18 de junio de 2018

Kahlúa, el perro que me encontró

Cuando perdí a Lorco, no pensé que podría
querer a otro perro igual… o aún más. Lorco
era la compañía de mi tía abuela, un can
lanudo, negro y sato, hijo de otro animalito
recogido en casa, como tantos, a quien
bautizamos Lorca. Criados en el ambiente
teatral, a nadie le extrañaba que todas
nuestras mascotas llevaran nombres similares.
Así pasaron por nuestras vidas Shakespeare,
Yocasta, Medea, Edipo (un gatito ciego),
Segismundo, Macbeth, Hamlet, Romeo y Julieta.
El asunto es que Lorca parió a Lorco y se lo regalamos a mi tía que, para ese momento,
vivía sola. Cuando empecé mis estudios universitarios me hospedé en su casa y Lorco me adoptó.
Iba conmigo a todos lados, a la tienda, a los cursos, a caminar por el barrio, hasta dormía en mi
cama, tanto compartimos que mi tía ya lo consideraba mío. Con el tiempo, me mudé a un
apartamento cercano y Lorco, sin despedirse de nadie, se presentó en mi puerta. A veces,
le remordía la conciencia y se escapaba a visitar a mi tía, demostrando su alma noble y gitana.
Siempre se vio tan seguro de su camino que no me percaté de que se estaba poniendo viejo y
sus sentidos ya no respondían igual. Un día no vio ni escuchó un carro que transitaba a toda
velocidad y se fue a morar en mis recuerdos. Me enojé tanto conmigo, con la gente,  con mi suerte,
me juré que jamás volvería a amar a otro perro, no quería saber más de mascotas; sin embargo,
la vida que me lo arrebataba me regalaría a Kahlúa.

Trabajaba entonces como libretista en un programa de televisión  matutino. Una de esas
mañanas, presentaron un vídeo del rescate, desde una cueva subterránea, de un perro adulto de
padre pitbull y madre boxer.  Al parecer, era uno de esos animales usados como chatas para
entrenar canes de pelea. El pobre ya no le era útil a sus dueños y fue abandonado a su suerte,
prácticamente enterrado en vida. ¿Quién sabe cómo lo habían obtenido? ¿Qué tipo de vida le
dieron? ¡Cuánto sufrimiento innecesario! ¡Y nos atrevemos a llamarles animales! La animadora
del programa conocía mi tristeza y, con el programa transmitiendo en vivo, me preguntó si lo quería.
Sin pensarlo, casi por compromiso, dije sí.
Una semana después, supe haber hecho lo correcto.  Aquellos ojos tristes se encontraron con
los míos y ya nos reconocimos como amigos.  No era joven, estaba flaco, sucio,
el maltrato era visible, tenía sus colmillos modificados para morder , una cicatriz grande en el
vientre y otras más chicas en el cuerpo, supongo huellas  de luchas con otros perros.
¿Cómo lo llamarás? me preguntaron. Café, contesté. Sentí un silencio de rechazo; conociéndome,
esperaban algo especial... No, no, Kahlúa. Esta vez oí risas de aprobación. Sí, Kahlúa.  
Mejor evitar los nombres de héroes trágicos, tan comunes en mi familia. Ya Kahlúa era un
sobreviviente. Quizás así podría evitarle el destino fatal que lo amenazaba.
Con cuidados extremos y una sobredosis de cariño, Kahlúa dejó de ser el perro temible
que sospechamos podría ser y se convirtió en uno hogareño y tranquilo. Mis hijas jugaban con él
sin miedo alguno, ¡hasta los gatos abusaban de su paciencia!  Traté, por todos los medios, de que
cambiara la terrible opinión que tendría de los humanos, muy merecida por cierto.
Creo que lo logré. Gané un nuevo compañero de aventuras, un amigo sencillo y fiel,
un ejemplo de tesón y valentía.
El mes pasado Kahlúa desapareció Desde el interior de mi casa oí una voz que lo llamaba.
"Ven perrito, ven".  En lo que me vestí y salí, una mujer lo montaba en su auto y se lo llevaba.
Lo estuve buscando por todas partes, pasé su foto por internet, formé grupos de búsqueda física y
virtual.  Empecé a recibir avisos de gente que decían haberlo visto. Los seguí todos, siempre me
dio la impresión de llegar varios minutos tarde. “Estaba caminando hace unos días por la plaza”.
“Le dimos comida anoche a uno igual”. “Por aquí andaba ayer”.  “Esta mañana le di agua en ese
cacharro”. Allí todavía estaba el envase pero ni rastro de él. Caminamos por semanas el pueblo
de arriba abajo, recorrimos todas las rutas circundantes. Nada. Mi niña mayor cantaba a gritos:
“Kahlúa, Kahlúa, vuelve a tu casa siguiendo mi voz” con la ilusión de verlo salir de cualquier
esquina. Sin resultado. Todos los días terminaban en un llanto sin esperanza.
Una mañana me avisaron. “Tu perro está en la avenida...atropellado”. Salí corriendo.
Era cierto. Vi su piel cobriza, sucia y maloliente, llevaba horas sin vida, ya hinchado, abierta
la cicatriz del vientre, una horripilante imagen que desearía nunca haber presenciado. El espanto
y las lágrimas no me permitieron mirarlo. No toleré verlo putrefacto, no era justo que muriera
como un desconocido, Kahlúa era un guerrero, era digno de todos los honores. Lo tapé con un
paño y  fui por herramientas que me permitieran enterrarlo. "Espérame, compañero, volveré por ti".
Regresé a casa. Necesitaba calmarme.  Apenas si pude entrar, las rodillas me fallaron y
me derrumbé. Allí, en el patio, sus juguetes, su frazada, su bola, su plato.  El mundo daba vueltas,
quería encontrar a Kahlúa, era lo que más deseaba en el mundo, pero no así, no así. Sentí en ese
momento un fuerte escalofrío, una piel conocida rozaba la mía, un empujón me tiró al suelo y
una lengua intentó secar mis lágrimas. No sé cómo pero allí estaba Kahlúa, lamiendo mi cara e
intentando que reaccionara. Quedé estupefacto. ¿Cómo era posible? Lo acababa de dejar tapado
al borde de la avenida. ¿Qué perro lloré entonces si aquí estaba el mío, vivo? Se postró a mi lado,
venía, no sé de dónde, muy cansado. Le di agua. Bebió con calma. Le ofrecí comida, la probó
sin entusiasmo Era más su cansancio que su hambre y sed. Se acomodó en mi regazo y se durmió.
¿Dónde había estado? ¿Cómo encontró el camino de regreso? ¿Lo trajo alguien? ¿Por qué?  
No lo supe en aquel momento, no lo sé aún y creo que jamás lo sabré.
Pienso ahora en aquel perro solitario y vagabundo a quien nadie buscó o extrañó.
De alguna manera, pude despedirlo y agradecerle su paso por la vida.  Era él a quien seguí todo
el tiempo, el que me dejó pistas para que no perdiera la fe, quién provocó mi llanto desesperado
pidiendo en secreto un milagro.  Y me lo concedió. Como Lorco, fue Kahlúa quien me encontró.
Kahlúa…no sé cómo regresaste a tu Itaca pero lo lograste. ¡Tal vez debí llamarte Ulises!


Siluz
Basado en una historia real

Mayo 2018

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