 y 1999-00, y 2014-15
Santurce ha ganado cinco Series del Caribe: 1951, 1953, 1955, 1993 y 2000. Puerto Rico lleva 15 años sin ganar una Serie, los mismos que esperó Santurce para ganar el campeonato nacional. ¿será que se ganará esta vez?  La Serie del Caribe empieza el 2 de febrero en San Juan.




Fue una emoción grande volver a conquistar el cetro, Los Cangrejeros son un equipo con tradición, con historia, al que me unen sentimientos de fidelidad, de familia, de tradición.Por eso, grande fue mi alegría cuando mi hermana me envió hoy el audio de la canción del Pepelucaso, una canción que recordaba de tanto escucharla cuando niña.   Tanto que a pesar de no haber nacido aún, me pareció estar en aquel parque cuando Pepe Lucas botó la bola.  Era el primer campeonato de Santurce, ganado dramáticamente en la novena entrada después de dos hombres fuera. Y ese equipo, representando a Puerto Rico, obtuvo para la isla su primera corona caribeña.
Puede haber errores y omisiones (que me encantaría corregir) pero entiendo que son muchas las figuras importantes que han vestido el uniforme.  Entre ellos, tenemos que mencionar al Cangrejo Mayor, Pedrín Zorrilla, Willard Brown ("Home run") , Luis Rodríguez Olmo, Bob Thurman "(El Múcaro'), Alfonso Gerard, Rubén Gómez ("el divino loco"), Mike Clark, Alva Holloman, Raúl Cabrera ("Cabrerita"), José Santiago ("Pantalones"), Roberto Vargas, Pedro Juan Arroyo, Bill Powell, José St. Clair ("Pepe Lucas") y su hermano Luis St. Clair ("Guigui Lucas"), George Crowe, Don Zimmer, Bill Greason, James Gilliam ("Junior"), Buster Clarkson, Stan Bread, Domingo Sevilla, Valmy Thomas, Roberto Clemente, Willie Mays.
Pero antes de llegar a Caracas, había que ganar en San Juan.¡Y Pepe Lucas la botó!


¡Qué contentos estamos todos
porque Santurce ganó!
Después de dos hombres fuera
Pepe Lucas la botó.

El Tigre que es Cabrerita
que con su bola tirabuzón,
le dijo a Pedrín Zorrilla,
el campeonato te lo doy yo.

Que contentos...

En tercera, Pedrito Arroyo
ese machote como jugó.
Que con sus cinco atrapadas
al Caguas desconcertó.

Qué contentos...

Willard Brown, Thurman y Clarkson
juegan pelota de corazón,
con Gilliam, Gerard y Thomas
Santurce llegó a Campeón. 

Once años de larga espera
la fanaticada siempre siguió
a Santurce los Cangrejeros
que con su triunfo premió.

Qué contentos...

Y Santurce, Puerto Rico
pa' Venezuela se despidió
cuando nadie le daba chance
allí el equipo triunfó.

Qué contentos...

Rubén Gómez y Rodríguez Olmo,
Cabrerita y Pantalones
hicieron de Puerto Rico
del Caribe, los Campeones. 


1 de diciembre de 2014

Amor a primera vista

El tráfico en la autopista está más complicado que nunca.  Por lo general, se embotellan los autos cerca de la estación del peaje, pero hoy la fila empieza mucho antes.  Es miércoles, día de trabajo, de clases; en fin, un día normal.  No sé por qué todo el mundo está en la calle.  Tengo que recargar la tarjeta de pago y, por supuesto, como suele ocurrirme, tomo la caseta más lenta.  Pero no voy a moverme a otra, no quiero me pase como en el supermercado que, una vez me cambio de fila, la que dejo corre como agua en tubería destapada. 


Observo los autos cercanos.  Para distraerme, trato de adivinar vidas y circunstancias de sus ocupantes. En el carril de al lado, una mujer parece discutir con su hijo adolescente.  El muchacho apenas habla, mira al frente, indiferente.  Ella gesticula enérgica, sus labios y manos se mueven sin descanso.  Podría adivinar sus palabras, seguro le presto más atención que el chico.
Tras ellos, hay una pareja en un carro deportivo.  No les preocupa la lentitud con que se mueven; por el contrario, la disfrutan. Tienen los cristales cerrados, pero puedo escuchar música.   Los miro con disimulo, se abrazan, se besan.  Para ellos, se detuvo el tiempo y se olvidó el espacio. 
Por mi espejo retrovisor, veo el rostro del hombre que conduce el auto que me sigue.  Se nota contrariado, nervioso.  A cada rato mira su celular, como si de esa manera los minutos avanzaran.  Imagino que llegará tarde a una cita, perderá un examen o  una entrevista de trabajo.  Habla por teléfono con alguien, tal vez se excusa.  Al parecer, la otra persona le cuelga.  ¿No le habrá creído?
Al frente, una mujer aprovecha para terminar de maquillarse. Supongo que es su camino de rutina y ya conoce que tendrá estos minutos extras para hacerlo. Lleva un bebé en el asiento trasero, con frecuencia se vira para revisarlo. Debe haber salido con prisa¸ llevará al niño al centro de cuido y, de ahí, a su lugar de trabajo. 
Siento un movimiento entre los autos pero no logro definir qué es. Qué raro, no es lugar para peatones.  Alguien pidiendo dinero, quizás.  Temo por su seguridad... y la mía. Me quedo pendiente tratando de ubicarlo. ¡Ay, ya lo vi!  Flaco, bastante grande, descuidado su pelo marrón claro.  Va auto por auto, se acerca a la puerta del conductor, mira en el interior, baja y sigue hacia el otro.  ¿A quién busca?  Se ve hambriento y desorientado.  Algunos lo miran con lástima, otros con asco.  Allá lo espantan, va a rayarles la carrocería. Más acá, alguien ha colocado un envase con agua.  Debe llevar días perdido.  Viene hacia mí.  Se asoma a la ventanilla, su cabeza queda a la altura de la mía, bajo el cristal, me mira, lo miro.  Sus ojos piden auxilio, sácame de aquí, no tengo idea dónde estoy, no encuentro mi casa ni a mi gente.  Sin pensarlo mucho, abro la puerta. Para mi asombro, entra al auto.  Llego a la caseta de peaje, es mi turno, pago.  Arranco.
Así fue como sin buscarlo, hallé el amor más fiel, auténtico e incondicional. Ese día, conocí a mi perro y me convertí en su humano. Mi compañero, mi amigo Platón.


21 de septiembre de 2014

Destino de un gran poeta: LEÓN FELIPE

Felipe Camino Galicia de la Rosa, conocido como León Felipe nació en Tábara, provincia de Zamora, España el 11 de abril de 1884. Vivió como un hombre libre, cómo decidió y no como le dictaba su cuna y condición. 


“Los grandes poetas no tienen biografía, tienen destino”.

Pasó a la eternidad en Ciudad de México, donde se había exiliado definitivamente, el 18 de septiembre de 1968.

“Soy hombre antes que español”. 

Para el 1939, decía en la Casa de España en México:

 “Hace ahora -por estos días- un año justo que regresé a México. Y poco más de un año que abandoné definitivamente España. Vine aquí casi como el primer heraldo de este éxodo. Sin embargo, yo no soy un refugiado que llama hoy a las puertas de México para pedir hospitalidad. Me la dio hace diez y seis años, cuando llegué aquí por primera vez, solo y pobre y sin más documentos en el bolsillo que una carta que Alfonso Reyes me diera en Madrid, y con la cual se me abrieron todas las puertas de este pueblo y el corazón de los mejores hombres que entonces vivían en la ciudad…Después, México me dio más: amor y hogar. Una mujer y una casa. Una casa que tengo todavía y que no me han derribado las bombas. Ahora que tanto español refugiado no tiene una silla donde sentarse, tengo que decir esto con vergüenza. Pero tengo que decirlo. Y no para mostrar mi fortuna, sino mi gratitud. Y para levantar la esperanza de aquellos españoles que lo han perdido todo...

Amigos míos, esta noche habéis venido aquí a contestar a estas preguntas. Todos. Todos los que me escucháis. Los mexicanos y los españoles; y supongo que también ese hombre encendido de cólera, que grita todos los días en la prensa: ¿quién es ése? ¿Por qué ha entrado ése? ¿Quién le ha abierto las fronteras y la puerta de plata? Que muestre sus diplomas. ¿Dónde están sus diplomas?

Yo no tengo diplomas. Mis diplomas y mi equipaje se los ha llevado la guerra y no me quedan más que estas palabras que ahora vais a escuchar”.

Su obra, hasta quizás épocas recientes, no ha sido reconocida en su inmenso valor.  Ignorado por unos y criticado por otros, comenzó su labor literaria ya cumplidos los treinta y cinco. El ser hijo de un notario y miembro de una familia adinerada e influyente, hizo que muchos lo etiquetaran como un “señorito de provincias”.  Pero nada más lejos de la verdad.  Se graduó de farmacéutico pero no ejerció por mucho tiempo en un solo sitio pues su vocación de actor en una compañía teatral rodante lo llevaba de ciudad en ciudad.  Esta inestabilidad le trajo problemas económicos que lo llevaron a la cárcel donde pasó tres años.  Luego, Madrid, vida bohemia, dormir en pensiones, en la calle, trabajo en Nueva Guinea, nuevamente España, Norteamérica, hasta establecerse permanentemente en México donde lo esperaba el encuentro con su destino.

Sus ideas republicanas y su exilio en América provocaron que los críticos de la España franquista no lo tomaran en serio.  Fue considerado por Vicente Gaos en su obra  Claves de la literatura española como un poeta menor y por Juan Ramón Jiménez como "el mejor de los de menos importancia".   Sin embargo, los poetas mexicanos y los que lo acompañaron en el exilio, creían en su poesía y eso para él fue suficiente. 


León Felipe es un poeta de gran fuerza lírica comprometido con las luchas sociales. Puede notarse la influencia de los versículos de la Biblia, así como de los poetas Walt Whitman y William Shakespeare, a quienes tradujo.  Su poesía es rebelde, un grito por la solidaridad y la justicia, por la dignidad del ser humano, un canto al tiempo, al caminar, a la vida y a la muerte.

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos
.

Se vio afectado por la guerra, sintió los horrores de la división española, de la injusticia, de ver su tierra destruida y su gente empobrecida.

A los Caballeros del Hacha,
A los Cruzados del Rencor y del Polvo...
A todos los españoles del mundo.
... Los muertos vuelven,
vuelven siempre por sus lágrimas
(el muchacho que se fue tras los antílopes regresará también).
nuestras lágrimas son monedas cotizables;
guardadlas todas ¡todas!
para las grandes transacciones.
Hay estrellas lejanas
¡y yo sé lo que cuestan!

***

¿Por qué habéis dicho todos
que en España hay dos bandos,
si aquí no hay más que polvo?

Un León Felipe que conoce la fuerza de la palabra, que usa como trinchera su poesía.

“El poeta va recreando con su angustia viva, las esencias vírgenes que matan sin cesar el político y el eclesiástico esos hombres que piensan que ganan todas las batallas y dejan siempre seco y muerto el problema primario de la justicia del hombre.
Cuando todas las demagogias han manchado de baba las grandes verdades del mundo y nadie se atreve ya a tocarlas, el poeta tiene que limpiarlas con su sangre para seguir diciendo: aquí todavía la verdad.
¿Por qué no hay ya zapatos para todos?”

***
Cuando no hay poetas en un pueblo, el juez y los magistrados se reúnen en las tabernas, y firman sus sentencias en los lechos de las prostitutas.
Cuando no hay poetas en un pueblo (es decir, Ley viva), los obispos (es decir, la Ley muerta) celebran los concilios en los sótanos de sus palacios para bendecir la trilita de los aviones.
El obispo o el arzobispo, en este poema, es el jerarca simbólico de todas las podridas dignidades eclesiásticas de España: el que hace las encíclicas, las pastorales, los sermones, las pláticas, lleva al templo la política y los negocios de la plaza y afianza bien ha ametralladoras en los huecos de los campamentos para dispararlas contra el hombre religioso, contra el poeta que dice:

¿Dónde está Dios?
 Rescatémosle de ha tinieblas.
Porque…
Dios que lo sabe todo
es un ingenuo
y ahora está secuestrado
por unos arzobispos bandoleros
que le hacen decir desde la radio
«Hallo! Hallo! Estoy aquí con ellos».
Mas no quiere decir que está a su lado
sino que está allí prisionero.
Dice dónde está, nada más,
para que nosotros lo sepamos
y para que nosotros lo salvemos.

“Sin el poeta no podrá existir España. Que lo oigan las harcas victoriosas, que lo oiga Franco:”

Tuya es la hacienda,
la casa,
el caballo
y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo...
mas yo te dejo mudo... ¡Mudo!
¿Y cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?

Y le pide a sus compatriotas:

Toda la luz de la tierra
la verá un día el hombre
por la ventana de una lágrima...
Españoles,
españoles del éxodo y del llanto:
levantad la cabeza
y no me miréis con ceño
porque yo no soy el que canta la destrucción
sino la esperanza.

El eterno peregrinar, el no poder permanecer en un solo sitio, la falta de raíces, es constante en su poesía.

COMO TÚ

Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera...



ROMERO SOLO
Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.





La musicalización en los años 70 por Joan Manuel Serrat de “Vencidos” hizo que el poema se popularizara. Don Quijote, Rocinante, Sancho… tan presentes en la obra de León Felipe.
VENCIDOS
Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.

Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,
y va ocioso el caballero, sin peto y sin espaldar,
va cargado de amargura,
que allá encontró sepultura
su amoroso batallar.
Va cargado de amargura,
que allá «quedó su ventura»
en la playa de Barcino, frente al mar.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.
Va cargado de amargura,
va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.

¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura,
en horas de desaliento así te miro pasar!
¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura,
caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura
que yo también voy cargado
de amargura
y no puedo batallar!

Ponme a la grupa contigo,
caballero del honor,
ponme a la grupa contigo,
y llévame a ser contigo
pastor.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...



Aunque él aclaró a los lectores del Norte su posición:

La gente suele decir, los americanos,
los norte-americanos suelen decir:
León Felipe es un "Don Quijote".
No tanto, gentlemen, no tanto.
Sostengo al héroe nada más...
y sí, puedo decir ...
y me gusta decir:
que yo soy Rocinante.

León Felipe, Miguel Hernández, Antonio Machado, Federico García Lorca. Sus letras triunfaron sobre la muerte y hoy van a la grupa con Don Quijote, como él: inmortales, victoriosos. 

¡EH, MUERTE, ESCUCHA!”
“Y ahora pregunto aquí: ¿quién es el último que habla,
el sepulturero o el Poeta?
¿He aprendido a decir: Belleza, Luz, Amor y Dios
para que me tapen la boca cuando muera,
con una paletada de tierra?
No.
He venido y estoy aquí,
me iré y volveré mil veces en el Viento
para crear mi gloria con mi llanto…”

Referencias:
http://blogs.avui.cat/jaumepubill/2011/08/31/len-felipe/