9 de abril de 2007

Viaje al interior

Viaje al interior
Siluz


“Quien consigue ser lo que soñó durante diez minutos por día,
ya está haciendo un progreso grande”.

Paulo Coelho

Desde el terreno de juego del repleto parque de béisbol, Rodríguez escuchaba los gritos enardecidos de los fanáticos. Era un partido de vida o muerte, sólo el equipo vencedor clasificaría para las Olimpiadas. Le llegó su turno al bate en la segunda mitad de la novena entrada, su equipo perdiendo 2 a 1 con dos hombres fuera y uno en primera base. Tenía que lograrlo, por su país, por él mismo, por sus compañeros. Golpeó aquella bola más con su corazón que con sus brazos sobre el bate. Y... se va.. se va... ¡se fue! ¡Cuadrangular!

Sobre la mesa se destacaba el bizcocho de cumpleaños de dos pisos adornado con figuritas del Hombre Araña, su héroe favorito. A su alrededor, bombones, caramelos, dulces de todas clases, colocados sobre el mantel de cumpleaños; sobre su cabeza decenas de globos y en el centro de la sala una piñata llena de golosinas y sorpresas. Su madre tomaba fotografías a los quince niños que jugaban a ponerle el rabo al burro. Poco después, entre aplausos y risas infantiles, Jaimito, lleno de ilusiones, apagó las siete velas mientras escuchaba el conocido “feliz, feliz en tu día”, por primera vez dedicado a él.

Llegó el momento crucial. Entre sus nervios y lo inusual de la pregunta formulada, Teresa dudaba haber contestado con propiedad. Pero ya estaba allí, entre las tres finalistas, mucho más lejos que las candidatas anteriores de su país. Una de ellas sería escogida como la nueva Señorita Universo. Se tomaron de manos. —La segunda finalista es... —y la chica rubia a su izquierda recibió un trofeo y un ramo de rosas. Sólo quedaba ella y la europea de ojos claros. Se abrazaron. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando escuchó el nombre de la primera finalista y sintió una cinta caer sobre sus hombros y una corona sobre su frente morena.

Doña Ana colocó sobre la mesas el pavo que acababa de sacar del horno. Ya dispuestos los demás platos, todos sus hijos esperaban ansiosos reaccionando al olor embriagante que salía de la cocina. El postre, su favorito, esperaba su turno en la nevera. Sin disimular su satisfacción al verlos a todos reunidos y contentos, como cuando pequeños, sirvió la cena. Siempre elogiaban su buen gusto, ese sabor único que le daba a las comidas, la “sazón inimitable de las manos de Mamá”.

Al bajar el sol, la gente empezaba a marcharse; hora de cerrar el kiosco. Cuidadosamente, Noel desarmó la máquina, su invención mimada, la cual tenía aún en etapa de experimentación. Por eso iba de feria en feria, ¡cuántos voluntarios allí encontraba! Un soñador eterno, un sentimental sin límites, así era descrito por sus allegados debido a la importancia que le daba a los pequeños detalles, a los recuerdos sencillos. Para Noel, una foto era una maravilla auténtica, una forma de capturar un segundo en la eternidad. Lamentaba el hecho de que en los momentos más tiernos o memorables, en aquellos impredecibles, no tuvo una cámara fotográfica disponible. ¿Por qué no podía recuperar esas vivencias que de algún modo permanecían en su subconsciente? Fue así que diseñó a “Utopía”.

Basado en el dato de que se experimentan emociones porque los campos eléctricos del cerebro generan estructuras dinámicas en otro campo físico al cual el psiquismo allí asomado reacciona, formuló la siguiente hipótesis: Los campos eléctricos del cerebro activan los neurotransmisores del sistema, haciendo reaccionar el psiquismo. Los circuitos de los millones de neuronas que controlan las funciones sensoriales entablan comunicación con los sistemas de campo que dominan la producción de sensaciones y emociones. Como los recuerdos no son afectados por estímulos eléctricos pero sí en gran medida las sensaciones, éstos pueden ser reimaginados. El cerebro, en este estado, generado por las nuevas sensaciones provocadas por la experiencia original vivida, envía señales que son interpretadas rehaciendo imágenes. Éstas, a través de un programa computadorizado capaz de descifrarlas pueden ser vistas en un monitor.

Decidió probarla en sí mismo y se encontró con una enorme sorpresa. No vio su pasado, sino que en aquella pantalla se plasmaron sus más íntimos deseos, sus ilusiones no realizadas. ¿Sería posible sentirlos como si ocurrieran de verdad? En lugar de devolver momentos vividos, “Utopía” regalaba lo no experimentado; en vez de proyectar lo ido, imaginaba lo deseado. Y se dedicó a perfeccionarla, a convertir fantasías en realidades con la mismas sensaciones, la alegría, la emoción, la euforia, el bienestar del instante.

Estaba convencido de que el esfuerzo no era en vano. Cierto que no logró su objetivo original pero no se pensó fracasado. Intentó viajar al pasado, al mundo de la memoria y se encontró la llave hacia el interior del individuo, hacia el mundo de sus sueños. Ese mismo día cuatro personas se lo habían demostrado allí en la feria. Conectados a su máquina vio a Rodríguez gritar disfrutando desde su silla de ruedas; a Jaimito soplar velitas de cumpleaños mientras lo esperaba el encargado del orfanato; a Teresa, quien llegó allí con el hastío de la rutina marcado en su rostro, salir con una sonrisa triunfal y a Doña Ana regresar al asilo donde vivía con la tranquila satisfacción de quien tiene por quien vivir.

Aunque lo tildaran de idealista, de farsante, de loco, valía la pena. Después de todo, ¿no es la felicidad una utopía?

Elsia Luz Cruz Torruellas

1 comentario:

Hada Morena dijo...

Con la boca abierta...
Me sentí parte de la historia... hasta casi pude ver a cada personaje y tocarlo. Creo que esa es la meta de quienes escriben... hacer sentir a quien lee parte del escrito.

Magnífico, dulce, realista y chispoteado con ese sentido que siempre sueles darle a cada relato.

Un abrazo enorme... me ha gustado mucho, en serio que sí.