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22 de junio de 2023

El anónimo


"¿Qué será de Borinquen, mi Dios querido?

¿Qué será de mis hijos y de mi hogar?" 

Rafael Hernández

(Lamento Borincano)


No sé si me llaman comevaca, tiznao o sucio. Son nombres que no me denigran, al contrario, me recuerdan que un día me pensé mosquetero. Aunque pasados tantos años, nadie parece recordar las lágrimas y sangre que cada uno de esos epítetos encierra. Ahora mis nietos se ríen, en su ignorancia no imaginan su significado real. Yo soy solo uno más, no cuento, no pasaré a los libros de historia, ni siquiera en la lista de heridos o muertos. Soy un anónimo, sigo aún en este plano. Los verdaderos valientes, los grandes, los que nos motivaron y dirigieron, nos dejaron muy pronto. Los mataron en una guerra que teníamos perdida antes de comenzarla. Quisimos defender una autonomía que, aunque tarde, por fin habíamos conseguido. Desconocíamos ser fichas de un plan estratégico ya trazado. Ellos nos vendieron promesas y sueños, llegaron hablando de libertades y redenciones e ilusos, caímos en el engaño. Así, la esperanza se convirtió en desencanto, perdimos todo el camino avanzado en cuatro siglos de lucha y nos enfrentamos a un futuro incierto por el que, algún día, estos nietos nos juzgarán y culparán.

Tenía diecisiete años en ese fatídico año del 98. Terminaba el siglo 19 y los imperios europeos perdían sus colonias americanas. Un siglo nuevo asomaba con vientos prometedores y yo, con toda la pasión característica de la juventud, me lancé a la aventura. Unido a muchos otros chicos, voluntarios también, sin más entrenamiento que nuestras ganas de victoria y fe ciega en nuestro "D'Artagnan de Mayagüez" nos tiramos a combatir un ejército superior, bien armado que tenía el fin preciso de arrebatarle nuestra tierra a España.

Hasta entonces viví con mis padres y mis cinco hermanos menores en Mayagüez, al oeste de la isla, en una casita próxima a la del patrono. Teníamos un pequeño huerto que nos daba para subsistir. Mi madre criaba a los chicos y hacía labores de aguja para las señoras de la ciudad. Mi padre y yo trabajábamos en el cañaveral, él ganaba treinta y siete centavos pero como yo era aún niño, solo me pagaban diez. El horario era de sol a sol, aunque en tiempos de zafra, comenzábamos a las dos de la mañana. Me parecía agotador, abusivo pero a aquellos hombres que habían dejado su vida en aquellas tierras ya no parecía importarles. La desesperanza de la rutina los había resignado a la miseria inevitable.


Fue para ese tiempo, tendŕia yo unos trece años, que oí hablar por primera vez de Juan Ignacio Bascarán, militar ya retirado. La gente le decía Juancho, y lo llamaban el "gobernador" de la pequeña isla de Mona, próxima a la costa de mi pueblo. Claro que era un cargo que no existía pero decían que, gracias a su defensa, compañías extranjeras no la ocuparon. Él me hizo pensar que luchar era posible, que podíamos aspirar a una vida mejor, que los Goliat sí podían caer bajo la honda de los David.


Cuatro años después volví a escuchar de él. Había estallado la Guerra Hispanoamericana y se decidió a retomar el servicio militar al enterarse que tropas estadounidenses habían entrado por la bahía de Guánica, al sur de la isla. Contaban que solo se oyó el aviso del farero: ¡"trece buques de guerra americanos están entrando por la bahía"! Era el 25 de julio, día de Santiago, y la bandera española ondeaba festiva al viento. Sin resistencia alguna, la arriaron e izaron en su lugar la de franjas y estrellas. Al verla, la tropa que custodiaba la costa abrió fuego, acción que provocó un contraataque desde los buques quedando heridos tanto el teniente como algunos de su tropa. De ahí en adelante, el desenlace se precipitó en dos meses. No es cierto que este ejército fue invitado y mucho menos, que respondiera a una llamada de auxilio cuando tan solo meses antes había bombardeado la capital y provocado el pánico de los sanjuaneros. Si fue recibido con cierta algarabía fue porque muchos residentes se habían sentido abandonados por la "Madre Patria" pues los refuerzos esperados no llegaban. No podíamos sospechar que la Armada que nos daría seguridad había sido destruida en Santiago de Cuba.

Así las cosas, decidimos unirnos a la tropa del Capitán Juancho Bascarán. Éramos alrededor de cincuenta voluntarios, inexpertos, ansiosos, con la ilusión y energía optimista de la juventud sumada a la admiración y fuerza que nos daba tener al mismísimo Capitán frente a nosotros. Deberíamos tener un aspecto muy desafortunado pues el mismo pueblo nos llamaba los " sucios". Quiźas porque solo contábamos con un uniforme que, ciertamente, no lucía como para un desfile militar. Pero nuestra misión iba mucho más allá, no pensábamos en honores ni medallas, queríamos seguir siendo lo que ya éramos, no súbditos españoles ni colonia estadounidense, solo puertorriqueños.

Tras varios encontronazos, interpretados por los conquistadores como derrotas, terminó la guerra. ¡Si nos hubieran dejado batallar un poco más! No sé si es que lo veo a través de mis lentes opacados por el tiempo, pero creo que si no hubiera llegado tan pronto la orden de suspender las hostilidades, otra hubiera sido la historia.

¡Ay,  Capitán Juancho!  Como me gustaría haber tenido tu firmeza y gallardía.   Tuve miedo, me escondí entre los montes, me asustó lo que pasó entonces, la violencia que se desató, los ataques a los peninsulares, con o sin razón, la quema de cosechas y haciendas, el caos que veía venir y temí que tocara a los míos.  Huí con mi familia y callé.  Me interné en las montañas del centro de la isla, olvidé hasta mi nombre y no volví a hacer mención de haber sido parte de los guerrilleros de Bascarán. 


Con sorpresa, supe que el valor del Capitán era reconocido por los americanos  quienes le ofrecieron unirse a su ejército con el mismo rango.  ¡Qué osadía! El Capitán conservaba su entereza y orgullo. Por supuesto, rechazó la oferta y con ese desaire, posiblemente, firmó su sentencia de muerte.  Siendo un hombre de armas , por alguna razón que desconozco, se vio envuelto en un duelo que no provocó.  Fue arrestado y todavía hoy nadie puede explicar cómo  ni por qué amaneció ahorcado en su celda.  Estoy seguro que no fue un suicidio, yo conocí al Capitán.  A sus cuarenta y cuatro años lucía fuerte, decidido, seguro, solidario, no temía al peligro ni lo evadía.  Era nuestra inspiración y  guía.  Sé que hubiera enfrentado cualquier cosa pero jamás hubiera abandonado a sus compañeros en esos tiempos tan cruciales.

¿Qué somos ahora?  Yo, nadie.   Lo que para  los otros fue una "guerrita espléndida" a nosotros nos costó la patria.   Cuándo nos dieron, sin preguntarnos, la ciudadanía que no pedimos, nos convertimos en extranjeros en casa.  Mis hermanos fueron reclutados para pelear en tierras lejanas, por causas  desconocidas y contra enemigos ajenos. Tengo casi setenta años, estoy viviendo en esta mitad del siglo XX "problemático y febril", sin valores, sin ideales, sin dignidad Se rumorea que vendrán cambios, de que ¡por fin! se firmará una Constitución y  aunque ya podemos votar por quien nos gobierne, soy viejo para creer en cuentos de hadas.  Ya he tenido tres ciudadanías, una propia y dos foráneas, veo que la integridad no rinde frutos, que la fe no mueve montañas, que la isla es arrastrada por fuerzas materiales que vencen el honor y la decencia.  Me avergüenza ser tan cobarde como entonces,  viendo venir el golpe de agua y dejándome llevar por la corriente.   Pero…queda mucho siglo aún, ¡quizás  no ha nacido aún nuestro Bolívar!

Siluz

11 de junio de 2023


fotografía del Capitań Bascarán tomada de: http://www.proyectosalonhogar.com/enciclopedia_ilustrada/Documentos_historicos/Protagonistas/P12.htm

16 de julio de 2021

Cuando el dolor tiene nombre

Aquellas dos sílabas alargadas retumbaron en la oscuridad del silencio.  Un grito desgarrador que anunciaba soledad y desamparo.  ¡¡¡Saaaaaa-raaaaaa!!! 


1946

Aún no había nacido cuando mis padres se establecieron en Eleonora, una nueva urbanización en San Juan, reservada para los empleados federales, veteranos y sus familias. Papá había terminado su servicio militar y quería retomar su oficio como electricista.  Poco tiempo después, llegaron Sara y Carlota. Eran años de posguerra y muchas jóvenes y viudas se movían a la capital en busca de mejores oportunidades.  A nadie le pareció raro la llegada de aquellas dos chicas.  Se decía que eran medio hermanas y que una de ellas era secretaria del designado gobernador Tugwell, dato que justificaba su aire distante y reservado.


1962

Mi madre y algunas amigas se reunían los martes para tejer frisitas, gorros y botines, los miércoles para confeccionar pantallas y collares y los jueves, otras manualidades, todas piezas que vendían en un bazar cercano.  Era una rutina que nos ayudaba a sufragar los gastos del hogar  y a la que fui algunas veces invitada, a pesar de mi corta edad, para que fuera aprendiendo.  Luego tomaban café, siempre acompañado de alguna galletita que preparaba doña Susana o algún bizcocho hecho por Lucila, una de las más jóvenes.  Algunas ocasiones, Mamá preparaba un flan de queso o doña María traía jugo de limón o parcha, frutas que abundaban en su huerto. Hubo veces que la conversación se extendía, entonces me mandaban a salir al patio a jugar desde donde no podía escucharlas.  

A esas horas, solía ver a Carlota en el jardín.  Siempre me pregunté porque nunca la invitaron a estos talleres pues se notaba que era habilidosa y hogareña. Se esmeraba mucho en los rosales que adornaban todo el frente del humilde hogar.  El ambiente era arropado por el olor a recao y canela, mezcla del guiso y  el postre que seguro cocinaba para cuando llegara Sara, la mayor. Suponía a esta última tras un gran escritorio, tomando dictados en taquigrafía o pasando cartas en su  maquinilla dirigidas al mismísimo presidente Kennedy.  Todavía trabajaba en la Fortaleza, ahora para el gobernador Muñoz, el primer puertorriqueño electo por el pueblo.  La veía regresar en la tarde, guapa en su madurez,  con su falda ancha ajustada a la cintura, zapatos de taco fino, maletín en mano.  Saludaba a Carlota con un beso, se abrazaban y entraban a cenar.  

1972

Una década después, el barrio envejecía junto a sus habitantes.  Los jóvenes se marchaban a estudiar y regresaban ya solo a ver a sus padres y llevarles los nietos.    Las tertulias artesanales de mamá se deshicieron cuando la vista falló a los puntos y las artríticas manos no pudieron enlazar y unir cuentas. El huerto de doña María se secó como sus ganas de vivir, Lucila terminó sus cursos de repostería y llevó, con éxito, su propio negocio muy lejos de nosotros y doña Susana sufrió un infarto que la dejó encamada.  Las únicas que permanecían, para mí, siempre iguales, eran Sara y Carlota, aisladas de todos en un mundo impenetrable al que nadie quería, ni podía, asomarse. 


1974

Mamá enfermó casi sin darnos cuenta. Se nos fue en tan pocos meses, tras ser diagnosticada con cáncer, que no pudimos prepararnos. Aunque, en realidad, eso nunca se logra,  así sepamos que la separación es inevitable.  Papá, al perder su luz, sucumbió de tristeza.  Quedé sola, en aquella casa heredada, llena de sonidos y voces, sabores y olores, colores y recuerdos.

Un día recibí la visita de Carlota.  Me llevaba unos polvorones recién horneados, una sonrisa de consuelo y un abrazo de comprensión.  Creo que era la primera vez que la veía de cerca, ya no era joven pero seguía siendo hermosa, quizás la bondad que reflejaba y la paz que transmitía.  “Sabes que estoy justo al frente, cualquier cosa que necesites, allí estaré”.  Mi soledad no me permitió ver la suya. Nunca la llamé. 


1978

Desconocía que Sara también estaba enferma.  Es cierto que no la veía entrar y salir, como antes, pero imaginaba que se había retirado y le gustaba quedarse en casa.  No noté que las rosas del jardín ya no engalanaban el portal ni el aroma de sofrito y caramelo invadía los balcones. Agonizaba lenta y silenciosamente,  con la única compañía de su Carlota, su fiel Carlota, su amada Carlota. En ese último minuto estuvo allí, tal como le prometió cuando decidieron vivir juntas. Al sentir su último aliento, no pudo reprimir un alarido de terror ante el pasado de humillación, el presente clandestino y el futuro de soledad.  Aquellas dos sílabas, en su voz, retumbaron en la oscuridad del silencio. ¡Saaaaaaraaaaaa!  Un grito desgarrador que anunciaba un total desamparo.  

2020

      

     Han pasado más de cuarenta años.  No sé qué fue de Carlota, se marchó sin hacer ruido, tal como llegó.  Asumo que regresó a su pueblo a esperar el momento de seguir a Sara, lo que debe haber logrado ya.  

     ¡Cuán crueles fuimos con ellas, cuán intolerantes! Puedo intentar justificarme, pensar que eran otros tiempos y hasta entender a mamá y sus amigas, pero yo entonces era joven, y fui ciega, despreocupada y egoísta.  

      Quizás por eso, en las noches, el grito de Carlota irrumpe estas paredes como un eco eterno y acusador.  ¡Sara! Era el nombre del dolor.




Siluz

Abril 2021

15 de noviembre de 2020

Cicatrices centenarias

“Cada cicatriz que tienes 

no es un recuerdo de que te hirieron, 

sino de que sobreviviste.”

Michelle Obama



   


  No sé si es una bendición o una maldición sobrepasar los cien años.  Me los han celebrado en este hogar geriátrico como si fuera el quinceañero que nunca tuve.  Hay muchas personas, tratan que disfrute, ría, cante y hasta que baile.  Lo haré todo, más por ellos que por mí. Como siempre. Los miro y creo ver, entre sus caras sonrientes, otras conocidas aunque largo tiempo ausentes, rostros entre tinieblas que surgen de mis recuerdos.  

     Se me acerca una enfermera.  “¿Mercedes, cómo se siente?”, pregunta.  Tiene ojos grandes, oscuros, incisivos.  Me recuerda tanto a mi hermana, debe tener poco más de veinte años, la misma edad que tenía Eloísa cuando murió mamá.  Yo apenas tenía cinco años y la admiraba, pensaba que quería ser tan hermosa como ella.  Era una joven alta, bien formada, con muchos pretendientes revoloteándola..  Cambió su vida cuando mi padre le pidió que se hiciera cargo de mí. “Sabes que no puedo llevarla a mi casa”, le explicó.  ¿Qué iba a poder si la esposa de él no conocía mi existencia?  Ni siquiera fue capaz de darme su apellido.

     Debo haber sido una carga muy grande para Eloísa, soltera, joven, independiente. Tanto que tan pronto cumplí los catorce años me vendió al mejor postor.  No lo entendí entonces, el propósito de don José Carlos no era contratarme como criada en su hogar.  Mi hermana imaginaba sus intenciones, ahora lo tengo claro, pero se hizo de la vista larga,  Jamás  tuvo la valentía de pedirme perdón como tampoco se lo perdonó a sí misma.  Llegó a sentir su alma tan envenenada que decidió hacer lo mismo con su cuerpo. 

     No tuve a quien recurrir ni a dónde escapar.  Fui sirvienta en aquella casa  hasta que ya no pude disimular mi embarazo.  Tuve una niña, la pequeña solo vivió seis días, tan triste, asustada y desnutrida estaba yo entonces.  Tres años después, un nuevo embarazo, esta vez un niño, Gerardo,  a quien “el señor” reconoció y terminó casándose conmigo. 

     No puedo decir que fue un padre amoroso ni un esposo leal pero fue José Carlos el único hombre que conocí.  Si no tuve un modelo de lo que debería ser un padre, menos de cómo debería comportarse un marido.  Supongo que fue, más o menos, como todos los de su época, los llamados “hombres de la casa”, los que tomaban decisiones sin consultarlas, los que salían y entraban sin decir dónde iban, los que se sentían con el derecho de pegar a sus mujeres, en especial si eran mucho más jóvenes que ellos, como era mi caso, los que exigían respeto y obediencia, disponibilidad para sus deseos, atención en todo momento y silencio si nos enterábamos de sus aventuras o negocios turbulentos.  Estuvimos juntos hasta que lo sorprendió una trombosis.  Tenía sesenta y cinco años. 

     Me convertí entonces en su viuda,  dueña de una casa enorme, una pequeña herencia, muchas deudas y un hijo a quien sacar adelante.  Viví para él y por él, complaciendo todos sus caprichos y necesidades. Con el tiempo, llegó a convertirse en un escritor reconocido, un filósofo respetado, un intelectual famoso en los ámbitos culturales y sociales. Por desgracia, sus acciones no estaban a la altura de sus palabras ni su conducta a la de su fama. Si hubiera vivido según sus escritos, y secundado sus ideas con sus actos, quizás hubiera sido un hombre feliz.  Pero con más de doce hijos repartidos en varias mujeres, ninguno responsablemente atendido, no puedo decir que su prole estuviera tan orgullosa de él como lo estaba yo.  Heredó tanto las deficiencias cardíacas como los genes amorales de su padre a quien ni siquiera pudo alcanzar en edad, agigantando mi soledad con su pronta e inesperada partida.

     Mis heridas ya no duelen, cicatrizaron solas, no miente quién afirma que el tiempo es la mejor medicina.  Ya miro atrás sin rencor y hace mucho dejé de preguntarme cómo hubiera sido mi vida en otras circunstancias.  Estoy segura que nuestros actos, intencionales o azarosos, afectan a toda nuestra descendencia.  Quizás por el poco arraigo que tuvo Gerardo entre sus hijos, hoy no tengo nietos que me visiten. Espero que, ya que no me dejaron estar presente en sus vidas, por lo menos, no se avergüencen de esta abuela que apenas conocieron. Confío en que al romperse ese eslabón, se haya roto también la cadena de sumisión y maltrato de la que yo no pude zafarme.

   “Mercedes, no se nos duerma.  Vamos a cantarle cumpleaños.  Mire que tiene que apagar las cien velitas y pedir un deseo”.  Miro a mi alrededor. Estoy rodeada de caras sonrientes pero desconocidas, cuyas amables intenciones no pueden ocultar el compromiso de servir. Imposible compensar lo que nunca tuve: un abrazo cariñoso de mis padres, el apoyo incondicional de mi hermana, un beso sincero de mi esposo, la vida de mi bebita, el arrepentimiento de mi hijo, la ternura de mis nietos, el amor por mí misma. Me quedé varada en el siglo, insegura y sola, viendo pasar los años, sobreviviendo, deseando el minuto final que no llega... estoy tan cansada.  “Mercedes, Mercedes, despierte, Mercedes, no nos haga esto, no hoy, Mercedes”



Siluz

agosto 2020


1 de mayo de 2020

Medalla de vida



“Citius, Altius, Fortius”
{“Más rápido, más alto, más fuerte”)
Lema olímpico oficial

“El tenis es solo un juego, la familia es para siempre.”
Serena Williams

“Cuidaos todos.
para que alguien pueda contar la historia de la peste del siglo XXI”.
Pilar Galindo Salmerón



Acostumbrada a saludarse con besos y abrazos, a vivir rodeada de amigos o rivales, le parece estar dentro de una camisa de fuerza. Las órdenes son claras, nada de contactos físicos. Salir a la calle, ni pensarlo, solo si se trata de una emergencia. Todas las gestiones y compras a hacerlas en línea, no hay por qué arriesgarse. El virus se encuentra por todas partes, invisible, al acecho, esperando víctimas escondidas, bajo protesta, pero que no osan desobedecer.
Todo pasa. “No hay mal que dure cien años”, dicen, mas la pandemia sigue activa. Cuando parece estar controlada, resurge. Todos los eventos deportivos, internacionales y locales, han sido cancelados, así como conciertos y obras de teatro. Museos, escuelas, cines, oficinas gubernamentales y tribunales, permanecen cerrados. Solo los mercados siguen funcionando bajo estrictas medidas de seguridad. Muchos famosos afectados. Grandes personalidades aisladas, científicos, políticos, artistas, atletas. La muerte ronda las calles, en especial entre la gente de más edad o con sus sistemas inmunológicos comprometidos.

Lucía ha estado entrenando por años, podría decirse que toda su vida ha transcurrido en una cancha. No está lejos de la verdad. Su padre la crió para ser ganadora, la más rápida, la de mayor resistencia, la mejor. Le inculcó el orgullo por su bandera y la meta de verla alzarse, gloriosa, con su himno nacional como fondo, cuando ella ocupara el más alto sitial en el podio. Sería medallista de oro, la primera olímpica en darle ese honor a su país. No pasó por su mente la posibilidad de que suspendieran las Olimpiadas. Esperar otro ciclo la desesperaba, cuatro años desperdiciados, la juventud y la energía se desvanecen sin remedio, sin mañana.

Cuando decidió prepararse en Italia, bajo la tutela de su padre y entrenador, aún más apasionado al tenis que ella, no se imaginó esta crisis. Ahora, por temor a la epidemia, se veían obligados a regresar a casa. Él, muy a su pesar, opinó que era lo apropiado, ella no quiso ceder. Le recordó las palabras de Gulbis a su madre cuando le pidió dejar el tenis: “Dame un mes más”. No fue difícil convencerlo. “Solo un mes, Lucía, si esto sigue así, nos vamos”. En ese tiempo, el mal arropó toda la nación, los hospitales no daban abasto, los casos confirmados crecieron por miles. Habían llegado al "match point" pero esta vez no se trataba de un partido. Era una decisión difícil. Despedirse de la cancha era decirle adiós a su sueño dorado. La razón le dictaba abandonarlo todo pero su corazón solo escuchaba la llamada de la raqueta y el grito de ahora o nunca. Las noticias no eran alentadoras. Por un lado, la amenaza era global, por el otro, las Olimpiadas no habían sido suspendidas sino aplazadas. Había esperanza entonces. Ni modo, podría entrenar en cualquier sitio, y era mejor estar en su hogar, con los suyos.
El hecho de volver desde Italia la ubica automáticamente en una cuarentena con la que tendría que cumplir. Se aísla en su hogar, pensando que todo es una ridiculez. “No tengo ningún síntoma, soy una chica sana, sin vicios, mis únicos paseos son a la cancha, no soy de estar en fiestas ni compartir con mucha gente”. De todas formas, la cuarentena no es opcional, su madre se encargará de recordárselo, por su bien y el de sus hermanos menores.
Pasados siete días, ocurrió lo temido. Fue su papá quien empezó a sentirse raro. Se le dificultaba respirar y le dolía mucho la cabeza. Una noche le empezó a subir la temperatura del cuerpo y en la mañana ya ardía en fiebre. Lo aislaron en la sala de emergencia pues los síntomas eran sospechosos del virus. En efecto, estaba contagiado. Era inminente hacerle pruebas a toda la familia. En un instante, el sueño se transformó en pesadilla. “Es mi culpa, mamá. Lo leo en tu mirada. Tardamos demasiado en regresar, solo pensé en mí, fui muy egoísta. Si algo le pasa a papi o a uno de los nenes, no podré perdonármelo jamás”. “No, mi amor, no lo pienses siquiera. A tu padre no le gustaría oírte hablar así. Él te apoyó en tu decisión, pudo hacerte cambiar de idea y no lo hizo. Eres como él, seguiste el camino que él te indicó, hiciste tuyas sus metas, las cosas solo no salieron como lo planeamos”. “Sí, pero todo se esfumó. Me arrebataron de un tirón la medalla que ya sentía en mi cuello. Aunque... ¿sabes algo? Ya no me importa ”.

Desde mi oficina, ahora establecida en mi hogar, escribo esta historia. Es increíble cómo cambian las prioridades, Lucía. Atrás quedó la preocupación por lo que antes era tu motivo de vida. ¿Qué importan preseas y trofeos ahora cuando la vida de un ser amado está en juego? Demoraste el regreso, justificaste tu decisión alegando que todo eran exageraciones, maquiavélicas intrigas de los gobiernos, posibles artimañas comerciales, guerras donde las armas eran enfermedades creadas para acabar con la sobrepoblación. Puede que tengas razón y todo eso sea cierto. Como también lo es que en Italia mueren hasta novecientas personas al día, que en España y Estados Unidos ya hay más casos que en China donde se originó el virus y que en tu región los casos aumentan dramáticamente. Los sistemas de salud de muchos países se desploman. Todos estamos en peligro, todos. Cada vez que presiono una letra, se contagia una persona que quizás morirá. Ahora, más que nunca, los escritores tenemos que cuidarnos, si no, ¿quién contará esta historia? Ya el futuro revelará la verdad, ya nos juzgará. Todos hemos sido cómplices de esta plaga. Llamaron a quedarse en casa y no lo hicimos. Dieron toque de queda y no lo respetamos. Nuestros “derechos” individuales vencieron los colectivos. Los intereses económicos de las naciones pesaron más que la vida de sus ciudadanos. Por eso hoy, niña, tu padre está entubado y el pronóstico no es bueno. Puede convertirse en una estadística más, se salve o no. Wuhan nunca estuvo tan cerca. Tokio nunca estuvo tan lejos. Tampoco la fe, la esperanza, la felicidad. Ni siquiera nuestra permanencia en este planeta sin fronteras que trata de recuperarse del daño que le hemos hecho. La Tierra se está curando de nosotros, purificándose, renovándose. Ojalá, cuando todo esto pase, alguien quede para leernos. Y volver a empezar...

Siluz

abril 2020

18 de junio de 2018

Kahlúa, el perro que me encontró

Cuando perdí a Lorco, no pensé que podría querer a otro perro igual… o aún más. 
Lorc era la compañía de mi tía abuela, un can lanudo, negro y sato, hijo de otro animalito
recogido en casa, como tantos, a quien bautizamos Lorca. Criados en el ambiente
teatral, a nadie le extrañaba que todas nuestras mascotas llevaran nombres similares.
Así pasaron por nuestras vidas Shakespeare, Yocasta, Medea, Edipo (un gatito ciego),
Segismundo, Macbeth, Hamlet, Romeo y Julieta.
El asunto es que Lorca parió a Lorco y se lo regalamos a mi tía que, para ese momento,
vivía sola. Cuando empecé mis estudios universitarios me hospedé en su casa y Lorco me adoptó.
Iba conmigo a todos lados, a la tienda, a los cursos, a caminar por el barrio, hasta dormía en mi
cama, tanto compartimos que mi tía ya lo consideraba mío. Con el tiempo, me mudé a un
apartamento cercano y Lorco, sin despedirse de nadie, se presentó en mi puerta. A veces,
le remordía la conciencia y se escapaba a visitar a mi tía, demostrando su alma noble y gitana.
Siempre se vio tan seguro de su camino que no me percaté de que se estaba poniendo viejo y
sus sentidos ya no respondían igual. Un día no vio ni escuchó un carro que transitaba a toda
velocidad y se fue a morar en mis recuerdos. Me enojé tanto conmigo, con la gente,  con mi suerte,
me juré que jamás volvería a amar a otro perro, no quería saber más de mascotas; sin embargo,
la vida que me lo arrebataba me regalaría a Kahlúa.

Trabajaba entonces como libretista en un programa de televisión  matutino. Una de esas
mañanas, presentaron un vídeo del rescate, desde una cueva subterránea, de un perro adulto de
padre pitbull y madre boxer.  Al parecer, era uno de esos animales usados como chatas para
entrenar canes de pelea. El pobre ya no le era útil a sus dueños y fue abandonado a su suerte,
prácticamente enterrado en vida. ¿Quién sabe cómo lo habían obtenido? ¿Qué tipo de vida le
dieron? ¡Cuánto sufrimiento innecesario! ¡Y nos atrevemos a llamarles animales! La animadora
del programa conocía mi tristeza y, con el programa transmitiendo en vivo, me preguntó si lo quería.
Sin pensarlo, casi por compromiso, dije sí.
Una semana después, supe haber hecho lo correcto.  Aquellos ojos tristes se encontraron con
los míos y ya nos reconocimos como amigos.  No era joven, estaba flaco, sucio,
el maltrato era visible, tenía sus colmillos modificados para morder , una cicatriz grande en el
vientre y otras más chicas en el cuerpo, supongo huellas  de luchas con otros perros.
¿Cómo lo llamarás? me preguntaron. Café, contesté. Sentí un silencio de rechazo; conociéndome,
esperaban algo especial... No, no, Kahlúa. Esta vez oí risas de aprobación. Sí, Kahlúa.  
Mejor evitar los nombres de héroes trágicos, tan comunes en mi familia. Ya Kahlúa era un
sobreviviente. Quizás así podría evitarle el destino fatal que lo amenazaba.
Con cuidados extremos y una sobredosis de cariño, Kahlúa dejó de ser el perro temible
que sospechamos podría ser y se convirtió en uno hogareño y tranquilo. Mis hijas jugaban con él
sin miedo alguno, ¡hasta los gatos abusaban de su paciencia!  Traté, por todos los medios, de que
cambiara la terrible opinión que tendría de los humanos, muy merecida por cierto.
Creo que lo logré. Gané un nuevo compañero de aventuras, un amigo sencillo y fiel,
un ejemplo de tesón y valentía.
El mes pasado Kahlúa desapareció Desde el interior de mi casa oí una voz que lo llamaba.
"Ven perrito, ven".  En lo que me vestí y salí, una mujer lo montaba en su auto y se lo llevaba.
Lo estuve buscando por todas partes, pasé su foto por internet, formé grupos de búsqueda física y
virtual.  Empecé a recibir avisos de gente que decían haberlo visto. Los seguí todos, siempre me
dio la impresión de llegar varios minutos tarde. “Estaba caminando hace unos días por la plaza”.
“Le dimos comida anoche a uno igual”. “Por aquí andaba ayer”.  “Esta mañana le di agua en ese
cacharro”. Allí todavía estaba el envase pero ni rastro de él. Caminamos por semanas el pueblo
de arriba abajo, recorrimos todas las rutas circundantes. Nada. Mi niña mayor cantaba a gritos:
“Kahlúa, Kahlúa, vuelve a tu casa siguiendo mi voz” con la ilusión de verlo salir de cualquier
esquina. Sin resultado. Todos los días terminaban en un llanto sin esperanza.
Una mañana me avisaron. “Tu perro está en la avenida...atropellado”. Salí corriendo.
Era cierto. Vi su piel cobriza, sucia y maloliente, llevaba horas sin vida, ya hinchado, abierta
la cicatriz del vientre, una horripilante imagen que desearía nunca haber presenciado. El espanto
y las lágrimas no me permitieron mirarlo. No toleré verlo putrefacto, no era justo que muriera
como un desconocido, Kahlúa era un guerrero, era digno de todos los honores. Lo tapé con un
paño y  fui por herramientas que me permitieran enterrarlo. "Espérame, compañero, volveré por ti".
Regresé a casa. Necesitaba calmarme.  Apenas si pude entrar, las rodillas me fallaron y
me derrumbé. Allí, en el patio, sus juguetes, su frazada, su bola, su plato.  El mundo daba vueltas,
quería encontrar a Kahlúa, era lo que más deseaba en el mundo, pero no así, no así. Sentí en ese
momento un fuerte escalofrío, una piel conocida rozaba la mía, un empujón me tiró al suelo y
una lengua intentó secar mis lágrimas. No sé cómo pero allí estaba Kahlúa, lamiendo mi cara e
intentando que reaccionara. Quedé estupefacto. ¿Cómo era posible? Lo acababa de dejar tapado
al borde de la avenida. ¿Qué perro lloré entonces si aquí estaba el mío, vivo? Se postró a mi lado,
venía, no sé de dónde, muy cansado. Le di agua. Bebió con calma. Le ofrecí comida, la probó
sin entusiasmo Era más su cansancio que su hambre y sed. Se acomodó en mi regazo y se durmió.
¿Dónde había estado? ¿Cómo encontró el camino de regreso? ¿Lo trajo alguien? ¿Por qué?  
No lo supe en aquel momento, no lo sé aún y creo que jamás lo sabré.
Pienso ahora en aquel perro solitario y vagabundo a quien nadie buscó o extrañó.
De alguna manera, pude despedirlo y agradecerle su paso por la vida.  Era él a quien seguí todo
el tiempo, el que me dejó pistas para que no perdiera la fe, quién provocó mi llanto desesperado
pidiendo en secreto un milagro.  Y me lo concedió. Como Lorco, fue Kahlúa quien me encontró.
Kahlúa…no sé cómo regresaste a tu Itaca pero lo lograste. ¡Tal vez debí llamarte Ulises!


Siluz
Basado en una historia real

Mayo 2018

29 de septiembre de 2016

A oscuras


“Había salido una luna de este tamaño, mira, y amarilla amarilla como si estuviera hecha de oro, y el cielo estaba todito lleno de estrellas como si todos los cocuyos del mundo se hubieran subido hasta allá arriba y después se hubieran quedado a descansar en aquella inmensidad. Igual que en Puerto Rico cualquier noche del año, pero era que después de tanto tiempo sin poder ver el cielo, por ese resplandor de las millones de luces eléctricas que se prenden aquí todas las noches, ya se nos había olvidado que las estrellas existían”.
La noche que volvimos a ser gente
José Luis González

Mientras chateaba con mi hermana de sus últimas investigaciones sobre nuestros antepasados,  veo que escribe ¡Eureka!  Había descubierto el enlace que le permitía probar nuestros orígenes. De pronto... se apaga todo; ventiladores, luces, televisor. Silencio total. ¿Regresarían los fantasmas del pasado por estarlos invocando?
Por un momento pensé que era un problema local. No tenía idea de la magnitud de la situación  hasta que entra un mensaje de texto de mi hermana: Colapso del sistema. Apagón total.

¿Y ahora, que hacemos? Era casi la hora de buscar a mi hija a la escuela, así que sin remedio, salí a la calle. Terrible el tránsito. Los semáforos apagados, toda una aventura tratar de cruzar una intersección. Me di cuenta entonces que  apenas tenía gasolina.  Y, por supuesto, eran kilométricas las filas en las pocas gasolineras brindando servicio.  Me acordé que tampoco traía efectivo. No me iban a aceptar la tarjeta y los cajeros automáticos no funcionaban. Mirando a cada segundo la aguja, que cada vez se acercaba más a la E, llegué a la escuela  y regresé a mi casa.  Acá estamos a salvo.  Ya llegará la luz, pensamos. Y nos quedamos tranquilos.   Buscaríamos gasolina en cuánto volviera.  Pero no volvió.

Primera noche, todo muy romántico.  Nos acordamos del cuento  “La noche en que volvimos a ser gente”, esta noche volvíamos a serlo. Dejamos de mirar a la pantalla del celular y dirigimos la vista hacia el cielo. Redescubrimos las estrellas, antes opacadas por las luces de la ciudad, que esta noche se lucían ante nosotros, brillantes, orgullosas. Nos olvidamos de las novelas, de los chats, de los juegos virtuales, de la computadora. ¡A hacer adivinanzas!

Fotos desde la Estación Experimental la noche antes y después del apagón.
—Veo, veo
—¿Qué ves?
—Una cosita,
—¿Con qué letrecita?
—¡Con la letrecita E!
—¡Estrellas!

La segunda noche ya no era lo mismo….  Tiene que volver pronto, pensábamos optimistas. Pasó la noche y llegó la luz… del sol. Porque la bombillita seguía  apagada. La señal en los teléfonos era muy débil, casi inexistente.  Y, ¡lo peor, sin Internet! Volvimos a los viejos radios de batería, ¡era la única forma de saber qué estaba pasando fuera de nuestras paredes. La pregunta se repetía en todas partes;  ¿hasta cuándo? Nos empezamos a desesperar al ver la batería de los celulares reduciéndose ¡y no podíamos cargarlos!   Ni de reloj ni linterna nos servirían.

¡Y todavía sin saber porque mi hermana escribió Eureka!

Sentía cómo se iba cerrando un círculo agobiante. Sin poder salir. Sin gasolina. Sin estufa de gas. Sin cafetera. Sin ventilador. Saqué mi viejo abanico de mano. El calor no me dejaba dormir. Ni los mosquitos. Ni la planta eléctrica  de un local vecino que rompía la noche con su escándalo burlón.

Trato de convencerme: Tranquila, aquí  no ha pasado nada. No es un huracán, no es un terremoto, no hay inundaciones, ni  tornados, ni ventarrones, ni derrumbes. Solo se fue la luz.  Dos noches se pasan como quiera.

Al tercer día: ¡Abuela, estoy aburrido!  Y más juegos, y más adivinanzas, y más estrellas. Nos espera otra noche de velas, quinqués, linternas.  No encontramos hielo, nos preocupamos por la carne que se nos va a dañar  en la nevera. Por lo menos, acá no se fue el agua. No me arriesgo a hacer la fila en una gasolinera. Me resigno a quedarnos  en casa. Sin luz. Sin ventilador. Sin hielo. Sin café. Sin gas. Sin TV. Sin internet.

¿Y saben qué? Cautiva pero tranquila. Hasta diría feliz. Porque aquí no ha pasado nada. Estamos bien.  Estamos juntos. Eso es lo importante.

Además, mi hermana gritó Eureka.  Una buena noticia espera.

Siluz
Septiembre 2016




1 de julio de 2016

"Y, sin embargo, se mueve..."

     La tierra hoy se mueve... como todos los días. A su alrededor, un campo de energía positiva, repleto de pensamientos y oraciones, choca con sus equivalentes negativos. Un mar de buenos deseos y vibraciones humanas viajan en dirección paralela al destino, provocando una alteración en el plan divino, si lo hubo.  El planeta parece frenar con ímpetu, zarandear lo previsto, estremecer a sus habitantes.  Pero sigue girando. Siempre girando.  Un día más. El día esperado. El día temido. Hoy.


     Susana recibe una llamada de su amiga. Ambas han dado a luz a sus niños con tres días de diferencia. Dos bebés saludables, con buen peso y estatura.  Susana apenas ha visto al suyo, la separaron de él para evitar se infectara. Todos sus planes de lactar se vinieron abajo. El diagnóstico obliga a medicamentos muy fuertes, intolerables para la criatura.   No puede creer lo que le cuenta Ana. Síndrome de muerte súbita. “No tengo ya a quien darle mi leche. Nada me haría más feliz que tu bebé la utilice. Déjame ser su nodriza mientras tú te recuperas”.  La tierra se mueve. En medio de la oscuridad, brilla un halo de esperanza.

     Rosa siente que se le cierran todas las puertas.  El hogar que intentaba formar se derrumba. Engaños, infidelidades, malos negocios, trampas.  Decide marcharse sola, ir a buscar suerte en otros lares. Llama a su prima. “Llévate los muebles y enseres que quieras para la casa que estás construyendo, sé que todo te hace falta. No quiero llevarme nada que me traiga malos recuerdos, te regalo todo, voy a empezar de cero”.  El mundo sigue girando.  Dos vidas. Alfa y Omega.


     Jaime está enfermo. No puede venir a trabajar sin contagiar a todos. La función tiene que continuar, con o sin él.  Rolando se da cuenta que es la oportunidad de su vida. De tanto ver los ensayos desde su cabina de sonido, puede repetir los parlamentos de todos los personajes. Se ofrece a hacerlo. Con algo de recelo, la compañía acepta. Y lo logra. Tanto que, cuando Jaime volvió, casi quisieron que continuara Rolando.  Un día tras otro.  Esperar, pues, a pesar de todo, se mueve.

     El mensaje llegó de madrugada. “¡Mataron a Junior!” Llantos, gritos, desesperación.   Al otro lado de la isla, otro recado rompe la noche: “¡Hay un donante!”  Expectación, ilusión, fe.  Ambas familias corren al hospital, una llena de dolor, otra de esperanza. Amanece. La luz rompe el manto negro de la eternidad. El Apocalipsis se vuelve Génesis.

     Mientras, en algún punto etéreo del universo, seres de energía, sin tridentes ni alas, juegan indiferentes. Es un partido de suerte, escogen sus fichas al azar. La tierra sigue girando, cada humano es empujado hacia su destino, cada día…hasta el jaque final.



Elsia Luz Cruz Torruellas
(Siluz)

*Eppur si muove”(“Y sin embargo, se mueve”, en español) es la frase que, según la leyenda, Galileo Galilei dijo entre dientes al salir del tribunal de la Santa Inquisición.  Galileo fue obligado, so pena de muerte, a retractarse de su apoyo a la teoría heliocéntrica de Copérnico, a pesar de estar seguro de que la tierra no era el centro del universo sino que giraba, como el resto de los planetas conocidos, alrededor del sol.