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18 de noviembre de 2010

"¿Vos sabés quien sós?"

Las Madres de la Plaza de Mayo con el tiempo se convirtieron en las Abuelas de Mayo. Eran mujeres de 50 a 60 años quienes buscaban a sus hijos desaparecidos durante la dictadura militar argentina, a sus hijas y nueras embarazadas y más tarde, a sus nietos secuestrados o nacidos en cautiverio. Pasadas casi 4 décadas, ya no buscan bebés, con el fin de restituirlos a sus familias legítimas, sino que apelan a hombres y mujeres que puedan no ser quiénes les dijeron ser. Esta nueva forma de encarar el problema de niños desaparecidos, se conoció como la campaña “¿Vos sabés quien sós?” que provocó que toda una generación , no limitada a la argentina, se cuestionara su origen.  Recordemos que estos niños considerados "botín de guerra', fueron inscritos como hijos propios de miembros de las fuerzas de represión, regalados, vendidos o abandonados en institutos sin nombre ni referencias de su origen. Hoy deben estar por los treinta años y pueden estar en cualquier parte del mundo. No deben sospechar siquiera. y si lo hacen quizás temen enfrentar la realidad, que quienes los criaron pueden ser cómplices de la cruel muerte de sus padres. y que sus abuelas, ya ancianas, han dedicado sus vidas a buscarlos.
Dos de las fundadoras de las Madres de Mayo, ahora de más de ochenta años, aún buscan sin descanso a sus propios nietos. Tienen la satisfacción, sin embargo, de haber encontrado 102 jóvenes , a quienes, aún en contra de opositores, represión, amenazas, burlas, falta de ayuda y compromiso e, irónicamente,  hasta de ellos mismos, les han devuelto su identidad. Mujeres que antes de la desaparición de sus hijos, nunca estuvieron envueltas en actividades más allá que las propias de su hogar, mucho menos políticas. La vida, con mucho dolor,  les encargó esta misión que jamás imaginaron, y que ellas aceptaron con la entrega y el amor que solo una madre puede ofrecer. 

Chicha Mariani
Querida nieta:
Soy tu abuela “Chicha” Chorobik de Mariani, te busco desde el momento en que Etchecolatz, Camps y su tropa mataron a tu madre y te secuestraron de tu hogar en la calle 30 nº 1134 de La Plata, República Argentina. Era el 24 de noviembre de 1976 y tenías 3 meses de edad. Desde ese momento con tu padre te buscamos hasta que a él lo asesinaron.
A pesar de que trataron de convencerme de que habías muerto en la balacera, yo sabía que estabas viva. Hoy está comprobado que sobreviviste y estás en podre de alguien. Ya tienes 31 años y tu número de documento probablemente sea cercano al 25.476.305 con el que te anotamos. Yo quisiera pedirte que busques fotos de cuando eras bebé y las compares con las que acompañan este texto
.

Quiero contarte que tu abuelo paterno se dedico a la música y yo a las artes plásticas; que tus abuelos maternos se dedicaron a las ciencias, que tu mamá amaba la literatura y tu papá era licenciado en economía. Ambos tenían un gran sentido de la solidaridad y compromiso con la sociedad. Algo de todo tendrás en tus inclinaciones de vida porque, a pesar de que hayas sido criada en un hogar distinto, uno guarda internamente los genes de sus antepasados. Seguramente hay muchas preguntas sin respuesta que aletean en tu interior.
A mis más de 80 años mi aspiración es abrazarte y reconocerme en tu mirada, me gustaría que vinieras hacia mi para que esta larga búsqueda se concretara en el mayor anhelo que me mantiene en pie, el que nos encontremos.
Clara Anahí, mientras te espero seguiré buscándo.
Te abraza, tu abuela
“Chicha Mariani"


Estela de Carlotto
Estela busca a su hija Laura y al hijo de ésta, Guido. En una de tantas entrevistas dadas a los medios, en la búsqueda de sus familiares, declara:
"Laura se fue de la Plata y contactaba conmigo por teléfono o por carta. Ese contacto se interrumpió el 16 de Noviembre del 77 y ahí comienzo la segunda búsqueda. En ese momento yo no sabía que Laura estaba embarazada.

En Abril del 78, una mujer liberada del lugar siniestro donde Laura estaba secuestrada -había al menos 500 centros clandestinos de detención como ese en todo el país-, nos dijo que Laura estaba bien, que su embarazo era de seis meses, que iba a tener un niño en Junio, que era varón, que se iba a llamar como su papá Guido y que fuera a buscarlo a la casa cuna. Seguramente le habían dicho eso para que lo transmitiera. Ella nos dio una gran alegría, primero porque estaba viva y luego porque estaba esperando un hijo. Lo más lógico es que luego la liberaran a ella y yo criara al niño hasta esperarla. Nada de eso sucedió. Ahora también comenzaba la búsqueda de Guido.
Hemos encontrado 101 nietos que están creciendo; Guido todavía falta, ruego a Dios que me lo haga encontrar lo antes posible, porque los años van pasando y ya voy a cumplir 80. Tengo toda mi familia, mis otros tres hijos, mis otros nietos y todas las abuelas porque las que han encontrado siguen viniendo a buscar a los que faltan. Encontrar a Guido sería para mí, no la culminación porque seguiría trabajando igual, pero sí pensando en Laura, en mi marido que ya no está y en la sociedad argentina una reparación muy grande".

9 de julio de 2009

Noche blanca

Pidió a las enfermeras del asilo que lo sacaran al patio. Esperó este momento durante ochenta y nueve años. Por fin regresó. La primera y única vez que la vio fue cuando tenía seis años. Recuerda que con sus hermanos jugaron a la “guerra fría”. ¡Qué noche! Ya ninguno de ellos está aquí para revivirla. ¡Cuánto hubieran disfrutado este momento!

Todos los celulares coreaban la misma noticia. En un ataque de ansiedad, la mayoría de los pasajeros del subte bajó en la próxima estación. Era un momento para estar en la superficie. Imperdonable perderse el espectáculo.


Aún sentían la emoción de haberse conocido tras años de amistad en talleres virtuales. Vieron lo que ocurría a través de los cristales del antiguo teatro, hoy convertido en librería. En las tablillas abandonaron a Borges, Sábato y Cortázar. La realidad superaba la ficción y coronaba de magia la noche del encuentro.

Cubrió con sacos y hojas de periódico todo su cuerpo. No era suficiente. El quicio de la puerta, su refugio de costumbre, no lo guarecía. Intentó contagiarse del júbilo de la gente a su alrededor pero solo podía pensar en el frío. Se durmió sin darse cuenta. No despertó.

Hoy surgió un niño en cada porteño. Los muñecos no se hicieron esperar. Tampoco las batallas. Un sueño hecho realidad. Sin ir al sur. Allí, en casa. Las caras de todos cambiaron de sorpresa a incredulidad, a maravilla, a ilusión infantil.

La albiceleste ondeaba orgullosa. Era el día de la patria. El Obelisco parecía ser el centro de una bola de cristal. No hacía falta darle vuelta para que volaran copos. ¡Hoy nevaba en Buenos Aires!

¿Habrá otro Bardi que inmortalice esta noche?
Siluz

Recordando el 9 de julio de 2007


Un abrazo a todos los amigos argentinos en los momentos difíciles que atraviesan a causa de la gripe A.

2 de diciembre de 2008

Balada para un loco

Viendo unas fotos en facebook de Analía, una amiga de la Patagonia argentina en las que recorría con su familia las calles de Buenos Aires, recordé la "Balada para un loco" de Ferrer y Piazzolla. Encontré esta versión en youtube y me trajo muchos recuerdos. Yo también salí muchas veces de mi casa en Arenales para pasear por Callao y Corrientes. Es que "las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué se yo, ¿viste?"



BALADA PARA UN LOCO
Letra: Horacio Ferrer.
Música: Astor Piazzolla.

Para recitar
Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?
Salgo de casa por Arenales, lo de siempre en la calle y en mí,
cuando de repente, detrás de ese árbol, se aparece él,
mezcla rara de penúltimo linyera
y de primer polizonte en el viaje a Venus.
Medio melón en la cabeza,
las rayas de la camisa pintadas en la piel,
dos medias suelas clavadas en los pies,
y una banderita de taxi libre levantada en cada mano... Ja...ja...ja...ja...
Parece que sólo yo lo veo, porque él pasa entre la gente
y los maniquíes me guiñan,
los semáforos me dan tres luces celestes
y las naranjas del frutero de la esquina le tiran azahares,
y así, medio bailando, medio volando,
se saca el melón, me saluda, me regala una banderita
y me dice:
Para cantar:
Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao,
no ves que va la luna rodando por Callao
y un coro de astronautas y niños con un vals
me baila alrededor...
baila, vení, volá...
Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao,
yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión;
y a vos te vi tan triste; vení, volá, sentí,
el loco berretín que tengo para vos.
Loco, loco, loco, cuando anochezca
en tu porteña soledad,
por la ribera de tu sábana vendré, con un poema y un trombón, a desvelar tu corazón.
Loco, loco, loco,
como un acróbata demente saltaré,
sobre el abismo de tu escote hasta sentir que enloquecí tu corazón de libertad, ya vas a ver.

Para recitar:
Y así el loco me convida a andar en su ilusión súper-sport,
y vamos a correr por las cornisas
con una golondrina por motor.
De Vieytes nos aplauden:
Viva, viva...los locos que inventaron el amor;
y un ángel y un soldado y una niña
nos dan un valsecito bailador.
Nos sale a saludar la gente linda y el loco,
pero tuyo, qué sé yo, loco mío,
provoca campanarios con su risa
y al fin, me mira y canta a media voz:

Para cantar:
Quereme así, piantao, piantao, piantao...
trepate a esta ternura de locos que hay en mí,
ponete esta peluca de alondra y volá, volá conmigo ya:
vení, quereme así piantao, piantao, piantao,
abrite los amores que vamos a intentar
la mágica locura total de revivir,
vení, volá, vení, tra...lala...lara...
loco él y loca yo, locos todos... locos.. locos.. locos..
loco él y loca yo.


Un saludo especial a mi hijo, nuera y nieta,
a Dady y todos mis queridos amigos argentinos.

31 de enero de 2008

Diez días en tierra lejana

"Va quedando lejano
el mundo que existía antes de conocertey va naciendo un nido de palabras y besos,un nido tembloroso de miedo y esperanzadonde a veces me siento retozando entre trinos,y otras veces me asusto,abro los ojos y me quedo quietapensando en este panal de mielque estamos explorando,como un hermoso, hipnotizante laberinto,donde no hay piedritas blancas,ni mágicos hilosque nos enseñen el camino de regreso".Gioconda Belli

Noche tras noche, cuando su reloj daba las veintidós. Sitio de reunión: la sala de chateo. Los seudónimos presentes en la lista de usuarios honraban años de amistad virtual. Allí la charla era amena y la música a su gusto. En ese breve espacio, coincidieron.


“El tiempo nos lanzó de lado a lado

trazos redondos surcando paralelos espacios
coincidimos desafiando las leyes deletreadas
infringiendo barreras quebrantadas al tacto”.*
A él le llamaron la atención sus pocas pero acertadas palabras y a ella la afinidad en gustos. Mientras, sin ellos saberlo, Gioconda se confabulaba con Joan Manuel. La conversación giraba entre poemas y canciones, vivencias paralelas, pensamientos . Luego, tras Oscar descubrir que ella amaba a Serrat casi tanto como él, dejó volar una canción para Lucía, se proclamó “sinceramente tuyo” y le afirmó: “no hago otra cosa que pensar en ti”.

Con el tiempo fueron abandonando la sala y hablaban más en privado. Y de la música pasaron a la poesía, de la poesía a la política, de la política a las luchas, de las luchas a las ideas. Para su sorpresa tenían puntos de vista similares.

“Por sobre todas las cosas,

el hombre que me ame
deberá amar al pueblo
no como una abstracta palabra
sacada de la manga,
sino como algo real, concreto,
ante quien rendir homenaje con acciones
y dar la vida si es necesario”. *

Ambos rondaban los sesenta. Sabían de amores y fracasos. Como también que a través de la pantalla afloraba un sentimiento al que no querían aún darle nombre. Necesitaban acompañar sus soledades, acortar la distancia, hacer presente la ausencia .

“…te siento levantarte
desde el aire llenarme
pero estoy sola, amor,
y este estarte viendo
sin que estés,
me hace sentirme a veces
como una leona herida,
me retuerzo,
doy vueltas
te busco
y no estás
y estás allí
tan cerca”. *

Y se dio el viaje. Más de treinta años sin subir a un avión. Estaba aterrada. ¿Por qué era de tierra tan lejana? Gracioso que te preguntes eso, Lucía. Si no fuera así , ni siquiera le hubieras hablado. Sin embargo, otras cosas la asustaban más aún: que al verse todo cambiara, se desilusionara uno del otro, no pudieran mantener una conversación normal o ni siquiera se gustaran. No estaba en edad para aventuras; si no las había buscado en su juventud, menos le interesaban ahora. Pero ¿y si es él?. La vida te ofrece una nueva oportunidad. Escribir un epílogo para ese capítulo de tu vida que ya creías cerrado. Sus pasos la dirigieron a la agencia de viajes, y se vio con un pasaje en las manos. Saldría de su isla caribeña en pleno verano para ir a conocer el invierno del otro hemisferio.

“Todo dejé atrás.
No oí lamentos, ni recomendaciones
porque en todo el Universo de mi ceguera
solo vos brillabas
recortado sol en la oscuridad”.*
21 de julio de 2003

Mis nervios me traicionan. Tras una parada en el aeropuerto de Panamá, voy rumbo al de Ezeiza en Buenos Aires. En el avión, pero en primera clase, va Luis Rafael Sánchez, un reconocido escritor de mi país. El miedo me hace pensar lo terrible que puede ser viajar con famosos. ¿Quién se acuerda de los que murieron con Gardel o con Clemente**? Trato de acallar esos pensamientos tétricos. Intento leer. Para hacer más llevaderas las once horas de viaje llevo la novela “El país bajo mi piel” de mi escritora favorita: Gioconda Belli. Leo el epígrafe en la introducción: “La verdadera felicidad no consiste en tener todo cuanto se desea, sino en desear cosas que no se tienen y en luchar por conseguirlas.” De acuerdo. Hacia eso vas. Cálmate.

Sigo leyendo: “Julio Verne y mi abuelo Pancho –que me proveía de libros- fueron los responsables de que desarrollara una imaginación sin trabas y llegara a creer que las realidades imaginarias podían hacerse realidad”. Mi mente empieza a dar tumbos. Todavía me pregunto qué hago yo aquí, qué busco. Sabes la respuesta y te da miedo descubrirla. Has estado muy sola, a pesar de tus tres hijos, a pesar de tu profesión, a pesar de tu estabilidad. Se me llena el corazón de dudas y trato de no aferrarme a ellas. Miro por la ventanilla. Ya no veo nada abajo, ni tierra, ni mar. Volamos sobre las nubes. ¿Qué haces aquí? Deberías estar en casa, en tu calor, con tus pies firmes en tu suelo. Si Dios hubiera querido que volaras, te hubiera dado alas. Procuro convencerme y me repito: Voy en busca de mi realidad imaginaria, de un amor virtual que apareció sin buscarlo.

—Señoras y señores, el capitán ha comenzado su descenso hacia la ciudad de Buenos Aires. La hora local: 20:10.

Guardé el libro. No había pasado de la introducción. Saqué el bolso de maquillaje para retocarme un poco. Cierro los ojos. Suspiro. Y sin pensarlo más, descendí la escalinata del avión con el alma entre las manos y el corazón queriendo salírseme del pecho.

30 de julio de 2003

—…anuncia la salida de su vuelo con destino a San Juan de Puerto Rico. Pasajeros pueden abordar por la salida número 22.

A la una en punto de la tarde comienza a moverse el avión sobre la pista. No te olvides atrasar tu reloj. De regreso a casa; a mi sol, a mi mar, a mis hijos y nietos. Con mi maleta llena de recuerdos. Pero los que más atesoras son los que llevas en tu corazón. Abro la cortina de la ventanilla, doy una última mirada a la ciudad, tomo mi libretita de apuntes y escribo:

Vine a encontrarme con un amor, hoy me voy con dos:
Oscar y su ciudad de aires buenos.
¡Cómo me emocionó ver el Obelisco y encontrarlo desde cada calle del centro! Contemplarlo era la prueba de que llegué, de que estaba aquí, de que no era un sueño.
Fue una delicia pasear abrazados como adolescentes por San Telmo, Recoleta, Puerto Madero, los Bosques de Palermo y la Plaza de Mayo.
Disfruté comerme un choripán
en la Costanera, saborear las facturas (aunque esa palabra me acordara de mis cuentas), los alfajores, el dulce de leche y probar el mate. Que divertido fue tratar de cruzar la 9 de julio sin que cambiara el semáforo u oírlo discutir si River era mejor equipo que Boca, como si de eso dependiera que el mundo continuara girando. Me enamoró el río La Plata, ese mar dulce que llegué a confundir con mi océano por su inmensidad.
Me pareció curioso como Oscar pide todo con un "¿puede ser?" y no deja de decir "no, por favor" cuando le das las gracias, como puede “tener fiaca” pero no desgano, pensar que un “revolú” es un “quilombo” y terminar cada parlamento con un “Mira vos” o un ‘¿comprendés?” Todo dicho con ese acento porteño que me derrite y la seguridad y picardía de que lo sabe. “Tal cual”. Oscar…ay, Oscar...¿dónde estarás ahora?

“Sola yo, amor,y vos quién sabe dónde;

tu recuerdo me mece como al maíz el viento
y te traigo en el tiempo,recorro los caminos,
me río a carcajadas
y somos los dos juntos
otra vez,
junto al agua”. *
Recuesta su cabeza del espaldar, cierra los ojos, no viaja sola. Trae a Oscar en el tiempo, los dos juntos. Recuerda el primero de esos diez días. Al cruzar la puerta de la aduana temió que sus nervios la traicionaran. Sus ojos lo buscaron entre la gente. Ya él la había divisado. Se acercó sonreído, Lucía temblaba. Él le puso otro abrigo sobre los hombros, sabía que no estaba acostumbrada al frío. ¿Era el clima lo que te estremecía, caribeña? La abrazó con fuerza, y al cruzarse sus miradas, percibió seguridad y ternura sin necesidad de palabras.

“Hablamos un lenguaje de jeroglíficos
y me vas descifrando sin más instrumentos
que la ternura lenta de tus manos,
desenredándome sin esfuerzo,
alisándome como una sábana recién planchada,
mientras yo te voy dando mi universo;
todos los meteoritos y las lunas
que han venido gravitando en la órbita de mis sueños,
mis dedos llenos del deseo de tocar las estrellas
los soles que habitan en mi cuerpo”. *

Lucía toma el bolígrafo y continúa:
Hoy amo esta ciudad porque es la suya, porque bajo su cielo nos miramos, nos reconocimos, nos amamos. Unimos nuestros sueños y realidades, nuestros muchos años, nuestras fantasías, nuestras inseguridades y fracasos, nuestras luchas y experiencias, su sol y mi estrella, nuestras patrias, nuestras vidas. Porque a pesar de habernos encontrado sin buscarnos, entendimos que la espera ha terminado.

“Llueve copiosamente
sobre mi cara
y sólo pienso en tu lejano amor
mientras cobijo
con todas mis fuerzas,
la esperanza”. *
Guarda la libreta y se coloca los audífonos. Otra vez Serrat: “Tanto tiempo esperándote… fue sin querer… es caprichoso el azar.” Suspira. Volverás. Estos diez días no han sido un paréntesis, sino un empezar. Volverás... A pesar de unas lágrimas que logran escapar, sonríe. Abre su libro. Ahora sí podrá leer a Gioconda. También ella siente un país bajo su piel y en sus oídos “paraules d’amor” . Ya no tiene dudas. Es él.

“Usamos el derecho a la alegría,
a encontrar el amor
en la tierra lejana
y sentirnos dichosos
por haber hallado compañero
y compartir el pan, el dolor y la cama”. ***

Notas:
*Todos los poemas incluidos son fragmentos de la poesía de Gioconda Belli, una de las voces femeninas más destacadas de la literatura nicaragüense y pionera de la poesía revolucionaria. El propósito del ejercicio en “La navaja de Occam” era unir nuestro estilo con el de nuestra escritora favorita. Ver entrada "Redescubriendo a Gioconda Belli" http://siluz.blogspot.com/2007/10/redescubriendo-gioconda-belli-en-uno-de.html

**Carlos Gardel, la leyenda del tango, perdió la vida en un accidente de aviación en Medellín, Colombia el 24 de junio de 1935. Roberto Clemente, destacadísimo jugador puertorriqueño del béisbol de Grandes Ligas, murió el 31 de diciembre de 1972 cuando el avión en que llevaba ayuda a las víctimas del terremoto de Managua, Nicaragua, cayó al mar a pocos minutos del despegue.

***Recordando a Oscar en sus 60.

Elsia L. Cruz Torrruellas
(Siluz)

13 de octubre de 2007

Los ojos de mi madre

“Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio...”
J.M. Serrat

—¡Estás buscando que se lo diga!
—¡No me amenacés!
—Entonces, no me provoqués vos. ¡Dejame en paz!

Aquellas frases se le quedaron grabadas. A sus seis años no entendió el significado, pero sí pudo captar la reacción tras ellas. Tal vez fueron los ojos aterrorizados de su madre, la angustia que sentía en su silencio o la sorpresa de ver a los padres discutir, pero no pudo evitar estallar en llanto.

—Mi niño, no llorés. No pasa nada.
—Entonces, por que llorás vos?
—No, Gabrielito, si no lloro...

Mentira, sí lloraba. Lloraba por tener que callar siempre. Lloraba al tragarse todo su orgullo. Lloraba porque se odiaba. Lloraba para mantener la paz. Lloraba de rabia y remordimiento. Lloraba para que su hijo no supiera.

Hoy, después de tanto tiempo, Gabriel recordaba ese día. Quizás porque volvió a ver aquella mirada en el rostro de su madre. Con su diabetes descontrolada y dos riñones atrofiados, las esperanzas de vida no eran muchas. Se asombró de ver que una mujer tan fuerte como ella le temiera tanto a la muerte.

Trató de darle ánimo aunque solo se le ocurría repetir frases trilladas: “La ciencia ha avanzado mucho. Yo te daré uno de los míos”. ¿Y por qué no? No era mala idea. Habló con el médico de cabecera. Aunque ella se negara, donarle uno de sus riñones era posible. Su juventud, salud y sobretodo la suerte de no haber heredado la condición, lo permitía.

—Yo sé que estás dispuesto a hacer cualquier cosa por tu madre, Gabriel, pero siento decirte que es imposible. He discutido esto con ella. No es candidata para trasplante —y sin dar más explicaciones, se marchó del cuarto.

A pesar de la tajante negativa, Gabriel no se dio por vencido. “¡ No candidata a trasplante!” ¡Absurdo! Consultó otros especialistas, entre ellos al Dr. Galíndez, uno de los mejores endocrinólogos del país y conocido defensor de los derechos humanos. Estaba consciente de que su madre nunca había querido verlo, que por algún motivo no era santo de su devoción pero ¿qué importaba eso ahora? Si alguien podía salvarla, ése era él.

La recepcionista verificó el nombre de la paciente y los datos en la hoja. Le hizo preguntas que, aunque le parecieron extrañas, respondió por cortesía. Minutos después se entrevistaba con el médico y era pasado al laboratorio a hacerse los exámenes pertinentes. A la mañana siguiente recibió su llamada. Le preocupó la insistencia del doctor y la urgencia en que fuera a su oficina. Su madre debía estar peor de lo que imaginaba.

—No, Gabriel. No se trata de eso. Lo que tengo que decirte es tal vez más grave.
—¿Qué pasa? —preguntó desconcertado.
—No sé cuánto sabés sobre esto, pero colaboro con las Abuelas de Mayo en la búsqueda de niños desaparecidos durante la dictadura.
—¿Sí? —respondió, sin entender que tenía qué ver todo eso con él.
—En el juicio que se hace a los militares mencionaron a una mujer que se hacía cargo de las mujeres embarazadas con el propósito de secuestrar a sus hijos al nacer. Tenemos la sospecha que se trata de tu madre.
—¿De qué habla? ¡No puede ser!
—Tus análisis nos han hecho pensar que, además, adoptó uno de ellos.

No quiso preguntar más. Salió de aquella oficina sin rumbo alguno. En un instante se le derrumbaba la vida que creyó suya. Perdía pasado, presente y futuro; nombre, identidad, familia, todo a la misma vez. Aquella mujer a quien llamaba madre era una desconocida, una fugitiva, una criminal. Creyó renacer sin haber muerto. Caía en un abismo, sin haberse acercado al borde siquiera y sin encontrar de dónde asirse. Caminó por horas, con miedo a comprender el alcance de las palabras del Dr. Galíndez. Merecía una explicación. Sus pasos lo llevaron al hospital.

El padre salió a su encuentro desesperado. —Muchacho, ¿dónde andabas? —Tras una pausa que le pareció eterna, añadió—: Tu madre está muy mal. Solo te llama a vos.

No pudo decir nada. Entró al cuarto para encontrarse una vez más con aquella mirada. Ojos de miedo, de súplica, de llanto contenido; ojos que decían adiós. En el interior de Gabriel se entremezcló toda una gama de emociones: decepción, odio, amor, rabia, ternura, aversión, agradecimiento, rechazo, cariño, vergüenza, incertidumbre, repugnancia, dolor.

Y al cerrarle los ojos, pudo ver que gritaban: perdón.



Elsia Luz Cruz Torruellas

Cuento ganador en el Certamen de Tallerines 2007

17 de marzo de 2007

¿AMA DE CASA...VOS?

Ama de casa...¿vos?
(Peripecias de una boricua en San Miguel, Argentina )

Siluz

En el colmadito de la esquina tenían de todo –allá- desde aceite de transmisión para el auto hasta aspirinas, comidas preparadas o licores, papel sanitario o boletos de lotería. Acá para comprar aguja e hilo tengo que ir a la mercería, a un puesto de revistas para buscar el periódico, a un kiosco por cigarrillos, a la verdulería por cebollas y a la panadería por el pan. Por lo menos, todo está cerca de todo. Pero para ser ama de casa, o ni tanto, para simplemente encargarse de las compras diarias, hay que aprender primero a pensar en argentino.

8:00 a.m.
Se me apetece un café con leche.
—¿Me da un café?
—¿Chico o en jarrita?
Primera cara de idiota que pongo en el día.
—Chico. —digo, por decir algo.
Me sirven café negro en pocillo.
—Pero yo lo quería con leche.
—Ah, un cortado.
Para mí, un café; así, a secas, es café con leche. Sin leche, es café negro.

A media mañana pienso en desayunar a lo boricua: huevos fritos o revoltillo, salchichas, tostadas con mantequilla. Pido un desayuno.
—¿Medialunas o facturas?
Ni idea...
—Traiga solamente un jugo de china.
—¿De qué?
—Olvídelo. Traiga un cortado.
—Listo.
Lista tengo que estar yo para ir aprendiendo.

Llega la tarde. Mi estómago me dice que es hora de comer. Quiero ir a un restaurante.
—Es muy temprano para la cena. —me dicen. —No son ni las 18. Aquí cenamos a las 21. —Cuento con los dedos: 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18...¡Las 6! Me río. Allá cuando daban las 7 la cena estaba hace rato servida, la cocina limpia y los trastes fregados.

Decido mejor ir de compras para preparar la comida en casa. Ni pensar en arroz con gandules, lechón y tostones. Voy a la carnicería. Allá son famosos los churrascos argentinos por lo que supongo que no me debe ser difícil conseguirlos.
—Churrascos, por favor.
—¿Cuántos kilos?
—No sé, deme 3 o 4 churrascos.
—¿De cuadril, lomo o paleta?
Nueva cara de idiota. O ¿será la misma?
—Perdone, deme mejor tres milanesas.
—¿Bola de lomo, cuadrada o nalga?
Pensar en las nalgas de la pobre vaca me hizo perder el hambre al instante.
—No, deme 3 “steaks”.
—¿Bife?
—Sí, eso, bife…
—¿Anchos o angostos?
—Ay, deme 3 chorizos, de esos rojitos.
—¿De los colorados?
—Sí, de esos que tiene ahí colgando.

Voy a la panadería. Total, son muy ricos los choripanes.
—¿Me da una libra de pan?
—¿Una qué?
—Ah, medio kilo.
Me sentí contenta de haber podido batear ésa.
—¿De flauta, caseros, miñones o milongas?
Ponchada. Siento regresar la cara de idiota.

Al otro día, voy con el libreto memorizado.
—Deme un kilo de cuadril.
No voy a describir mi cara cuando el carnicero me dijo:
—Hoy no tenemos. Falda, asado o vacío, ¿puede ser?

Me preparo un diccionario mental. El maíz es choclo; popcorn es pochoclo; la calabaza, zapallo; la toronja, pomelo; la china, naranja; el aguacate, palta; las habichuelas, porotos; los pitipuas, arvejas; el cerdo, chancho; la mantequilla, manteca; la manteca, grasa; una cadera de pollo es un muslo; un muslo es una pata, una empanadilla es una empanada, una empanada es una milanesa.

¡Menos mal que allá y acá hablamos todos español! La primera vez que me dijeron : “¡estás chocha!” por poco me ofendo. Y ni se diga cuando me dijeron: “¡qué hija de la gran puta!”. Si tienes miedo, eres una cagona o una maricona, un pato es un puto, a las Patricias les llaman Pata y encuentras bichos por dondequiera.

Por hoy me conformaré con unos sándwiches. No soporto un bochorno más.
—Me da jamón cocido.
—¿Cuánto?
La pregunta temida...
—Más o menos como le dio al señor que atendió antes.
—¿Así está bien?
Y me indicó por donde cortaría.
—Sí, muy bien.
Toma el jamón, lo corta, lo empaqueta y me lo da.
—Pero, ¿no lo puede rebanar? Es para sándwiches.
Me miró con paciencia.
—Por eso le pregunté y me dijo que ahí.
Lo rebanó.
—Deme queso también.
—¿De cuál?
—Para sándwiches. ¿No le dije que quiero hacer sándwiches?
—¿De máquina?
—Será...
Poco me importaba a mí si lo habían hecho en máquina o a mano.
—¿Doscientos?
—¡200!
Pensé en rebanadas.
—Si quiere 200 gramos, señora...
—Ah, sí... supongo...
Ya la cara de idiota era permanente. Notando mi desconcierto y quizás por mi acento, trató de ser amable.
—No se preocupe. Para eso estoy aquí, para servirle. Me llamo Chiche.
—Mucho gusto, Elsia —le dije, presentándome.
Me dio la mano y añadió: —Chiche, el gusto es mío.
No pude evitar una carcajada.

Elsia Luz Cruz Torruellas

10 de mayo de 2006

25 de enero de 2007

Iguazú: "agua grande"


“Agua grande”


Varían las tonalidades. Blanco, marrón, rosáceo, gris, perlado, verdoso. Todas a la vez y ninguna en definitiva. Sin embargo, lo que más llama la atención  no es el color sino la fuerza. Corre desbocado corriente abajo, armonía en aparente locura. Su canto crece según nos acercamos; el susurro se hace alarido y la unión de los elementos es total. Puentes, tablados, caminos bordean ese hermoso río que ni siquiera lo es; sólo un ramal que como un monstruo dormido desconoce su poder. Y ese brazo de río es más grande que el más grande de mis ríos.
Sonido creciente, las aguas se fortalecen, se pierden, caen en preciosos saltos. Un derroche de belleza. Cada paso me lleva a otro paisaje más admirable que el anterior. Verdor, frescura, vida, energía. “Aún no has visto lo mejor” me dicen. Nada puede ser más hermoso, pienso. Hasta cruzar la próxima vereda. “La Garganta del diablo”. Si espectacular es de día, maravilloso a la luz de la luna.
Me transporto al antes. Se unen en mí todas las razas, todas las épocas. ¡Tanto esplendor en movimiento! Cnum ha conquistado este lado del mundo. ¡Como no creer que este lugar tan fabuloso es punto de reunión de las divinidades! Apolo y Ra saludan a Inti, , a Tonatiuh, a Chau. Artemisa e Isis besan a Meztli, a Quilla y Antukuche. Festeja Zeus junto a Ngnechen, a Quetzacóatl y Viracocha. El ser humano ante la inmensidad se manifiesta insignificante. Gotas, niebla, torrente. El rugido ensordece, los ojos no se acostumbran a esa imagen. La luz se pierde entre sus aguas, se dividen los colores y lucen varios arco iris entre sus cascadas. Cataratas del Iguazú. “Agua grande” Máxima expresión de la naturaleza. Comienzo o final de la creación. Éxtasis de eternidad. Puerta al infinito.
Observo entre unas rocas. Un chorrito distante, pequeño, solitario, pasa desapercibido entre estas cataratas imponentes. Recuerdo una cascadita en El Yunque de mi tierra. “La Coca”, mucho más reducida que la menor de estas caídas, es celebrada como única en mi isla. Viene a mi mente el Principito: “Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. Y ahora tenía ante sus ojos más de cinco mil todas semejantes en un solo jardín.” Mas yo no me siento engañada sino feliz porque veo que mi Yuquiyú también fue invitado a esa cumbre divina. Entonces agradezco el poder sorprenderme ante lo extraordinario como ante lo sencillo. Porque comprendo que el átomo es tan bello como el universo. Y uno sin el otro no pueden existir.
Elsia Luz Cruz Torruellas
(Siluz)