5 de septiembre de 2007

TATA

—Vístete, Piru, que vamos para casa de Tata.

Oír eso y estar lista era simultáneo. Aquella finca para mí, criada en una urbanización de la ciudad, era sinónimo de aire, naturaleza, sueños, libertad. No quedaba lejos, lo sé ahora, pero el ambiente era tan distinto que hubiera jurado que cruzábamos alguna frontera. Anunciaba nuestra llegada Chispita, la perrita de turno. No sé cuantas conocí, pero nunca faltó una chihuahua con ese nombre. A la entrada, una hilera de árboles de María que conducían a una casa de madera rodeada de miramelindas. Afuera, un buzón amarillo con letras negras que decían “El Mundo” y un “coroto” colgando de una rama que Tata llenaba de azúcar para que comieran las reinitas. El techo a dos aguas sobre dos habitaciones amplias, una de las cuales eran “mis aposentos” cuando pernoctaba allí. Entonces me sentía princesa y dueña de aquel reino cual protagonista de cuento de hadas. Luego a dormir escuchando la nana de los coquíes para despertar con el canto de los bienteveo. Hoy, ya nada es lo que fue. No se publica “El Mundo’ ni ladra “Chispita”. Tampoco hay casa, ni finca... ni Tata.

Nació a principios del siglo XX en Maracaibo y fue bautizada Romelia Elena. Desconozco cuándo llegó a Puerto Rico pero contaba que conocía a mi madre desde niña. Eso me parecía fascinante, no porque entendiera el valor de esa amistad eterna sino porque para mí era increíble que Mami alguna vez hubiera tenido cinco años. Me intrigaban el acento que nunca perdió, su elegancia, su carácter. Muchos la tildaron de gruñona, antipática, estirada pero jamás de hipócrita. Sus relatos del caserón de la hacienda venezolana, de muchos hermanos a la mesa con el padre a la cabecera, de correr a caballo sin silla, de bohemias, me transportaban a un mundo desconocido. Bebía, fumaba y relataba aún con orgullo rebelde que huyó de su casa cuando no le permitieron cortarse el pelo, quitarse el corsé ni cantar acompañándose con guitarra. Su aire misterioso se acrecentaba al narrar haber sido reina del Carnaval del 28 y haber perdido a su primer esposo en el accidente de Gardel. Después, su matrimonio con Mariano, tirar el ancla en Borinquen y dejar de ser Romelia para convertirse en Doña Melly. Yo la llamé siempre Tata. Entonces yo era Piru (para mi familia, aún lo soy). —Debieron llamarte Siluz —comentaba mezclando mis nombres. No sospechó, ni yo tampoco, que Siluz nacería casi medio siglo después.

Pero llegó la autopista. La red de carreteras de la isla se modernizaba. Fue la única vez que la vi llorar. —Nos expropian. Por aquí justo pasará el expreso.

Y con el progreso se fue mi reino mágico. Aquella finca desapareció en el tiempo. Como Tata. Como mi niñez. O quizás no, miento. Las tres permanecen intactas en mis recuerdos de mujer, aún con sueños e ilusiones, aún con fe.

Elsia Luz
(Siluz)

2 comentarios:

Rocío dijo...

Me dejaste con las ganas de más historias de Tata... espero esta historia tenga continuación.

Un abrazo.

-Me dio cierta nostalgia dejar a Hada Morena, pero fue necesario.

Un abrazo

Rotceh Siu Orevir dijo...

¡Hola Piru! Algo nuevo sé de ti. Has pintado una bella estampa nostalgiva y costumbrista, como un canto a la libertad, que es al fin lo que yo percibo en tus escritos:libertad, lo más importante de un ser humano.

Aprovecho y saludo a Roció, tan cerca y tan lejos.

Con cariño,

Héctor y Julie