16 de julio de 2021

Cuando el dolor tiene nombre

Aquellas dos sílabas alargadas retumbaron en la oscuridad del silencio.  Un grito desgarrador que anunciaba soledad y desamparo.  ¡¡¡Saaaaaa-raaaaaa!!! 


1946

Aún no había nacido cuando mis padres se establecieron en Eleonora, una nueva urbanización en San Juan, reservada para los empleados federales, veteranos y sus familias. Papá había terminado su servicio militar y quería retomar su oficio como electricista.  Poco tiempo después, llegaron Sara y Carlota. Eran años de posguerra y muchas jóvenes y viudas se movían a la capital en busca de mejores oportunidades.  A nadie le pareció raro la llegada de aquellas dos chicas.  Se decía que eran medio hermanas y que una de ellas era secretaria del designado gobernador Tugwell, dato que justificaba su aire distante y reservado.


1962

Mi madre y algunas amigas se reunían los martes para tejer frisitas, gorros y botines, los miércoles para confeccionar pantallas y collares y los jueves, otras manualidades, todas piezas que vendían en un bazar cercano.  Era una rutina que nos ayudaba a sufragar los gastos del hogar  y a la que fui algunas veces invitada, a pesar de mi corta edad, para que fuera aprendiendo.  Luego tomaban café, siempre acompañado de alguna galletita que preparaba doña Susana o algún bizcocho hecho por Lucila, una de las más jóvenes.  Algunas ocasiones, Mamá preparaba un flan de queso o doña María traía jugo de limón o parcha, frutas que abundaban en su huerto. Hubo veces que la conversación se extendía, entonces me mandaban a salir al patio a jugar desde donde no podía escucharlas.  

A esas horas, solía ver a Carlota en el jardín.  Siempre me pregunté porque nunca la invitaron a estos talleres pues se notaba que era habilidosa y hogareña. Se esmeraba mucho en los rosales que adornaban todo el frente del humilde hogar.  El ambiente era arropado por el olor a recao y canela, mezcla del guiso y  el postre que seguro cocinaba para cuando llegara Sara, la mayor. Suponía a esta última tras un gran escritorio, tomando dictados en taquigrafía o pasando cartas en su  maquinilla dirigidas al mismísimo presidente Kennedy.  Todavía trabajaba en la Fortaleza, ahora para el gobernador Muñoz, el primer puertorriqueño electo por el pueblo.  La veía regresar en la tarde, guapa en su madurez,  con su falda ancha ajustada a la cintura, zapatos de taco fino, maletín en mano.  Saludaba a Carlota con un beso, se abrazaban y entraban a cenar.  

1972

Una década después, el barrio envejecía junto a sus habitantes.  Los jóvenes se marchaban a estudiar y regresaban ya solo a ver a sus padres y llevarles los nietos.    Las tertulias artesanales de mamá se deshicieron cuando la vista falló a los puntos y las artríticas manos no pudieron enlazar y unir cuentas. El huerto de doña María se secó como sus ganas de vivir, Lucila terminó sus cursos de repostería y llevó, con éxito, su propio negocio muy lejos de nosotros y doña Susana sufrió un infarto que la dejó encamada.  Las únicas que permanecían, para mí, siempre iguales, eran Sara y Carlota, aisladas de todos en un mundo impenetrable al que nadie quería, ni podía, asomarse. 


1974

Mamá enfermó casi sin darnos cuenta. Se nos fue en tan pocos meses, tras ser diagnosticada con cáncer, que no pudimos prepararnos. Aunque, en realidad, eso nunca se logra,  así sepamos que la separación es inevitable.  Papá, al perder su luz, sucumbió de tristeza.  Quedé sola, en aquella casa heredada, llena de sonidos y voces, sabores y olores, colores y recuerdos.

Un día recibí la visita de Carlota.  Me llevaba unos polvorones recién horneados, una sonrisa de consuelo y un abrazo de comprensión.  Creo que era la primera vez que la veía de cerca, ya no era joven pero seguía siendo hermosa, quizás la bondad que reflejaba y la paz que transmitía.  “Sabes que estoy justo al frente, cualquier cosa que necesites, allí estaré”.  Mi soledad no me permitió ver la suya. Nunca la llamé. 


1978

Desconocía que Sara también estaba enferma.  Es cierto que no la veía entrar y salir, como antes, pero imaginaba que se había retirado y le gustaba quedarse en casa.  No noté que las rosas del jardín ya no engalanaban el portal ni el aroma de sofrito y caramelo invadía los balcones. Agonizaba lenta y silenciosamente,  con la única compañía de su Carlota, su fiel Carlota, su amada Carlota. En ese último minuto estuvo allí, tal como le prometió cuando decidieron vivir juntas. Al sentir su último aliento, no pudo reprimir un alarido de terror ante el pasado de humillación, el presente clandestino y el futuro de soledad.  Aquellas dos sílabas, en su voz, retumbaron en la oscuridad del silencio. ¡Saaaaaaraaaaaa!  Un grito desgarrador que anunciaba un total desamparo.  

2020

      

     Han pasado más de cuarenta años.  No sé qué fue de Carlota, se marchó sin hacer ruido, tal como llegó.  Asumo que regresó a su pueblo a esperar el momento de seguir a Sara, lo que debe haber logrado ya.  

     ¡Cuán crueles fuimos con ellas, cuán intolerantes! Puedo intentar justificarme, pensar que eran otros tiempos y hasta entender a mamá y sus amigas, pero yo entonces era joven, y fui ciega, despreocupada y egoísta.  

      Quizás por eso, en las noches, el grito de Carlota irrumpe estas paredes como un eco eterno y acusador.  ¡Sara! Era el nombre del dolor.




Siluz

Abril 2021

15 de noviembre de 2020

Cicatrices centenarias

“Cada cicatriz que tienes 

no es un recuerdo de que te hirieron, 

sino de que sobreviviste.”

Michelle Obama



   


  No sé si es una bendición o una maldición sobrepasar los cien años.  Me los han celebrado en este hogar geriátrico como si fuera el quinceañero que nunca tuve.  Hay muchas personas, tratan que disfrute, ría, cante y hasta que baile.  Lo haré todo, más por ellos que por mí. Como siempre. Los miro y creo ver, entre sus caras sonrientes, otras conocidas aunque largo tiempo ausentes, rostros entre tinieblas que surgen de mis recuerdos.  

     Se me acerca una enfermera.  “¿Mercedes, cómo se siente?”, pregunta.  Tiene ojos grandes, oscuros, incisivos.  Me recuerda tanto a mi hermana, debe tener poco más de veinte años, la misma edad que tenía Eloísa cuando murió mamá.  Yo apenas tenía cinco años y la admiraba, pensaba que quería ser tan hermosa como ella.  Era una joven alta, bien formada, con muchos pretendientes revoloteándola..  Cambió su vida cuando mi padre le pidió que se hiciera cargo de mí. “Sabes que no puedo llevarla a mi casa”, le explicó.  ¿Qué iba a poder si la esposa de él no conocía mi existencia?  Ni siquiera fue capaz de darme su apellido.

     Debo haber sido una carga muy grande para Eloísa, soltera, joven, independiente. Tanto que tan pronto cumplí los catorce años me vendió al mejor postor.  No lo entendí entonces, el propósito de don José Carlos no era contratarme como criada en su hogar.  Mi hermana imaginaba sus intenciones, ahora lo tengo claro, pero se hizo de la vista larga,  Jamás  tuvo la valentía de pedirme perdón como tampoco se lo perdonó a sí misma.  Llegó a sentir su alma tan envenenada que decidió hacer lo mismo con su cuerpo. 

     No tuve a quien recurrir ni a dónde escapar.  Fui sirvienta en aquella casa  hasta que ya no pude disimular mi embarazo.  Tuve una niña, la pequeña solo vivió seis días, tan triste, asustada y desnutrida estaba yo entonces.  Tres años después, un nuevo embarazo, esta vez un niño, Gerardo,  a quien “el señor” reconoció y terminó casándose conmigo. 

     No puedo decir que fue un padre amoroso ni un esposo leal pero fue José Carlos el único hombre que conocí.  Si no tuve un modelo de lo que debería ser un padre, menos de cómo debería comportarse un marido.  Supongo que fue, más o menos, como todos los de su época, los llamados “hombres de la casa”, los que tomaban decisiones sin consultarlas, los que salían y entraban sin decir dónde iban, los que se sentían con el derecho de pegar a sus mujeres, en especial si eran mucho más jóvenes que ellos, como era mi caso, los que exigían respeto y obediencia, disponibilidad para sus deseos, atención en todo momento y silencio si nos enterábamos de sus aventuras o negocios turbulentos.  Estuvimos juntos hasta que lo sorprendió una trombosis.  Tenía sesenta y cinco años. 

     Me convertí entonces en su viuda,  dueña de una casa enorme, una pequeña herencia, muchas deudas y un hijo a quien sacar adelante.  Viví para él y por él, complaciendo todos sus caprichos y necesidades. Con el tiempo, llegó a convertirse en un escritor reconocido, un filósofo respetado, un intelectual famoso en los ámbitos culturales y sociales. Por desgracia, sus acciones no estaban a la altura de sus palabras ni su conducta a la de su fama. Si hubiera vivido según sus escritos, y secundado sus ideas con sus actos, quizás hubiera sido un hombre feliz.  Pero con más de doce hijos repartidos en varias mujeres, ninguno responsablemente atendido, no puedo decir que su prole estuviera tan orgullosa de él como lo estaba yo.  Heredó tanto las deficiencias cardíacas como los genes amorales de su padre a quien ni siquiera pudo alcanzar en edad, agigantando mi soledad con su pronta e inesperada partida.

     Mis heridas ya no duelen, cicatrizaron solas, no miente quién afirma que el tiempo es la mejor medicina.  Ya miro atrás sin rencor y hace mucho dejé de preguntarme cómo hubiera sido mi vida en otras circunstancias.  Estoy segura que nuestros actos, intencionales o azarosos, afectan a toda nuestra descendencia.  Quizás por el poco arraigo que tuvo Gerardo entre sus hijos, hoy no tengo nietos que me visiten. Espero que, ya que no me dejaron estar presente en sus vidas, por lo menos, no se avergüencen de esta abuela que apenas conocieron. Confío en que al romperse ese eslabón, se haya roto también la cadena de sumisión y maltrato de la que yo no pude zafarme.

   “Mercedes, no se nos duerma.  Vamos a cantarle cumpleaños.  Mire que tiene que apagar las cien velitas y pedir un deseo”.  Miro a mi alrededor. Estoy rodeada de caras sonrientes pero desconocidas, cuyas amables intenciones no pueden ocultar el compromiso de servir. Imposible compensar lo que nunca tuve: un abrazo cariñoso de mis padres, el apoyo incondicional de mi hermana, un beso sincero de mi esposo, la vida de mi bebita, el arrepentimiento de mi hijo, la ternura de mis nietos, el amor por mí misma. Me quedé varada en el siglo, insegura y sola, viendo pasar los años, sobreviviendo, deseando el minuto final que no llega... estoy tan cansada.  “Mercedes, Mercedes, despierte, Mercedes, no nos haga esto, no hoy, Mercedes”



Siluz

agosto 2020


1 de mayo de 2020

Medalla de vida



“Citius, Altius, Fortius”
{“Más rápido, más alto, más fuerte”)
Lema olímpico oficial

“El tenis es solo un juego, la familia es para siempre.”
Serena Williams

“Cuidaos todos.
para que alguien pueda contar la historia de la peste del siglo XXI”.
Pilar Galindo Salmerón



Acostumbrada a saludarse con besos y abrazos, a vivir rodeada de amigos o rivales, le parece estar dentro de una camisa de fuerza. Las órdenes son claras, nada de contactos físicos. Salir a la calle, ni pensarlo, solo si se trata de una emergencia. Todas las gestiones y compras a hacerlas en línea, no hay por qué arriesgarse. El virus se encuentra por todas partes, invisible, al acecho, esperando víctimas escondidas, bajo protesta, pero que no osan desobedecer.
Todo pasa. “No hay mal que dure cien años”, dicen, mas la pandemia sigue activa. Cuando parece estar controlada, resurge. Todos los eventos deportivos, internacionales y locales, han sido cancelados, así como conciertos y obras de teatro. Museos, escuelas, cines, oficinas gubernamentales y tribunales, permanecen cerrados. Solo los mercados siguen funcionando bajo estrictas medidas de seguridad. Muchos famosos afectados. Grandes personalidades aisladas, científicos, políticos, artistas, atletas. La muerte ronda las calles, en especial entre la gente de más edad o con sus sistemas inmunológicos comprometidos.

Lucía ha estado entrenando por años, podría decirse que toda su vida ha transcurrido en una cancha. No está lejos de la verdad. Su padre la crió para ser ganadora, la más rápida, la de mayor resistencia, la mejor. Le inculcó el orgullo por su bandera y la meta de verla alzarse, gloriosa, con su himno nacional como fondo, cuando ella ocupara el más alto sitial en el podio. Sería medallista de oro, la primera olímpica en darle ese honor a su país. No pasó por su mente la posibilidad de que suspendieran las Olimpiadas. Esperar otro ciclo la desesperaba, cuatro años desperdiciados, la juventud y la energía se desvanecen sin remedio, sin mañana.

Cuando decidió prepararse en Italia, bajo la tutela de su padre y entrenador, aún más apasionado al tenis que ella, no se imaginó esta crisis. Ahora, por temor a la epidemia, se veían obligados a regresar a casa. Él, muy a su pesar, opinó que era lo apropiado, ella no quiso ceder. Le recordó las palabras de Gulbis a su madre cuando le pidió dejar el tenis: “Dame un mes más”. No fue difícil convencerlo. “Solo un mes, Lucía, si esto sigue así, nos vamos”. En ese tiempo, el mal arropó toda la nación, los hospitales no daban abasto, los casos confirmados crecieron por miles. Habían llegado al "match point" pero esta vez no se trataba de un partido. Era una decisión difícil. Despedirse de la cancha era decirle adiós a su sueño dorado. La razón le dictaba abandonarlo todo pero su corazón solo escuchaba la llamada de la raqueta y el grito de ahora o nunca. Las noticias no eran alentadoras. Por un lado, la amenaza era global, por el otro, las Olimpiadas no habían sido suspendidas sino aplazadas. Había esperanza entonces. Ni modo, podría entrenar en cualquier sitio, y era mejor estar en su hogar, con los suyos.
El hecho de volver desde Italia la ubica automáticamente en una cuarentena con la que tendría que cumplir. Se aísla en su hogar, pensando que todo es una ridiculez. “No tengo ningún síntoma, soy una chica sana, sin vicios, mis únicos paseos son a la cancha, no soy de estar en fiestas ni compartir con mucha gente”. De todas formas, la cuarentena no es opcional, su madre se encargará de recordárselo, por su bien y el de sus hermanos menores.
Pasados siete días, ocurrió lo temido. Fue su papá quien empezó a sentirse raro. Se le dificultaba respirar y le dolía mucho la cabeza. Una noche le empezó a subir la temperatura del cuerpo y en la mañana ya ardía en fiebre. Lo aislaron en la sala de emergencia pues los síntomas eran sospechosos del virus. En efecto, estaba contagiado. Era inminente hacerle pruebas a toda la familia. En un instante, el sueño se transformó en pesadilla. “Es mi culpa, mamá. Lo leo en tu mirada. Tardamos demasiado en regresar, solo pensé en mí, fui muy egoísta. Si algo le pasa a papi o a uno de los nenes, no podré perdonármelo jamás”. “No, mi amor, no lo pienses siquiera. A tu padre no le gustaría oírte hablar así. Él te apoyó en tu decisión, pudo hacerte cambiar de idea y no lo hizo. Eres como él, seguiste el camino que él te indicó, hiciste tuyas sus metas, las cosas solo no salieron como lo planeamos”. “Sí, pero todo se esfumó. Me arrebataron de un tirón la medalla que ya sentía en mi cuello. Aunque... ¿sabes algo? Ya no me importa ”.

Desde mi oficina, ahora establecida en mi hogar, escribo esta historia. Es increíble cómo cambian las prioridades, Lucía. Atrás quedó la preocupación por lo que antes era tu motivo de vida. ¿Qué importan preseas y trofeos ahora cuando la vida de un ser amado está en juego? Demoraste el regreso, justificaste tu decisión alegando que todo eran exageraciones, maquiavélicas intrigas de los gobiernos, posibles artimañas comerciales, guerras donde las armas eran enfermedades creadas para acabar con la sobrepoblación. Puede que tengas razón y todo eso sea cierto. Como también lo es que en Italia mueren hasta novecientas personas al día, que en España y Estados Unidos ya hay más casos que en China donde se originó el virus y que en tu región los casos aumentan dramáticamente. Los sistemas de salud de muchos países se desploman. Todos estamos en peligro, todos. Cada vez que presiono una letra, se contagia una persona que quizás morirá. Ahora, más que nunca, los escritores tenemos que cuidarnos, si no, ¿quién contará esta historia? Ya el futuro revelará la verdad, ya nos juzgará. Todos hemos sido cómplices de esta plaga. Llamaron a quedarse en casa y no lo hicimos. Dieron toque de queda y no lo respetamos. Nuestros “derechos” individuales vencieron los colectivos. Los intereses económicos de las naciones pesaron más que la vida de sus ciudadanos. Por eso hoy, niña, tu padre está entubado y el pronóstico no es bueno. Puede convertirse en una estadística más, se salve o no. Wuhan nunca estuvo tan cerca. Tokio nunca estuvo tan lejos. Tampoco la fe, la esperanza, la felicidad. Ni siquiera nuestra permanencia en este planeta sin fronteras que trata de recuperarse del daño que le hemos hecho. La Tierra se está curando de nosotros, purificándose, renovándose. Ojalá, cuando todo esto pase, alguien quede para leernos. Y volver a empezar...

Siluz

abril 2020

28 de marzo de 2020

Mensaje del Día Internacional del Teatro 2020

EL TEATRO COMO SANTUARIO
Shahid Nadeem  

(periodista pakistaní, dramaturgo, director de teatro y televisión, guionista y activista de derechos humanos)

"Es un gran honor para mí escribir el Mensaje del Día Mundial del Teatro 2020. Es un sentimiento de una gran humildad pero también es emocionante pensar que el teatro pakistaní ha sido reconocido por el ITI, la organización de teatro mundial más influyente y representativa de nuestro tiempo.
Este honor es también un homenaje a Madeeha Gauhar [1], icono del teatro y fundadora del Ajoka Theatre [2], también mi compañera de vida, quien murió hace dos años.
El equipo de Ajoka ha recorrido un largo y difícil camino, literalmente desde la calle hasta el teatro. Pero también, es la historia de muchas compañías de teatro, estoy seguro. Nunca es nada fácil mantenerse a flote navegando. Siempre es un conflicto. Vengo de un país predominantemente musulmán, que ha experimentado varias dictaduras militares, el horrible ataque de extremistas religiosos y tres guerras con la vecina India, con quien compartimos miles de años de historia y herencia. Hoy todavía vivimos con el temor de una guerra total con nuestro hermano gemelo y vecino, incluso una guerra nuclear, ya que ambos países ahora tienen armas nucleares. A veces nos decimos en broma: Los malos momentos son buenos para el teatro. No hay escasez de desafíos para ser enfrentados, ni contradicciones a ser expuestas y status quo que subvertir. Mi grupo de teatro Ajoka y yo hemos estado caminando por la cuerda floja por más de 36 años. De hecho, el estar en la cuerda floja, mantener el equilibrio entre entretenimiento y educación, entre investigar y aprender del pasado y prepararse para el futuro, entre la libre expresión creativa y los enfrentamientos aventureros con la autoridad, entre el teatro socialmente crítico y teatro financieramente viable, entre llegar a las masas y estar a la vanguardia: uno puede decir que un creador de teatro tiene que saber conjurar, ser un mago.
En Pakistán es clara la división existente entre lo Sagrado y lo Profano. Para los Profanos, no hay espacio para el cuestionamiento religioso, mientras que para lo Sacro, no hay posibilidad del debate abierto o de nuevas ideas. De hecho, el establecimiento conservador considera el arte y la cultura fuera de los límites de sus “juegos sagrados”. Entonces el campo de juego para los artistas escénicos ha sido como una carrera de obstáculos. Ellos tienen primero que probar sus credenciales como buenos musulmanes y ciudadanos conformes y también intentar establecer que la danza, la música y el teatro están “permitidos” en el Islam. Por lo tanto, una gran cantidad de musulmanes practicantes se han mostrado reacios a adoptar las artes escénicas, a pesar de que los elementos de la danza, la música y el teatro están integrados en su vida cotidiana. Y entonces, nosotros nos tropezamos con una subcultura que tenía el potencial de llevar lo Sagrado y lo Profano al escenario mismo. Durante el gobierno militar en Pakistán en la década de 1980, Ajoka estuvo organizado por un grupo de jóvenes artistas que desafiaron la dictadura a través de un teatro social y políticamente audaz de disidencia. Ellos descubrieron que sus sentimientos, su ira, su angustia, fueron asombrosamente expresados por un bardo sufí [3], que vivió hace unos 300 años. Este fue el gran poeta sufí Bulleh Shah [4]. Ajoka descubrió que podría hacer declaraciones políticamente explosivas a través de su poesía, desafiando la autoridad política corrupta y el establecimiento religioso intolerante. Las autoridades podían prohibirnos, pero no a un poeta sufí venerado y popular como Bulleh Shah. Descubrimos que su vida era tan dramática y radical como su poesía, que le había ganado a la fatiga y al destierro, en su vida.
Entonces escribí, 'Bulha', una obra sobre la vida y las dificultades de Bulleh Shah. Bulha, como se refieren amorosamente a él las masas en el sur de Asia, era de una tradición de poetas sufíes punjabíes que desafiaron sin temor la autoridad de los emperadores y los demagogos clericales a través de su poesía y de su práctica. Escribieron en el idioma de la gente y acerca de las aspiraciones de las masas. En la música y la danza, encontraron los medios para lograr una asociación directa entre el hombre y Dios, pasando por alto con desdén, los intermediarios religiosos explotadores. Desafiaron las divisiones de género y de clase, miraron al planeta con asombro, como una manifestación del Todopoderoso. El Consejo de las Artes de Lahore rechazó el guión, alegando que no era una obra de teatro sino simplemente una biografía. Sin embargo, cuando la obra se presentó en un lugar alternativo: el Instituto Goethe. La audiencia vio, entendió y apreció el simbolismo en la vida y la poesía del poeta del pueblo. Se identificaron completamente con su vida y su tiempo y observaron los paralelos con sus propias vidas y su tiempo.

Un nuevo tipo de teatro nació ese día, en 2001. Música devocional Qawwali [5], baile sufí Dhamal [6] y la inspiradora poesía recitativa, e incluso el canto meditativo de Zikir [7], se convirtieron en parte de la obra. Un grupo de Sikhs [ 8], que estaba en la ciudad para asistir a una conferencia de Punjabi y vieron la obra, luego invadieron el escenario, abrazando, llorando y besando a los actores, al final. Compartían el escenario por primera vez con Punjabis musulmanes después de la separación con la India en 1947 [9], que desembocó en la división de Punjab en líneas comunales. Bulleh Shah había sido tan querido para ellos como lo era para los Punjabis musulmanes porque los sufíes trascienden las divisiones religiosas o comunitarias.
Este estreno memorable fue seguido por la odisea india de Bulleh Shah. Comenzando con un recorrido pionero de la parte india del Punjab, 'Bulha' se realizó a lo largo y ancho de la India, incluso en tiempos de tensiones más graves entre los dos países y en lugares donde el público no sabía una sola palabra de Punjabi, pero amaba cada momento de la obra. Mientras las puertas para el diálogo político y la diplomacia se cerraban una por una, las puertas de las salas de teatro y de los corazones del público indio, permanecieron abiertas.
Durante la gira de Ajoka en el Punjab Indio en 2004, después de una actuación muy bien recibida ante una audiencia rural de miles de personas al final de una representación de la obra de teatro sobre el poeta sufí Bulleh Shah, un anciano, acompañado por un niño, se acercó hasta el actor que había interpretado el papel del gran sufí. El viejo llorando dijo: “Mi nieto no se encuentra bien, ¿podrías por favor soplarle con una bendición? sé que se recuperará, si lo hace”. El actor se sorprendió y contesto: “Babaji [10]. No soy Bulleh Shah, solo soy un actor que interpreta el papel”. Sugerimos al actor que le concediera al anciano su deseo. El actor lanzó una bendición sobre el joven. El viejo estaba satisfecho y dijo: “Hijo, no eres un actor, eres una reencarnación de Bulleh Shah, su avatar [11]“. De repente, se nos ocurrió un concepto completamente nuevo de actuación, de teatro, donde el actor se convierte en la reencarnación del personaje que él o ella están representando.
En los 18 años de gira con 'Bulha', hemos notado una respuesta similar de una aparentemente no iniciada audiencia, para quien la actuación no es solo una experiencia entretenida o intelectualmente estimulante sino un encuentro espiritual profundamente conmovedor. De hecho, el actor que interpretaba el papel del maestro Sufi Bulleh Shah estaba tan anímicamente influenciado por la experiencia, que él mismo se convirtió en poeta sufí y desde entonces ha publicado dos colecciones de poemas. Los actores han expreasdo que cuando comienza el espectáculo, sienten que el espíritu de Bulleh Shah está entre ellos y el escenario parece haber sido elevado a un plano superior. Un erudito indio, al escribir sobre la obra, le dio el título: “Cuando el teatro se convierte en un Santuario”.
Soy una persona laica y mi interés en el sufismo es principalmente cultural. Estoy más interesado en los aspectos artísticos y performativos de los poetas sufíes punjabíes, pero mi audiencia, que puede no ser extremista o intolerante, tiene sinceras creencias religiosas. Explorar historias como la de Bulleh Shah, y hay muchas otras en todas las culturas, puede convertirse en un puente entre nosotros, los creadores de teatro y una desconocida pero entusiasta audiencia. Juntos podemos descubrir las dimensiones espirituales del teatro y construir puentes entre el pasado y el presente, llevando a un futuro que es el destino de todas las comunidades; creyentes y no creyentes, actores y ancianos, y sus nietos.
La razón por la que estoy compartiendo la historia de Bulleh Shah y nuestra exploración de una especie de teatro sufí es que mientras actuamos en el escenario, a veces nos dejamos llevar por nuestra filosofía del teatro, nuestro papel como abanderados del cambio social y al hacerlo, estamos dejando atrás a una gran parte de las masas. En nuestro compromiso con los desafíos del presente, nos privamos de las posibilidades de una experiencia espiritual profundamente conmovedora que el teatro puede proporcionar. En el mundo de hoy donde el sectarismo, el odio y la violencia están en aumento una vez más, las naciones parecen enfrentarse unas a otras, los creyentes luchan contra otros creyentes y las comunidades difunden su odio contra otras comunidades… y mientras tanto, los niños mueren de desnutrición, y las madres durante el parto debido a la falta de atención médica oportuna, y las ideologías de odio florecen. Nuestro planeta se está hundiendo cada vez más en una catástrofe climática y uno puede escuchar los cascos de los caballos de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis [12].
Necesitamos reponer nuestra fuerza espiritual; necesitamos luchar contra la apatía, el letargo, el pesimismo, la avaricia y el desprecio por el mundo en que vivimos, el planeta en el que vivimos. El teatro tiene un papel, un papel noble, el de energizar y movilizar a la humanidad para levantarse de su descenso al abismo. Puede elevar el escenario, el espacio de actuación, en algo sagrado. En el sur de Asia, los artistas tocan con reverencia el piso del escenario antes de pisarlo, una antigua tradición cuando lo espiritual y lo cultural estaban entrelazados. Es hora de recuperar esa relación simbiótica entre el artista y el público, el pasado y el futuro. Hacer teatro puede ser un acto sagrado y los actores pueden convertirse en los avatares de los roles que desempeñan. El teatro eleva el arte de actuar a un más alto plano espiritual. El teatro tiene el potencial de convertirse en un santuario y el santuario en un lugar de actuación”.
(Nadeem, 2020). Original en www.world-theatre-day.org/messageauthor
[1] Madeeha Gauhar (1956-2018): directora de teatro, actriz, feminista y fundadora de Ajoka Theater, Titular de un Master en el Teatro del Royal Holloway College, Londres y ganadora de la Medalla de Distinción del Gobierno Pakistán y Premio del Príncipe Claus de los Países Bajos.
[2] Teatro Ajoka: establecido en 1984. La palabra Ajoka significa “contemporáneo” en punjabi. Su repertorio incluye obras de teatro. sobre temas como la tolerancia religiosa, la paz, la violencia de género, y los derechos humanos.
[3] Sufismo: La tradición mística islámica, que busca encontrar la verdad del amor divino a través del personal directo. La experiencia de Dios se hizo popular debido a su predicación de la fraternidad universal y la oposición a la doctrina rígida. aplicación de las enseñanzas religiosas. La poesía sufí, representada principalmente en música, expresa la unión mística a través de Las metáforas del amor profano.
[4] Bulleh Shah (1680-1757): un influyente poeta sufí punjabí, que escribió sobre temas filosóficos complejos con un lenguaje simple, un fuerte crítico de la ortodoxia religiosa y la élite gobernante, expulsado de la ciudad de Kasur, acusado de herejía y a quien le fue negado su entierro en el cementerio de la ciudad. Popular entre los cantantes devocionales y populares. Admirado a pesar de la división religiosa
[5] Qawwali: Poesía sufí devocional, presentada por grupos de cantantes (Qawwals), realizada originalmente en los santuarios sufíes, llevando a los oyentes a un estado de éxtasis.
[6] Dhammal: Baile extático en los santuarios sufíes, generalmente en tambores.
[7] Zikir: Canto rítmico devocional que recitando oraciones busca lograr la iluminación espiritual.
[8] Sikhs: seguidores de la fe sikh, fundada en Punjab en el siglo XV por Guru Nanak.
[9] El estado musulmán de Pakistán fue tallado. El estado musulmán de Pakistán fue excavado en la India en 1947 en medio de una matanza comunitaria sin precedentes y una masiva migración de población.
[10] Babaji: Una expresión de respeto por un hombre mayor.
[11] Avatar: Reencarnación o manifestación en la Tierra de un maestro divino, según la cultura hindú.
[12] Los cuatro jinetes del Apocalipsis son descritos por Juan de Patmos en su Libro del Apocalipsis, el último libro de Nuevo Testamento. En la mayoría de las cuentas, los cuatro jinetes son vistos como símbolos de Conquista, Guerra, Hambruna y Muerte.

Texto tomado de: Noticias Clave
http://noticiasclave.net/es/noticia/mensaje-del-dia-mundial-del-teatro-del-2020.html
Fotos capturadas de Internet

27 de marzo de 2019

Mensaje Día del Teatro 2019


"Antes de mi despertar en el teatro, mis maestros ya estaban allí. Habían construido sus casas y sus poéticas sobre los restos de sus propias vidas. Muchos de ellos no son conocidos o apenas se les recuerda: trabajaron desde el silencio, desde la humildad de sus salones de ensayo y de sus salas llenas de espectadores y, lentamente, tras años de trabajo y logros extraordinarios, fueron dejando su sitio y desparecieron. Cuando entendí que mi oficio y mi destino personal sería seguir sus pasos, entendí también que heredaba de ellos esa tradición desgarradora y única de vivir el presente sin otra expectativa que alcanzar la transparencia de un momento irrepetible. Un momento de encuentro con el otro en la oscuridad de un teatro, sin más protección que la verdad de un gesto, de una palabra reveladora.
Mi país teatral son esos momentos de encuentro con los espectadores que llegan noche a noche a nuestra sala, desde los rincones más disímiles de mi ciudad, para acompañarnos y compartir unas horas, unos minutos. Con esos momentos únicos construyo mi vida, dejo de ser yo, de sufrir por mí mismo y renazco y entiendo el significado del oficio de hacer teatro: vivir instantes de pura verdad efímera, donde sabemos que lo que decimos y hacemos, allí, bajo la luz de la escena, es cierto y refleja lo más profundo y lo más personal de nosotros. Mi país teatral, el mío y el de mis actores, es un país tejido por esos momentos donde dejamos atrás las máscaras, la retórica, el miedo a ser quienes somos, y nos damos las manos en la oscuridad.
La tradición del teatro es horizontal. No hay quien pueda afirmar que el teatro está en algún centro del mundo, en alguna ciudad o edificio privilegiado. El teatro, como yo lo he recibido, se extiende por una geografía invisible que mezcla las vidas de quienes lo hacen y la artesanía teatral en un mismo gesto unificador. Todos los maestros de teatro mueren con sus momentos de lucidez y de belleza irrepetibles, todos desaparecen del mismo modo sin dejar otra trascendencia que los ampare y los haga ilustres. Los maestros de teatro lo saben, no vale ningún reconocimiento ante esta certeza que es la raíz de nuestro trabajo: crear momentos de verdad, de ambigüedad, de fuerza, de libertad en la mayor de las precariedades. No sobrevivirán de ellos sino datos o registros de sus trabajos en videos y fotos que recogerán solo una pálida idea de lo que hicieron. Pero siempre faltará en esos registros la respuesta silenciosa del público que entiende en un instante que lo que allí pasa no puede ser traducido ni encontrado fuera, que la verdad que allí comparte es una experiencia de vida, por segundos más diáfana que la vida misma.
Cuando entendí que el teatro era un país en sí mismo, un gran territorio que abarca el mundo entero, nació en mí una decisión que también es una libertad: no tienes que alejarte ni moverte de donde te encuentras, no tienes que correr ni desplazarte. Allí donde existes está el público. Allí están los compañeros que necesitas a tu lado. Allá, fuera de tu casa, tienes toda la realidad diaria, opaca e impenetrable. Trabajas entonces desde esa inmovilidad aparente para construir el mayor de los viajes, para repetir la Odisea, el viaje de los argonautas: eres un viajero inmóvil que no para de acelerar la densidad y la rigidez de tu mundo real. Tu viaje es hacia el instante, hacia el momento, hacia el encuentro irrepetible frente a tus semejantes. Tu viaje es hacia ellos, hacia su corazón, hacia su subjetividad. Viajas por dentro de ellos, de sus emociones, de sus recuerdos que despiertas y movilizas. Tu viaje es vertiginoso y nadie puede medirlo ni callarlo. Tampoco nadie lo podrá reconocer en su justa medida, es un viaje a través del imaginario de tu gente, una semilla que se siembra en la más remota de las tierras: la conciencia cívica, ética y humana de tus espectadores. Por ello, no me muevo, continúo en mi casa, entre mis allegados, en aparente quietud, trabajando día y noche, porque tengo el secreto de la velocidad".
Carlos Celdrán (Cuba)

El director cubano Carlos Celdrán, ha sido seleccionado para ofrecer el Mensaje Internacional por el Día Mundial del Teatro 2019. Celdrán dramaturgo, director teatral y pedagogo nació en  La Habana en el  1963. Es director artístico y general de Argos Teatro, grupo que fundó en 1997. Cursó estudios de Dramaturgia en el Instituto Superior de Arte. En 1986, se incorporó al grupo Teatro Buendía en el que trabajó como asesor dramático, asistente de dirección y director artístico. Es miembro permanente del profesorado del Instituto Superior de Arte de Cuba. 
Esta es la primera vez que a un cubano se le concede el alto privilegio de ofrecer el discurso que celebra esta fecha anualmente desde 1961 y que se considera de gran tradición para el mundo del teatro.

28 de febrero de 2019

Noche de Luna

Luna,
que iluminas la noche de San Juan,
que abrillantas los guijarros del camino,
las piedras de la fuente de la plaza,
y el viejo campanario
¡Por favor!
Escóndete un ratito detrás de aquella nube,
deja un trozo de sombra al final de sendero,
allí, junto al  laurel.
Mira que lo que tengo que decirle a mi moza,
se oye mejor a oscuras.


¡Luna!
¿Qué haces ahí acostada detrás de aquella nube?
¡Levántate!
¡Enciéndete de prisa!
¿No ves que se nos cuela en grandes fardos negros,
la muerte blanca, allá por la escollera?
Pídele prestados al sol
alguno de sus rayos,
Que en todo el ancho mundo
no haya  un rincón en sombra
donde encuentren refugio,
los  mercaderes de la muerte blanca
¡Abre tus cuchillos, luna!
¡Acaba con la noche!
¡Échala de la playa!

Luna de cobre,
Parapetada tras el vientre seco de la  loma
No salgas todavía.
Espera
Deja reinar, un poco más, la oscuridad en la playa
Ellos llegan cansados,
ansiosos, asustados
Concédeles  una tregua,
dales tiempo.
para que puedan perderse por los recovecos del mundo
y luchar por el sueño imposible que los trajo hasta aquí,
por el que han aceptado pagar tan alto precio.
A veces el más alto.
La vida.

Pilar Galindo Salmerón

¡Gracias, Pilar, por permitirme publicar tu poema!
(Pilar es una compañera del taller literario "Tallado de papel".)