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19 de enero de 2013

Tener 60 años


Adolescentes de los 60, crecimos escuchando a los Beatles, bailando twist, admirando a  los hippies, protestando la guerra de Vietnam, dibujando en todas partes el símbolo de la paz, vistiendo pantalones campanas y minifaldas y demandando "paz y amor".
Hoy nos llaman baby boomers, y somos la generación de abuelos más atrevidos y "modernos"... o así nos consideramos.  Quizás porque nunca perdimos esa rebeldía con la que crecimos y nos oponemos a ser los culpables ante los ojos de nuestros nietos de lo mismo que le echábamos en cara a nuestros padres y abuelos. 
Reproduzco un discurso pronunciado en Colombia por la doctora Mirta Núñez, porque sé que muchos de los hoy llamados "baby boomers", nos identificaremos con sus palabras.



Tener 60 años
Dra. Mirta Núñez
Texto de la ponencia presentada en el VIII Curso de ASOGA, 
Barranquilla, Colombia

Tener 60 años es tener dos veces 30 años; es entonces reconocer la densidad y riqueza del ayer y lo frágil y precario del mañana; es estar dispuesta a vivir intensamente la década que se abre con la lúcida convicción de que puede ser la última –o por lo menos la última en poder vivirse intensamente–; es ya no posponer los sueños y hacerlos realidad en la medida de lo posible. Es alegrarse cuando, al despertar, a uno le duele algo: una articulación, la garganta, la cabeza, porque significa que está viva. Esto me le enseñó un amigo algo pesimista y a la vez de una gran lucidez en cuanto a los pequeños estragos de los años acumulados. 
Tener 60 años es tener respeto a los espejos porque no mienten y no volverán a mentir nunca más. 
Tener 60 años es por fin saber quiénes son tus verdaderos amigos y amigas y haberse ganado el enorme privilegio de no simular más frente a los otros; es saber decir “no” cuando es “no”; es conocerse a fondo y poder, por fin, dialogar con su cuerpo, conocer los caprichos de su digestión, los ritmos de su corazón, la capacidad de sus pulmones y la susceptibilidad de sus articulaciones en tiempos de lluvia. 
Tener 60 años es burlarse de todas las dietas de las revistas femeninas porque ya uno sabe perfectamente cuál es su dieta de vida. 
Tener 60 años es conversar con la soledad y nunca sentirse sola con ella. Tener 60 años es ya no pedir permiso a nadie para cumplir un viejo sueño, para ir a cine a las tres de la tarde, tomar un aguardiente antes de la telenovela de la noche o prender la luz a las tres de la mañana para leer nuevamente un capítulo de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust porque no logró conciliar el sueño. Es saber que nadie nos espera en casa y alegrarse porque podrá almorzar o comer con lo que más le gusta: una ensalada acompañada de pan y queso. Poder comer lo que le antoja a la hora que le antoja es un verdadero lujo para una mujer, y esto lo puede hacer a los 60 años, o lo debería poder hacer. Sí, porque al escribir esto, sé una vez más que soy una mujer privilegiada. A la vuelta de la esquina de mi casa, una mujer como yo, de 60 años, es desplazada, violentada y olvidada. 
Tener 60 años es asombrarse de lo que ha logrado con sus hijos o sus hijas que ya están en la década de los 30. Es inaugurar por fin nuevas miradas, nuevos diálogos con ese sentimiento de desprendimiento y de levedad frente a ellos o ellas. Lo hecho, hecho está y ya no existe sino el asombro frente a estos hombres o mujeres que un día, hace mucho, habitaron en sus entrañas y, algo más tarde, se refugiaron en sus brazos buscando consuelo. 
Tener 60 años hoy es a veces ser una abuela indecente, enamorada, liviana y desculpabilizada. 
Tener 60 años es entender el misterio de la vida y empezar a confrontarse con la muerte, sin temor ni tristeza porque está ahí asomándose, tímidamente pero inexorablemente.
Tener 60 años es empezar a despedirse demasiado temprano, siempre demasiado temprano, de buenos amigos o amigas.
Tener 60 años es tener dos veces 30 años, o sea mucha juventud acumulada. Hoy, doy la bienvenida a mis recién inaugurados 60 años. 
De hecho escribí esta columna para convencer a mis amigas generacionales que, entrando en esta etapa, es necesario aprender a burlarse de los discursos de una cultura que nos quiere, o nos vuelve, invisibles, calladas y deterioradas. Discursos de una sociedad basada cada vez más en una lógica de mercado que exige productividad y consumo, lógica que los medios se encargan de difundir con sus comerciales que no hacen sino mostrarnos el universo de una juventud asociada a la belleza, al éxito y al amor. 


Tomado de:

28 de febrero de 2012

A cuarenta años de Marysol

“Juventud, divino tesoro,
ya te vas para no volver…”
Rubén Darío


El empresario se roba unos minutos para tomar café.  Es un día de mucho trabajo, visitantes importantes, reuniones de accionistas, decisiones inaplazables.  Aprovecha el momento para hojear los titulares del diario.  Le llama la atención un artículo: “A cuarenta años de Marysol”. Un título que le hace recordar sucesos, hace tiempo escondidos, en su memoria. Un título que lo acompaña a lo largo del día y lo persigue a casa.


—Abuelo, desde que llegaste de la oficina, estás como en el limbo.
—No pasa nada… preocupaciones del trabajo…
—Necesito tu ayuda con la tarea de la escuela.
—Claro, vamos.  Solo estoy un poco distraído….


“A cuarenta años de Marysol”. Cuarenta años. Es increíble cómo transcurre el  tiempo.  Entonces solo tenía dieciséis.  Fueron días en los cuales nos prohibían salir a la calle pues “merodeaban los hippies”. Los mirábamos con cierta envidia, jóvenes barbudos de pelo largo, rodeados de lindas chicas, bañándose desnudos en el Ojo de Agua.  Nos parecían divertidos, felices y despreocupados, no con las caras largas de los que al mirar, criticaban.  Nuestras madres nos pedían quedar dentro de las casas, mantener las puertas cerradas, no acercarnos a esos “hippies vagabundos” y menos a la playa “Los Tubos” donde pernoctaban.  Y por supuesto, todos desobedecimos.

—Abuelo…
—Sí. Sí, ya voy…

Antes de dormir, va a la computadora.  Busca por la red. En Facebook descubre la página de un grupo, “Marysol, el Woodstock boricua”.  Lee los comentarios y las anécdotas, mira las fotos… ¿Y si…? 

Carola:
Llegué a la costa norte de la isla, donde ya unas doscientas personas habían establecido sus tiendas de campaña, entre septiembre y octubre de 1971.  No conocía a nadie, pero tras mi huida de una institución juvenil en Nueva York, no podía echarme atrás. No fue difícil encontrar amigos de todas las edades; había jóvenes solos pero también familias enteras. Cuando el festival se pospuso, mucha gente acampó en  la playa vegabajeña con la esperanza de que fuera cuestión de días. Pero una vez se canceló, casi todos volvieron a sus hogares. Un grupo de un pueblo cercano me ofreció que me quedara con ellos y así lo hice.  En abril del próximo año, todos regresamos a Marysol.  Allí, entre la arena, el mar y sol, efectos sicodélicos, LSD y la música de Billy Joel y Alice Cooper conocí a Luis.  Allí también lo perdí.
Me gusta · Comentar · hace cuatro horas cerca de  Chicago, IL

¿Carola? ¿Se llamaría Carola?  No puede ser ella… Luis es un nombre bastante común.  Entre las  cincuenta mil personas congregadas, de tantas partes del mundo, debe haber habido miles de Luises.  Sin embargo, esa historia es similar a la de aquella chica delgadita, que nunca dijo su nombre e insistía la llamáramos Twiggy.  Y de quién no tuve tiempo de despedirme.

Según lee la información de la página, revive.

Creo que era Semana Santa.  Sí, sí, lo era, pues debido a la solemnidad de la fecha, la apertura del Festival estuvo en peligro.  A pesar de que no se había dado la autorización oficial, la playa estaba llena de gente.  Y también sin autorización, todos los chicos de los alrededores nos íbamos a curiosear por el área.  Jugábamos a ser guías turísticas frente a aquellos seres tan raros que, contrario a lo que se decía de ellos, se interesaban en  la costa arenosa, la laguna, el mar, los arrecifes de coral y las algas marinas características de la zona.  Mucha curiosidad les causaba el nombre del sector y les explicábamos la razón: al construir la carretera hubo que ubicar una gran cantidad de tubos para no interrumpir el desagüe natural entre la Laguna Tortuguero y el mar. Se fijaban entonces en la hermosura de la Laguna, la única natural de agua dulce en la isla, la cual se veía al otro lado de la carretera y a la que el mar le robaba siempre protagonismo.

Son recuerdos muy guardados, obligados a estar ocultos bajo la máscara de adulto intachable que hoy lleva.  Recuerdos, ahora rebeldes e imposibles de controlar.  Sigue navegando.  Encuentra un blog que ofrece un recuento. Lee…

Miércoles 29 de marzo
Aún no se sabe si se celebrará el Festival pero ya la gente  abarrota la playa. Unos a otros se ayudan a levantar las casetas.  Cuando se da la noticia de que los tribunales han prohibido el Festival por alegados hallazgos de marihuana y LSD, nadie se marcha.
Ese mismo día, además, aparece ahogado un muchacho de Nueva Jersey.  El pueblo se opone a los visitantes por temor a posibles muertes, robos, drogas, actos violentos. Sin embargo, el Gobernador Ferré, de vacaciones fuera de la isla, da el permiso.  Era Jueves Santo.

Ese día, como todos, entré con mis amigos por la playa. Nuestra playa. Nunca cruzamos el portón principal ni pagamos admisión. Éramos residentes, ¡que paguen los extranjeros!
La apertura estuvo a cargo de una banda local, Rubber Band.  No era nuestra preferida, pero la euforia por estar allí nos contagiaba. Frente a la tarima, acomodados en un sofá delante de una guagua VW, reconocí a un grupo de jóvenes que ya había visto por el pueblo.  Entre ellos, ella, quemadita del sol, al igual que todos. La saludé, como si la conociera de antes.  Ella debe haber pensado lo mismo, pues me dio un beso. Le ofrecí una cerveza, aceptó en seguida.
Horas después, azotó la lluvia.  Billy Joel, con absoluto dominio del espectáculo, logró que a nadie le importara. Y de allí no nos fuimos, ni esa noche, ni las dos siguientes.  Tres días sin clases, sin padres, sin permisos ni reclamos, con libertad de comer, beber y fumar lo que se nos antojara. Ya ofreceríamos disculpas a la hora de los regaños. Y nadie nos quitaría lo bailado.

Domingo 2 de abril de 1972
Día cumbre con Alice Cooper y ELP.  Como cierre, tres muertos: dos jóvenes ahogados y otro asesinado en medio de una pelea. Corre el rumor de que estaría John Lennon, pero solo pasan una grabación explicando su ausencia. 

Yo tenía dieciséis años, ella solo catorce.  Sin embargo, despertó en mí el placer de amar y ser amado, sin miedos ni ataduras.  Hacíamos lo que queríamos, cuando queríamos, porque queríamos.  Sin ofender a nadie, sin faltarle a nadie.  Paz y amor no eran palabras huecas. La última noche debo haber tomado de más pues me quedé dormido.  Al despertar, no estaba. La mayoría de las tiendas de campaña, tampoco.  La busqué entre las familias que aún quedaban, entre los que se iban, en el aeropuerto. Entonces me di cuenta que conocía su cuerpo pero no su nombre, sus gustos pero no sus datos, su voz pero no su pensar, su hola pero no su adiós.

Martes 4 de abril de 1972
Los visitantes llenan el aeropuerto. Gran parte de ellos no tienen boletos ni dinero para comprarlos. Otros, con boletos en mano, se enteran que los vuelos fueron sobrevendidos y están todos llenos.  No hay más remedio ¡a acampar allí mismo! Muchos de los asistentes locales, les llevan comida, vino, cervezas y hasta la banda Elephant’s Memory es contratada para ayudarlos a pasar las horas. La Cruz Roja también los atiende, en especial, casos de insolación severa y deshidratación. Toma varios días hasta que, por fin, la línea Pan American puede transportarlos a sus destinos.

Nunca supe si estaba allí. No la encontré. 

Luis:
Carola
No sé si eres Twiggy.  Por si no lo eres, te envío este mensaje al muro y no en privado. Quizás así, Twiggy lo lee, como leí yo el tuyo.
Me gustaría verte, saber que estas bien y eres feliz, oírte decir que cumpliste tus sueños. Comunícate, por favor, no te imaginas cuánto me gustaría verte.
Yo estoy bien, no cumplí mis sueños pero supongo que sí los de mis padres. Vivo bien; soy, según dicen, un hombre de negocios exitoso. Es cierto, he tenido logros importantes, sin embargo, me faltaron aventuras, emociones, riesgos, locuras.  Ésas solo las viví contigo. ¿Me llamarás? Se nos hace tarde.
Paz y amor, flaquita. Te espero.
Me gusta · Comentar · hace pocos segundos cerca de Vega Baja, PR

Si es ella, si sigue siendo ella, contestará. Aunque solo sea para darme el beso de despedida que entonces no me dio. Me lo debe…


Siluz
enero 2012

Referencia - datos y fotos:

1 de marzo de 2010

Y aún tengo mi guitarra...

Gilberto Aquino Pérez: Mujeres con guitarra

 Y aún tengo mi guitarra

“…si quieres la despierto y empezamos la fiesta
Como cuando la vida nos dio sus veinte años
 que ya no volverán…”
(Alberto Cortez)


Hace mucho que no nos reuníamos a vivir el tiempo.  Durante los últimos años solo habíamos coincidido en actividades teatrales, al visitar a algún amigo en común hospitalizado o para la muerte de un familiar.  Por eso no me sorprendió la llamada telefónica.  “¿Qué tal vernos solo para charlar? Pedimos pizza, cada una aporta una botella de vino y ¡a ponernos al día!”  Dicho en boricua: ¡a beber y chismear! La cita era ineludible.
Hablamos de todo y de todos.  Las que no sabíamos de unos, sabíamos de otros. Y las noticias, rumores y sorpresas le dieron sabor a la noche.  De momento, una de las chicas desempolvó mi guitarra y me preguntó: ¿todavía tocas? Y yo, que llevo sin tocarla casi el tiempo que tengo de no verlas, acaricié aquel instrumento como si fuera otra vieja amiga que se unía a la reunión.
“La patria y la guitarra la llevo en mí,
Una es fuerte y es fiel, la otra un papel.”
Junto a cada canción  regresaba algún recuerdo de esta amistad de cuarenta años. Una relación, que aunque se había visto interrumpida por temporadas, nunca dejó de existir.  Es cierto que  no nos veíamos a diario, como antes, pero no era necesario: sabíamos que estábamos ahí.“Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas”
La guitarra atrapaba la música del aire, las notas invisibles coqueteaban a nuestro alrededor.  Había sido nuestra compañera desde que nos conocimos en la universidad.  Comenzaba la década del 70.  Años de revolución, de motines estudiantiles, de huelgas y protestas por la presencia militar en el campus.  Casi niñas, nos encontramos en un enfrentamiento entre estudiantes y policía.  De un lado, macanazos y bombas lacrimógenas; del otro, piedras. “A correr, a correr, todo el mundo a correr. Ahí viene un mister con macana. Me dio y me dio de mala gana”
Fueron muchas las actividades políticas que frecuentamos.  Entonces, llevar camisetas del Che  y cantar canciones de protesta era más una moda que un ideal. “Aprendimos a quererte desde la histórica altura donde el sol de tu bravura le puso un cerco a la muerte”.  ¡Cuánto hemos aprendido desde entonces! ¡Cuánto se han afianzado nuestras creencias y nuestra ideología!
En nuestras mentes se sucedían temas de aquellos tiempos; a cada canción la acompañaba alguna experiencia. Recordamos la ilusión del primer amor, aquel novio prohibido que estaba muy lejos de ser el soñado por nuestros padres. 
“Ese con quien sueña su hija, ese ladrón que os desvalija de su amor, soy yo, señora”. ¡Cuántas horas pasamos entonces al teléfono o nos quedábamos en casa de la amiga, solo para poder hablar de ese príncipe azul que luego supimos estaba muy lejos de serlo!
"Guitarra, suena más bajo que alguien puede oírte
quiero le lleves muy suave todo el amor que yo siento
y nadie debe saberlo".
Incontables las lágrimas que derramamos cuando se rompía el romance y creíamos ser las mujeres más infelices del mundo, cual protagonistas sufridas de telenovelas.  “Mas hoy, que estoy tan sola y tan cansada de llorar, quiero saber si tú querrías regresar…”  ¡Qué lejos estábamos de pensar que todo era parte de una etapa, que era cierto que el tiempo todo lo cura y hasta llegaríamos a dar gracias por lo que pudo haber sido y no fue!
Llegó el momento de graduarnos.  Tomar decisiones, irse al extranjero en busca de nuevas oportunidades, mudarnos solas, crecer. “¿Qué va a ser de ti lejos de casa? ¿Nena, qué va a ser de ti?”  Yo también me fui del hogar materno; me siguieron mi perra y mi guitarra.  
Tomamos rumbos distintos, formamos nuestras familias, de amigas nos convertimos en comadres y nos alegramos con cada nacimiento, planificado o no. “¿Será varón? ¿Será mujer? Lo que Dios quiera como la primera vez”.
Pretendimos ser tan buenas madres como las nuestras. “Y para no hacer tanto alarde de esa mujer de quien hablo, es linda, mi amiga gaviota, su nombre es mi madre”   Estuvimos juntas al perderlas, sin darnos cuenta que íbamos ocupando sus lugares.  Con cada partida, perdíamos un pedacito de esta adolescencia compartida y adquiríamos la responsabilidad de llenar el vacío que dejaban.
Cuarenta años han pasado desde que nos conocimos. “Yo también nací en el 53, yo también crecí con el yesterday”.  Alegrías, tristezas, ilusiones, frustraciones, pérdidas, ganancias, logros, decepciones. Cambió el siglo y cambiaron nuestras rutinas. Las obligaciones, trabajo, hijos, luchas ocuparon nuestro tiempo.  Mi guitarra permaneció callada en una tablilla. Me acostumbré a verla como un adorno mientras ella esperaba en silencio una caricia.
Hoy me reencontré con mis amigas. Si alguna vez nos enojamos, no me acuerdo.  Tal vez mis memorias ya pasaron un filtro y las desagradables se quedaron en el cedazo.  Lo que sí puedo afirmar es , que esta noche, una guitarra celebraba la vida.  Hoy también ella y yo nos reencontramos.
Sí, amigas, sí, “aún tengo mi guitarra. Si quieren, la despierto y empezamos la fiesta”.  


Elsia Luz Cruz Torruellas
(Siluz)

25 de noviembre de 2008

El signo que no envejece


¿Recuerdan cuando cincuenta olía a Viejo? Pensábamos que después de cincuenta no había más cuenta: no más cumpleaños, no más alegría, a rezar el rosario y envejecer. De los cincuenta a la muerte solo había un paso. Pero como dijo alguien: "la vejez es siempre quince años mayor que uno". Nos fuimos acercando a los treinta y cinco y entendimos aquello de que “los cincuenta son la juventud de la edad madura”. Así estuvimos preparados cuando llegaron.


Los que crecimos durante la década del 60 recordamos:


los hippies
El pelo largo y las barbas
Amor libre
LSD
Lo sicodélico
El poder negro
Martin Luther King
Fidel y la revolución cubana
El antimilitarismo
El Concilio Vaticano II
Los Beatles
El alunizaje
La guerra de Vietnam
Paz y amor
Cien años de soledad
El Che
El Club del Clan
Los volkies y “volkas”
Woodstock
Janis Joplin, Bob Dylan, Joan Baez
Festival Marysol


Y por supuesto: el símbolo de paz que este año cumplió los temidos cincuenta.

El símbolo de la paz, presente en protestas alrededor del mundo, tuvo su primera aparición en público un Viernes Santo hace 50 años cuando miles de británicos realizaron una manifestación desde Trafalgar Square hasta una fábrica de armamento nuclear en Aldermaston..El diseñador y ex objetor de conciencia de la II Guerra Mundial, Gerald Holtom, había convencido a las organizaciones Direct Action Committee Against Nuclear War (DAC) y Campaign for Nuclear Disarmament (CND) de que necesitaban una imagen para causar más impacto e inventó el signo que fue llamado "Ban the bomb" (prohíban la bomba).
Se inspiró en una pintura del español Goya, donde aparece un campesino frente al pelotón de fusilamiento. "Estaba desesperado. Me dibujé a mí mismo: la representación de un individuo en desesperación, con las palmas de las manos extendidas hacia abajo. Concluí el dibujo encerrándolo en un círculo” explicó.

Se ha dicho también que usó los símbolos del lenguaje de señales, N, por nuclear, y D, por desarme superpuestos dentro de un círculo que simbolizaba la tierra.
Luego de atravesar el Océano Atlántico tomó un significado adicional al ser adoptado por los movimientos de derechos civiles y por la contracultura de las décadas de los 60 y 70. Invadió todas las marchas e incluso llegó a adornar autos Volkswagen psicodélicos y cascos de soldados en la guerra de Vietnam. Algunos veían en el símbolo una patita de la paloma de la paz. Muchas interpretaciones pero el mismo grito: "Dénle a la paz una oportunidad" (J. Lennnon).
El CND nunca lo registró: "un símbolo de la libertad debe ser libre para todos". Por eso, ha sido comercializado en todo tipo de mercadería, quizás solo compitiendo en popularidad con el rostro del Che. Incluso ha tenido un nuevo auge este año, cuando cumplió sus cincuenta años.

Ahora, cuando los hippies perdieron sus melenas y las chicas alargamos nuestras faldas, los “babyboomers” vemos a nuestros nietos usando en sus ropas y accesorios ese símbolo que no envejeció con nosotros y que aún exige amor y paz.

14 de septiembre de 2008

Ana Belén - Yo también nací en el '53


Espero no tener que explicar porque me gusta tanto esta canción...
Yo también nací en el ‘53
Y jamás le tuve miedo a vivir
Me subí de un salto en el primer tren
Hay que ver que en todo he sido aprendiz
No me pesa lo vivido, me mata la estupidez
De empezar un nuevo siglo distinto del que soñé.
Yo también nací en el ‘53
Yo también crecí con el “Yesterday”
Como tú sintiendo la sangre arder
Me abracé sabiendo que iba a perder
Siempre encuentras algún listo
Que sabe lo que hay que hacer,
Que aprendió todo en los libros,
Que nunca saltó sin red
¿Qué te puedo decir que tú no hayas vivido?
¿Qué te puedo contar que tú no hayas soñado?
¿Qué te puedo decir que tú no hayas vivido?
¿Qué te puedo contar que tú no hayas soñado?
Yo también nací en el ‘53
Y soné lo mismo que sueñas tú
Como tú no quiero mirar atrás
Sé muy bien que puedo volverme sal.
Siempre tuve más amigos de los que pude contar
Se que hay varios mal heridos que esperan una señal.
¿Qué te puedo decir que tú no hayas vivido?
¿Qué te puedo contar que tú no hayas soñado?
¿Qué te puedo decir que tú no hayas vivido?
¿Qué te puedo contar que tú no hayas soñado?

No me pesa lo vivido me mata la estupidez
De empezar un nuevo siglo distinto del que soñé
¿Qué te puedo decir que tú no hayas vivido?
¿Qué te puedo contar que tú no hayas soñado?
¿Qué te puedo decir que tú no hayas vivido?
¿Qué te puedo contar que tú no hayas soñado?
¿Qué te puedo decir que tú no hayas vivido?
¿Qué te puedo contar que tú no hayas soñado?
¿Qué te puedo decir?
¿Qué te puedo contar?

11 de septiembre de 2007

Mi "Roosevelt" viejo

¿Dónde está el aljibe, dónde están tus patios,
dónde están tus rejas?
Volverás al piano,
mi hermanita vieja,
y en las melodías

vivirán los días claros del hogar.
(Cátulo Castillo, Caserón de tejas)

Ya mis amigos se fueron casi todos
y los otros partirán después que yo.
Lo siento porque amaba su agradable compañía
mas es mi vida tengo que marchar.
(José Feliciano)

Mi mundo de infancia era muy pequeño. Constaba de tres o cuatro calles, un colegio, una iglesia, un parque. A pesar de que salíamos a menudo a conocer lugares de la isla, aquellas pocas calles eran únicas porque eran mías y juntas formaban mi pequeño pueblo.
Allí, las personas de siempre.
En la esquina, Lolita, quien me llamaba cada vez que hacía bizcocho o polvorones. Vivía con su hermana Ana Luisa, ambas solteras. Los gritos de Lola rompieron la noche el día que Ana murió. Gritos desesperantes que más tarde se convirtieron en lamentos de soledad.
De vecinos inmediatos teníamos a Don Chago y doña Panchita. Ella, seria; el bonachón. Con ellos descubrí que a las personas también las seca el tiempo. Al otro lado, doña Nicolasa. Era la abuela de mi amiga Ligia y era tan estricta que hasta le temíamos un poco. Un día se fue de viaje: sin partir ni regresar. Tuvo una caída en el aeropuerto que la sumergió en un sueño eterno. No sospechábamos que Kiki, su nieto, nuestro amiguito menor, la seguiría, víctima de una pelea fatal, en plena juventud.

Cruzando la acera, Doña Concha, una señora negra y menuda, que a pesar de sus muchos años conservaba su agilidad. Tenía una nieta, Elisa, varios años mayor que mi hermana y para quién, sospecho ahora, éramos sus muñecas. Un día dejó los juegos por la vida y se fugó a ser mujer.
Visitaba cada casa, una noche por mes, la imagen de la Virgen en una urna de madera. El turno tras el nuestro era de una anciana de grandes ojos claros posados en una cara cadavérica. Doña Mercedes no le abría la puerta a nadie después de las seis de la tarde por lo que teníamos que evitar que nos ganara la noche. Yo iba con Mami a entregarla, nunca sola, porque apenas osaba mirar aquellos ojos hundidos que parecían robarle días a la muerte.
A su lado, un matrimonio: doña Nieves y Don Emiliano, los abuelos de esa primera ilusión de amor , que es eterna, aunque termine. El no pudo vivir sin ella y tras ella se fue en silencio a la eternidad. En esa misma calle, Monsín, con sus ataques nocturnos de histeria que oíamos atónitas en casa y doña Angelita, la de la amplia sonrisa. Más arriba, Irma, en su salón de belleza, quien soñaba con que su niñita, hoy abogada, tuviera mi edad para peinarla (¡cuán grande me sentía entonces!) y Adelita, que practicaba en mi pelo largo los peinados que aprendía en la academia. El Sr. Venegas, dueño de un carro azul deportivo, envidia de los muchachos, y de un perro labrador, Bob, que salía a ladrarnos cuando pasábamos camino a Misa. Toñita, la española, en la casa del frente. Para mí ella era un acento extraño, un marcapasos, (ni idea de que era eso) y una media tejida llena de dulces el Día de Reyes. Y Mary Piñol, quien iba a ponerle a diario las inyecciones de insulina a mi abuelo, llena de relatos y anécdotas. Pero en cuentos, nadie se ganaba a mi abuelo Juan, protagonista de todas las aventuras y conquistador de las brujas. Jamás me hubiera imaginado yo que aquellas marcas en los brazos eran cicatrices de vacunas y no las huellas de los dedos de ellas al sujetarlo en una lucha violenta.
Y entre todas esas personas estábamos mi hermana y yo, en nuestro palacio, protegidas por mi tía y mi madre y mimadas por la abuela. Mi abuelita Esperanza... La consideré siempre la más buena, la más linda, la mejor cocinera, la que más refranes y adivinanzas sabía y la mejor hacedora de papelillos. Era la típica abuelita: gordita, con su pelo largo blanco peinado en moño, tejiendo en su sillón o haciendo crucigramas, con unos espejuelos que hacían ver sus ojos aún más grandes y claros y con cientos de poemas en su memoria. Pero también se fue, como se fue Mami años después, como se han ido casi todos a formar esta comunidad en el cielo.
Hoy mi pequeño pueblo se va convirtiendo en uno fantasma. Solo quedan las casas; muchas convertidas en negocios, otras, cerradas. La de Doña Adela se convirtió en una tienda, la de la otra Doña Mercedes en una enfermería, la de Tuti en una oficina escolar y hasta el pequeño convento, con su capilla al Niñito de Praga a quien las monjas cambiaban de ropa, es hoy una estación de radio. ¿Adónde fueron mis amigos? Cuando nos reuníamos en alguna casa, en la biblioteca, en el cine (¡curiosa forma de hangar!), en el parque, en las Niñas Escuchas, en las Hijas de María, en la JAC, pensábamos que nunca nos alejaríamos. El atrio de la Iglesia de La Merced, era nuestra plaza; sus fiestas parroquiales eran nuestras patronales. Estudiamos juntos todos los grados, compartimos todas las etapas, reímos y lloramos juntos, conocimos el amor y la muerte. Nos hicimos adultos sin darnos cuenta. Y casi todos abandonamos nuestro Roosevelt.
Pero mi recuerdo sigue allí, en la casa grande, aún rodeada de árboles, con su verja de granadas y su semáforo de ferrocarril. Encerrado en ella encuentro el espíritu maternal que hoy extraño tanto. Aún veo a mi madre recibiéndome en el portal y siento en cada esquina su presencia, su sonrisa, su alegría, su entusiasmo, su paz, su fe. Permanece en esa casa la ilusión, la fantasía, la inocencia de una infancia que ella supo hacer feliz.


A Sandra, mi hermana, a quien siempre traté de imitar,

a Ligia, mi amiga, con quien jugué, peleé, reí y lloré,
a Titi, quién es hoy el tronco de aquel hogar.


Elsia Luz Cruz Torruellas


Urb. Roosevelt está ubicada en Hato Rey,
Río Piedras (San Juan de Puerto Rico)


Caserón de tejas (Canta: Gina María Hidalgo)