15 de agosto de 2013

Dejé mi piel en Isla de Cabras


“Libre,
como el sol cuando amanece,
yo soy libre, como el mar.
Como el ave que escapó de su prisión
y puede, al fin, volar”.
Nino Bravo

El  fortín estaba en actividad continua. Desde su única garita, los soldados ofrecían vigilancia constante al puerto. Los veíamos subir y bajar, entrar y salir, cruzar la bahía hacia y desde la isla grande.  Su nombre oficial era San Juan de la Cruz pero, todos, lo conocíamos como el Cañuelo.  Fue construido en tiempos de la colonización española en el islote cercano a la Isla de Cabras, a la entrada oeste de la bahía de San Juan. Reforzaba al Fuerte de San Felipe del Morro, guardián principal de la ciudad capital, que se alzaba señorial e imponente, justo al frente.
A mis hermanos y a mí nos gustaba observar, desde nuestro lado del mar, lo que allí ocurría.  Ellos jugaban a ser militares y formaban tales batallas que mamá, en ocasiones, tenía que intervenir.  Para mí, el fortín era un castillo medieval y su garita, una torre encantada, como las de los cuentos que papá leía después de la cena.  Me imaginaba princesa cautiva de alguna hechicera, en espera del Príncipe Azul quien, en cualquier momento, llegaría en un corcel alado a mi rescate.

Vivíamos en el paraíso, uno muy pequeño, pero paraíso al fin.  Isla de Cabras, rodeados de mar, vegetación, algunos animales  y muy poca gente. Allí podíamos correr y jugar sin temor de perdernos o que alguien nos hiciera daño.  Nuestro único límite era el hospital prohibido, al fondo de la isleta. Teníamos la libertad para ir a cualquier sitio menos a aquella edificación.  Por supuesto, eso agigantaba nuestra curiosidad y, de vez en cuando, desobedecíamos y nos escapábamos.  Nunca habíamos logrado ver a los enfermos, ni nos atrevíamos a entrar, pues las palabras de mamá eran amenazantes.   “Es contagioso”, advertía, “si alguno de ellos te mira, se te caerá la piel”.  Fueron muchas las veces que subimos al muro circundante, pero jamás osamos  brincar al otro lado.  Allí vivía gente aislada del resto de la población, prisioneros sin delito, cautivos sin condena. No quería convertirme en uno de ellos.

Aunque, en cierta forma, también nosotros estábamos separados del mundo. Entre San Juan y la isla, una profunda bahía; mis únicos amigos eran mis hermanos y no veía a más adultos que a mis padres y los pocos empleados de la isla.  Don José, mi papá, era el encargado de la seguridad y el mantenimiento. Cada dos semanas iba, por barco, a la isla grande, a rendir su informe y buscar provisiones.  En las pocas ocasiones que me llevaba, cuando cruzábamos la bahía y pisábamos los adoquines de la antigua ciudad amurallada, descubría otro mundo, otra forma de vivir. Eran los últimos años del siglo 19 y, aunque todavía no lo sabíamos, también los últimos de dominación española.

Llegaron tiempos de guerra.  En Puerto Rico (junto con Cuba, las únicas colonias que conservaba España en América) se temía alguna represalia como secuela de la explosión del Maine en La Habana. Con sorpresa, vimos cómo en mayo de 1898, el gobierno español hundía dos de sus barcos de vapor, el Manuela y el Cristóbal Colón.  Papá nos explicó que el propósito era  bloquear la entrada al puerto y, por eso, los habían colocado en la parte más estrecha de la bahía, justo entre el Morro y nuestra Isla de Cabras. Para tranquilizarnos nos decía que eran medidas preventivas, que no nos preocupáramos, pero yo veía la misma ansiedad en sus ojos que cuando se aproximaba un huracán. Días después apareció toda una escuadra estadounidense cerca de los muros del Morro.  Durante la noche, y a oscuras, los barcos habían sido acomodados en lugares estratégicos. El Iowa, un acorazado, fue el primero en disparar.  Poco después, desde el Castillo San Cristóbal escuchamos la respuesta.  Así comenzó el bombardeo al Morro, dos horas de angustia  y terror.  Las bombas seguían cayendo, en el mar, en los barcos anclados, en la misma ciudad de San Juan. El viento parecía traernos gritos del otro lado de la bahía, rezos.  Imaginábamos a los habitantes  huyendo hacia los pueblos cercanos.  Y nosotros, en la isleta, en el mismo centro de un fuego cruzado, a punto de ser convertidos en botín de guerra y sin posibilidad de escapar.

En medio de toda esta conmoción, mi curiosidad imprudente me tentó a salir del refugio. Papá nos había hecho ocultarnos en una tormentera que había preparado para los días de mal tiempo.  Sospechábamos que no era a prueba de bombas ni balas, pero aun así, allí nos sentíamos más seguros.  Aproveché un momento de aparente calma en que mis padres se durmieron para husmear por los alrededores.  Me llamó la atención aquella mujer, cubierta con una manta, a quien nunca había visto.  Estaba arrodillada en la arena, mirando hacia el mar. Aún salía humo del Castillo del Morro, pero no era eso lo que contemplaba. Su vista estaba fija en las olas a las que nadie podía bloquear la entrada y las cuales seguían estrellándose, una y otra vez, en las murallas de la ciudad.  Me acerqué a ofrecerle ayuda. Me miró.  Apenas pude ahogar un grito, se le veían llagas en los brazos y las piernas, había perdido el cabello y tenía un hueco horrendo donde debió estar la nariz. Mi primera impresión era que había sido herida por una de las bombas, pero ella misma me aclaró, casi sin voz, que no me le acercara, que estaba leprosa.  ¡Una de las enfermas del hospital prohibido! Salí corriendo de regreso a mi refugio, más asustada que antes.  No volví a verla, pero sus ojos me persiguieron por mucho tiempo. Y, el miedo a que se me cayera la piel, también.
Meses después, papá nos dio la noticia.  “Nos vamos, chicos, a vivir a la ciudad”.   La decisión nos tomó por sorpresa.  ¿Cómo íbamos a abandonar este mundo de aventuras y fantasía donde éramos felices?  Papá insistió en que teníamos que abandonar la isla, que mis hermanos y yo nos estábamos criando como salvajes, que necesitábamos escuela y socialización.  No le creímos, sabía que algo más pasaba.
No lo comprendí hasta que no vi las astas del lejano Morro.  Ya no estaba allí la bandera acostumbrada. En su lugar, ondeaba una desconocida, de franjas y estrellas. La Isla de Cabras pasó a otras manos  y papá perdió su empleo.  Nos mudamos a la ciudad capital en la isla grande. Me matricularon en una escuela, donde se impartían las clases en inglés, se cantaba otro himno, se menospreciaba lo hispánico y se glorificaba una historia ajena. Me sentaban en un salón de clases con otros treinta niños, tan confundidos como yo.  Era entonces cuando, perdida en mis recuerdos, me convertía en gaviota y volaba libre sobre la isleta, la que podía ver al otro lado de la bahía, tan cerca pero inalcanzable.
 El siglo 20 llegó a Puerto Rico con aires reformadores, intentos fallidos de convertirnos en lo que no éramos, de hacernos pensar en un idioma que no entendíamos y bailar al son de una música que no era la nuestra.  Igual de fallidos que la idea de olvidar mi Isla de Cabras, mis primeros años de infancia, y aquellos ojos, tan desesperanzados como mis ansias de libertad, que quedaron anclados en la arena junto a mi piel de niña.

Elsia Cruz Torruellas
24 de julio de 2013
a mi abuelita Esperanza, que vivió sus primeros años (1892-98) en Isla de Cabras

Nota:
La Isla de Cabras, por su ubicación estratégica en la entrada de la Bahía de San Juan, frente al Morro, cobró importancia militar tanto bajo el gobierno español como el estadounidense.  Originalmente estaba formado por una isleta alargada  y un islote rocoso cercano.  En este último, se construyó, en el siglo 17, el fortín San Juan de la Cruz, conocido como “El Cañuelo”.  
A finales del siglo 19, con el fin de aislar a las personas contagiadas con lepra, se construyó allí un leprocomio.  Además, una casona, un dispensario y una casa para el mayoral o encargado y su familia. Para el 1910, vivían en la isleta 20 pacientes y 14 empleados. El leprosario fue cerrado en 1926, pero permanecen sus ruinas en la Isla.  

Hoy ambas islas están unidas a la “isla grande” y pertenecen al municipio de Toa Baja, Puerto Rico.  Es un área recreativa con una hermosa vista al viejo San Juan, sus edificaciones, la bahía y el Castillo del Morro.

10 comentarios:

Hilda Vélez Rodríguez dijo...

No se me había ocurrido que en algún momento allí vivió una familia. Gracias, amiga, estupenda.

Olga Cortez Barbera dijo...

Hola, Siluz.Una forma amena y conmovedora de narrar, en cuento, una pequeña parte de la historia de tu país. Me enacantó leerlo de nuevo. Lindas fotos.

Siluz dijo...

Hilda, la base de la historia son datos que recuerdo que contaba mi abuela de su niñez en Isla de Cabras. Tenía 6 años cuando se mudó a San Juan. Gracias por leer y comentar, amiga.

Siluz dijo...

Olga, gracias por releer. Como sabes, la historia la escribí para Tallerines y con la ayuda de los amigos, como siempre, la pulí y corregí. ¿Qué haría sin ustedes? Un abrazo.

Magdaelisa dijo...

Me encantó tu narrativa. Orgullosa de ti querida amiga.

Siluz dijo...

Gracias, Magda. Un abrazo, amiga de siempre.

Bruce Otero dijo...

Que historia tan interesante. Esta Semana y la proxima estare filmando en Isla de Cabras y de verdad que lo que acabo de leer es fascinante. Gracias por compartirla !!!.

Bruce Jay Otero

Siluz dijo...

Gracias a ti por comentar, Bruce. La isla, aún observándola de lejos, me hace retroceder en el tiempo. Pensar que pudo ser hogar o cárcel, cielo o infierno, despierta los recuerdos que no viví, que me contaron o que imaginé. Éxito en ese proyecto. Me gustaría saber cómo te fue.

Anónimo dijo...

Ahora mismo pertenezco a un club de pesca q se encuentra a solo pies del leprosario y cada vez q voy es tanta la curiosidad q no me canso de buscar info sobre su historia. Amo ee lugar. Existe una cruz en un islote de cemento al lado de la casa club y me mucha curiosidad. Inclusive parece una tumba.

Anónimo dijo...

Siento un amor incalculable por ese lugar. Tanto asi q voy casi a diario y pertenezco al club de pesca ubicado alli donde hay tanta hustoria. Quisiera saber mas. Inclusive encontre una cruz en una estructura de cemento q parwce una tumba. Habran restos d alguien alli???