
"Su árbol estaba torcido siempre. Un árbol deforme.
Las ramas de la izquierda tenían cartelitos con nombres y apellidos,
las de la derecha no las dibujaba.
Su árbol parecía caerse hacia la izquierda,
porque no tenía ramas a la derecha".
Graciela Alemis
Siempre supe que nací gracias a una reconciliación. Una contentura de poco tiempo. Mis padres se divorciaron cuando apenas tenía cuatro meses. Alguien se encargó de decirme que entre mi hermana y yo, quienes tan solo nos llevamos once meses, había una medio hermana. Que en total éramos seis… siete... ¡no sé bien! mayores y menores. De éstos, solo he conocido a uno que, por esas cosas de la vida, se dedicó también a las bellas artes. El lado derecho de mi árbol genealógico estuvo por siempre vacío y éste se acostumbró a estar torcido.
Llamaba "Papi" a mi abuelo, tronco de los Torruellas. Esa era la figura paterna en casa. Mi abuelo Juan, nacido en Matanzas, Cuba, en el 1880. De su vida anterior no supe mucho. Solo conocí a dos medio hermanos menores, nacidos en Puerto Rico y residentes en Nueva York, ambos de apellido Luna. Con certeza, pocos datos: trabajó en el ferrocarril en San Juan y fue presidente de la unión, en el 1919 se casó con mi abuela, doce años menor que él, vivieron en Santurce, Puerto Rico hasta los años 50 cuando construyeron la casa familiar de Río Piedras, fue católico práctico y en su vejez, eterno acompañante de mi madre. No podré olvidar tres cicatrices de vacunas en sus brazos las cuales siempre creí eran las marcas de los dedos de una bruja quien al capturarlo, lo apretó tan fuerte hasta dejarlo marcado. Tampoco el olor de su cigarro, infaltable en las tardes cuando se sentaba a mecerse en su sillón en el amplio balcón frente a la puerta de entrada. Dejó como recuerdo: una verja construida con granadas huecas, remanentes de la segunda guerra mundial y un semáforo de la antigua vía del tren que aún se enciende, en la esquina de la casa.
Mi abuelito me duró muy poco. A mis diez años descubrí una enfermedad temible llamada cáncer y éste sería el primer amor de muchos otros que me arrebataría a lo largo de mi vida.
Un día de Acción de Gracias, pasados mis treinta años y madre ya tres veces, nos reuniríamos como de costumbre en la casa familiar. Al llegar, me pareció raro aquel auto desconocido y en el balcón, unas personas a quienes nunca había visto. Era obvio: me esperaban no sé si porque temían mi reacción o no querían perderse mi cara.
Solo he tenido en dos ocasiones esa sensación tan desconcertante. La segunda fue cuando me avisaron de la gravedad de mi madre. Al llegar pude observar, a través de las ramas del árbol de acerolas, rostros largos esperándome en ese mismo balcón. Ya era muy tarde. Pero esa es otra historia.
De momento vi a un hombre alto, de barba bien cuidada, pelo lacio y abundante, más canoso que negro, a quien los años no le restaban elegancia ni fortaleza. Estaba recostado de la pared del pasillo, sostenido de un bastón el cual en lugar de hacerlo lucir débil o enfermo le daba un aire distinguido. Me dio la mano y sentí cómo temblaba. Entonces oí una voz, creo que la de mi hermana, diciéndome: es tu papá. Terminé el saludo por no ser descortés, una sonrisa intentó escaparse antes que yo y huí a refugiarme en el cuarto de mi infancia. Por alguna extraña razón no pude dejar de llorar, ni esa noche ni muchas otras. Me pareció un golpe bajo, nadie me preguntó si yo quería verlo, nadie pidió mi opinión. Si nunca tuvo ningún interés en verme, ¿por qué de momento la vida me lo ponía enfrente?, ¿para qué ahora?
Me dieron muchas respuestas; no las entendí o quizás ni las escuché. Solo una hoy me parece lógica, pasados ya tantos años. Yo era la única de sus hijos sin conocer y no quería morirse sin hacerlo.
Fue la primera y la única vez que nos vimos. Meses después alguien me comento: tu padre falleció.
Se equivocaba. Mi padre había muerto hace muchos años. Mi padre fue aquel que esperaba cada tarde el autobús a la salida de la escuela, el que iba con una sombrilla junto a mí para que no me mojara por miedo a mi asma, el que me hacía cuentos a la hora del almuerzo, el que jugaba conmigo y me dejaba acompañarlo en sus caminatas por el barrio. Ese es al único que recuerdo, a mi abuelo, mi Papi.
Elsia L. Cruz Torruellas
21 de junio de 2009 - Día de los Padres