3 de noviembre de 2008

En memoria de Verónica

Hace mucho que deseo escribir algo sobre Poldy Bird. No la leí de adolescente como algunas de mis amigas. De hecho, la conocí hace poco a través de ellas. Su literatura es más bien sencilla, por eso quizás me gustó tanto. Sus temas son cotidianos, naturales. ¿Qué le falta compromiso político o social? Tal vez. Aún así, pude identificarme con sus letras, con sus sentimientos, con su ternura, con sus emociones.
Hoy leo en el blog de
Fabiana que su única hija, Verónica, acaba de morir a causa de un infarto. No aquella que así lo decidió, sino la de los cuentos. Tenía treinta y nueve años, los mismos que tiene la publicación de “Cuentos para Verónica”.

Cuando te miro, Verónica, tan chiquita, tan redonda, con tu pelito de seda, haciendo morisquetas frente al espejo, soy feliz… y tengo miedo.
Porque el miedo es un raro ingrediente de la felicidad, sobretodo de esta felicidad mía tan pulida, tan dulce, tan nueva. Ahora no lo entiendes, claro, tienes nada más que un año, un añito que pregonas con tu índice en alto y una sonrisa de solo seis dientitos de conejo.
Ahora tu mundo se reduce a los pajaritos de cartulina que papá colgó del techo de tu cuarto y el aire mueve constantemente para tu asombro y tu alegría. Y a la muñeca que buscando tu amistad solo encontró que te diviertas tirándola al suelo desde tu cuna. Y al muñeco de celuloide pintado de rosa que tiene campanas en la barriga y suena a gloria cuando lo mueves.
Un mundo que cabe en la palma de tu mano gorda. Yo estoy en ese mundo, soy una enamorada de ese mundo. Sí, Verónica, ahora mamá está. Lloras de noche y corre a tu cuarto, te acaricia la cabeza, te dice que vuelvas a dormirte. Mamá ya te conoce bien, sabe todo lo que te gusta y lo que no te gusta y cuando pone sus ojos sobre ti, te estudia, te analiza, trata de comprenderte, de aprender cual es el camino que llega a tu corazón para transitar siempre por él.

Y ese es mi miedo. Hoy estoy aquí, tan cerca de ti, pensando la manera de hacerte feliz, segura de que a mi lado encontrarás la dicha. Pero.. ¿si me muero antes de que seas grande? ¿y si me muero antes de poder responder a todas tus preguntas, antes de poder aclarar tus dudas, antes de poder secar las lágrimas de tus primeras desilusiones, ésas que duelen tanto?”*

Tenemos mucho miedo de abandonar a nuestros niños, de que la vida no nos permita criarlos, protegerlos, educarlos. Quizás su miedo fue debido a su propia experiencia. La escritora perdió a su madre en un accidente de tren cuando solo tenía ocho años. Pero nunca nos preparamos para que sean ellos quienes nos abandonen. No es natural, los padres no deben llorar a sus hijos.
No conocí a Verónica, no sé nada sobre su vida adulta. Solo que hizo a Poldy abuela de Alan. Verónica, al igual que Paula, se inmortalizó a través de las letras de sus respectivas madres.

"Yo me sentaba junto a ella, mi abuela de jabon almidonado, de eterno colorete en las mejillas y prolijo rodete rematando su cabeza. Me sentaba junto a ella y miraba sus manos yendo y viniendo con la aguja, el fino hilo imitando el tejido de la tela que después de remendada parecía otra vez nueva. Y así desaparecía el agujero de la media gastada, el siete de la pollerita enganchada en el alambre de un cerco, jugando a las escondidas. Y los botones volvían, como fortificados, a su lugar preciso, los ruedos se alargaban o se acortaban de acuerdo con mi crecimiento o con la moda del momento.
Mirando hacer a mi abuela, aprendí a hacer algunas cosas. Y viendo el empeño que ella ponía para hacerlas bien, me di cuenta de que hacer bien las cosas es una especie de orgullo, un ramito de alegría que le regalamos a nuestra capacidad. “A mi no me sale” o “Yo no sirvo para hacer esto”, eran dos frases que a ella, a mamá Sara, le hacían fruncir el ceño. Y decir: -Cuando uno pone empeño en hacer algo, le sale. Y todos servimos para hacer las cosas que hay que hacer en la vida… salvo las que están reservadas a los artistas y a los virtuosos, como las de la creación.
Por eso, Verónica, a mí me inspira enorme respeto la gente que hace las cosas bien: el zapatero que clava una suela que no vuelve a desclavarse, la cocinera que logra que sus tortas se eleven como una torrecita de dulce sabor, la maestra adorada por sus alumnos, el profesor que consigue meterte en la cabeza su explicación sobre un tema de la materia que enseña, la secretaria que consigue ese llamado que parece imposible, el jardinero que conversa con las plantas para que sean más bellas y mantiene el césped como un delicado colchón de esmeraldas vivas, el empleado que frente a la ventanilla de atención al público deja de lado su dolor y esgrime la amabilidad y la sonrisa como sus dos mejores armas de trabajo. Y quiero que pertenezcas a esa legión de gente. Si aprendiste a hablar cuando las palabras eran esas cosas difíciles que pronunciaban los grandes y tu boquita se encantaba con torpes balbuceos… si aprendiste a tenerte en pie cuando el equilibrio era para vos tan riesgoso como para el trapecista el cruzar el aire de una hamaca hacia otra, sin una red debajo… ahora no me podés decir que “matemática no me entra, mamá” o que no podés prestar atención en clase sin distraerte… o que no sabés cómo mantener el orden de tu placard o como contener una mala contestación.
Cuando tengo un montón de cosas que hacer, me hago una lista con ellas y pongo en primer lugar las que menos me gustan: mientras las hago no me distraigo, pongo atención y cuidado; tienen que salirme bien, porque si no me salen bien, debo repetirlas… ¡hacer dos veces algo que no me gusta! Es intolerable.
Y yo quiero que quieras, que tengas ganas, que hagas las cosas bien para que el mundo se vaya mejorando, para que, poco a poco, entre todos los jóvenes, vayan construyendo un mundo mucho mejor que este que los adultos les ofrecemos. Un mundo a tu gusto, con todo lo que querés que el mundo tenga: amistad, sinceridad, cordialidad, paz, cariño, música, alegría… toda esa alegría que a los de mi generación nos enseñaron que era poco menos que un pecado… como si sólo en el sufrimiento y en la dura obligación estuviese cimentada la verdad de la existencia. Por eso, mi querida Verónica, para que las cosas te salgan bien, tenés que poner, además de voluntad… alegría al hacerlas. Cuando yo era chica, una mucama de la casa de mamá Sara cantaba mientras limpiaba las docenas de caireles de cristal de la araña del comedor con agua y vinagre.

- ¿Por qué cantás siempre que hacés este trabajo? –le pregunté.

- Porque si no canto no quedan tan brillosos –me contestó.

Y ahora, con el correr de los años, llegué a comprender que ella tenía razón."*

No deben ser los padres quienes entierren a sus hijos, no va así la ley de vida, no es ése el orden. Ni siquiera hay una palabra que designe al padre o la madre que pierde a un hijo. Sin embargo hablamos de viudas y huérfanos. El dolor de perder a un hijo es tan inmenso que solo puede compararse con el amor que se le tiene en vida. Por eso cuando vemos a un padre o una madre llorando a un hijo no lo podemos entender.

¿Por qué una madre tiene que correr con su hijo en brazos a causa del estallido de una bomba? ¿Por qué una bala perdida alcanza a un bebé? ¿Por qué un infante es víctima de enfermedades como el cáncer o el SIDA? ¿Por qué un niño se accidenta, se cae, se ahoga? ¿Por qué una mujer joven sufre un infarto? ¿Por qué un muchacho es asesinado en las calles o en la guerra? ¿Por qué se le niega a un joven la oportunidad de vivir?

"Muy sentida es la muerte cuando el padre queda vivo". (Séneca)


Más de Poldy Bird en:
http://perso.wanadoo.es/suspirosdelalma/cuentospoldybird.htm


*fragmentos de "Cuentos a Verónica", de Poldy Bird.

6 comentarios:

MGT dijo...

Bien dijo Séneca.

.....
Dejame tu critica constructiva en mi relato:

http://concurso-tallerliterariorg.blogspot.com/2008/07/soe-justicia.html

esa es la liga para ir a el relato, espero tu opinion sincera.

Abrazos.

©Claudia Isabel dijo...

Luz, no sabía que Poldy había llegado a Puerto Rico!!! Aca es una diosa entre las de mi edad, en épocas de la niñez y adolescencia...Tuve el placer de conocerla personalmente en una feria del libro, hace mucho y
creo que fue una de las primeras...recuerdo que me hizo una dedicatoria hermosa que guardé durante años y se perdió en alguna mudanza...una mujer admirable, sin duda.
Un abrazo

Siluz dijo...

Gracias por tu visita, mgt. Ya pasaré por la página que das para leer el relato.

Siluz dijo...

Que linda experiencia, Claudia. Qué pena que perdieras esa dedicatoria. Quizás aún la tienes y aparece el día menos pensado. Un abrazo y gracias por siempre darte la vuelta, amiga.

Fabiana dijo...

Me hiciste llorar una vez más.
Es cierto que no hay una palabra que designe al padre que pierde un hijo. Porque definitivamente no es la ley de la vida.

Este fin de semana lloré un montón.

Me enteré de la muerte de un chiquito de 8 años que se encontraba mirando jugar al fútbol a su papá. Le dieron un pelotazo y cayó al piso inconciente.

Luego murió.

Parece un cuento de terror pero así sucedió. Mientras yo publicaba el post sobre Poldy Bird, esto pasaba a pocas cuadras de mi casa. En el mismo club donde mi hijo juega fútbol también.

Es común que los chicos estén presentes mientras los papás juegan. Es todo muy familiar. Y actualmente los alentamos para que hagan deportes y vida sana. Nadie podía imaginarse este desenlace fatal.

Un abrazo.

Siluz dijo...

¡Qué terrible, Fabiana! Lo siento mucho... mucho...