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23 de junio de 2008

En la noche de San Juan

“...en la noche de San Juan,
cómo comparten su pan,
su mujer y su gabán,
gentes de cien mil raleas”.Fiesta – J.M. Serrat
No sé si porque mi abuelo se llamaba Juan o porque pasé toda mi niñez y adolescencia en San Juan de Puerto Rico o porque para mi familia cualquier excusa era buena ocasión para ir a la playa, la víspera de la noche de San Juan fue y sigue siendo de especial significado para mí.

Recuerdo que nos íbamos desde temprano en la tarde. Mi abuela llevaba una olla de arroz con pollo, Mami todos sus bártulos para hacer una buena caseta y guarecernos de la lluvia que esperábamos no cayera, los tíos preparaban la fogata para espantar los espíritus (y los mimes, mosquitos y otros insectos) y los niños corríamos al mar según pisábamos la arena. A las doce era preciso tirarse de espaldas para sacarnos de encima todo lo malo. Tres veces.

Aprendí desde joven que era una noche única, mágica. Escuché innumerables rituales, algunos de los cuales practiqué. Recuerdo que una vez puse bajo mi almohada tres habichuelas -he oído que también puede hacerse con ajos- una, con cáscara, otra, a medio pelar y otra pelada por completo. En la mañana se sacaba una sin mirar y según la tradición, así sería el status económico del futuro marido. Por supuesto, escogí la pelada. Esto no falla. También puse un papelito con tres nombres de pretendientes. Tenía que buscar uno en la mañana y ese se convertiría en mi prometido. Me salió el más guapo de todos, el que más me gustaba... y con el que no me casé.

Hay unos rituales que no tuve la oportunidad de hacer o no me atreví. Eso de mirarse a las doce en el espejo y ver en la imagen reflejada su destino suena algo escalofriante. Para otros, hay que tener mucha imaginación. Tiré una clara de huevo en un vaso pero no vi ni barcos ni ataúdes (¡menos mal!) ni trajes de novia. Seguí viendo una asquerosa clara de huevo pasada por agua. Tampoco me corté el pelo en la noche de San Juan (rara vez lo he hecho en toda mi vida) pero eso no ha sido razón para tener mala suerte.


Felicidades en su santo a Juan Noel, Juan Arturo y a todos los que llevan este nombre (y sus derivados) en esta tierra de Juanes.
Y si esta noche ves una estrella fugaz cruzando el cielo es un beso que partió desde esta costa de Vega Baja y quiere alcanzar a mi abuelo Juan allá en su morada eterna.
Siluz
No dejes de ver este anuncio de Ace que retrata nuestra tradición sanjuanera, tradición que no borra la distancia ni el tiempo...


Esta noche es víspera de San Juan. Una vez más ¡al mar! De espaldas. Hoy las aguas están bendecidas por el Bautista. Hoy todos los ríos y mares llevan una gota del Jordán. ¡A prender las fogatas! El fuego hoy es divino y purificador.
¡A seguir la tradición! ¿Para alejar lo malo y atraer la buena suerte? Que va, para pasarla bien. Son costumbres que tienen que pasar de mis abuelos a mis nietos. Que somos boricuas y es San Juan nuestro patrono!

6 de junio de 2008

Día de playa

A mis ahijadas,
que son también un poco hijas mías.
Siluz

Llega el verano y con él, las vacaciones. En casa, tres chicos deseosos de correr al aire libre, nadar en las aguas azules y cálidas de la costa, hacer castillos en la arena, jugar con la bola de aire recién comprada, broncear más sus pieles morenas. Impacientes por complacerlos y con poco presupuesto, invento pasadías. La isla ofrece en cada rincón un buen sitio para disfrutar de la naturaleza en familia.
—¿Echaste el carbón?
—No se te olviden los fósforos, como la última vez.
—Tenemos que parar a comprar hielo.
La neverita ya está repleta de refrescos, frutas y jugos. Lleno el bolso con salchichas, pan, hamburguesas, presas de pollo, galletitas. Todo lo que encuentro en el refrigerador que pueda asarse a la parrilla y que estará listo cuando se cansen de chapotear y pronuncien a coro el acostumbrado: “ ¡Mami, tengo hambre!”
Pongo un rollo a la cámara. Acostumbro preparar álbumes por fechas, por temas, por hijo. Ya tengo una colección de fotografías impresionante: “Sonrisas angelicales”, “Surgen los dientes”, “Aprendiendo a caminar”; ¡hasta los destrozos que hizo el menor en su primera caminata por la casa!
Miro el anaquel donde están todos colocados. Los conozco de memoria: el álbum con las fotos de cada comienzo de clases estrenando uniformes y mochilas, el de la mayor cuando se graduó de sexto grado, el de los premios que ganara el del medio en los torneos de Taekwondo, el del pequeño con el disfraz de coquí que confeccioné en una noche para la obra escolar en la que luego él se negó a salir.
Cada momento con ellos captado para la eternidad.

—Mami, ¡llegó Madrina con las nenas!
Los compadres me acompañan en todas las locuras que se me ocurren. Son los padrinos de mis hijos y yo la madrina de las cuatro de ellos. Como los tres somos maestros compartimos el mismo tiempo de vacaciones. Un día, alquilamos una película y preparamos palomitas de maíz. Otro, hay taller de artesanía. Pinturas, crayolas, revistas de colores, cartones, pega, cartulinas, periódicos, escarcha; todo sirve para crear esa obra de arte que luego mostrarán orgullosos. Mañana quizás los adultos seamos el público de esos titiriteros noveles quienes nos presentarán una pieza escrita por ellos con los muñecos que hicieron.

Dos meses de vacaciones; sesenta días para entretener a siete niños llenos de vitalidad.
Y si se unen los sobrinos y los primos de los primos formamos un campamento. Lazos que continuarán en la adolescencia y ¡más allá!

Hoy nos toca ir de playa, la diversión que sin duda más los emociona. La niña despertó con el traje de baño ya puesto. El mayor de los varones espera en la “mini-van”; cinturón de seguridad amarrado, ventanilla asegurada. El más chico, se envuelve en la enorme toalla de Woody, su personaje favorito, dispuesto a lanzarse al agua según llegue.
—¿Nos vamos?
Palabras mágicas. Dicho y hecho. El entusiasmo es contagioso entre los niños, quienes sin notarlo, recopilan sus propios recuerdos de infancia. Crecerán, más pronto de lo que nadie imagina. Dentro de poco, escogerán sus amigos, diversiones, prioridades, intereses. La universidad, el matrimonio, viajes, proyectos, trabajo; en fin, la vida le trazará a cada uno rumbos diferentes.
Mientras, conservo mis imágenes en fotografías que miraré una y otra vez,
quizás con la vista nublada ya por la edad o la nostalgia.
Sí, llegará ese día, más no es todavía. Hoy aún puedo gritar:
—¡Al agua, chicos!

A mí me dieron el mar:
Piero

24 de noviembre de 2007

Eterno verano


—No te apartes mucho.
—Hasta las boyas nada más.

A pesar de las protestas de mi madre, siempre me distanciaba un poco más. La atracción de ese mar abierto, la inmensidad del horizonte, el golpear de las olas contra la roca enorme, el azul diáfano del infinito, todo era una llamada irresistible. Me llenaba de una paz embriagante al mirar desde lo lejos a la gente en la playa , alejada de todo y de todos, flotando en esas aguas claras y cálidas. Sentía ser astronauta en el espacio, mirando a mi planeta a distancia, siendo parte del todo pero observándolo imperturbable y ajena.

Cada verano el balneario se llena de gente. El sol quema las pieles blancas de turistas extranjeros mientras los visitantes del interior y los jubilados buscan la sombra que los almendros y las palmas de coco ofrecen. Sobre la arena, los estudiantes de vacaciones durante los meses de junio y julio, forman equipos de volibol playero; los niños hacen castillos o entierran sus cuerpos hasta el cuello y las parejas de adolescentes van dejando sus huellas o escribiendo sus nombres. Hoy, también yo, observo el ir y venir de las olas desde la orilla y escucho su murmullo suave y rítmico.

Tenemos la bendición de poder gozar de la playa el año entero. Aún en “invierno”, cuando las aguas están un poco más frías, disfrutamos de ella como en cualquier otra época. Cuando era niña, los viejos nos advertían que en diciembre cambiaba el viento y llegaban las aguavivas* a la ribera. Decían que si se pegaba una a la piel, producía un terrible ardor y que había que estar muy pendiente, pues eran casi transparentes y pasaban inadvertidas. Pero nunca me encontré una, así que lo tomé como un mito que mi madre repetía, para tratar de asustarme un poco. Para mí, como para mis hermanos y mis primos, no había nada más allá de nuestro océano, ni más estación que el eterno verano.

Nadé desde niña, por lo que me sentía tan segura en el mar como en tierra. Quizás por eso, me atrevía a lanzarme, sin ningún temor, desde la inmensa peña que divide nuestra playa en dos. De un lado, las olas se alzan violentas, iracundas; del otro, descansan pasivas, mansas. ¡Quién dice que son las mismas aguas! Ese caer sobre ellas, es lo más parecido a volar. ¡Una sensación indescriptible!

Aquel día caminaba con mi hermanito por la roca. Iba a enseñarle como tirarse al mar desde su cima, al igual que un día me enseñó mi hermano mayor. Tenía que saber exactamente el momento en que las olas se lo permitirían, y el punto exacto donde debía caer. Pero ese día el viento sopló más de lo acostumbrado, y luego cambió su rumbo. Al momento de lanzarme, percibí algo distinto en el ambiente. “No estamos en verano” pensé. Recordé las aguavivas , sentí nuevamente el golpe de aire, el batir de las olas y dudé. Ese instante de indecisión me hizo dar un paso en falso, y caí. Fue el último paso que di.

Hoy empieza oficialmente un nuevo verano. Allá, al frente, el océano. Aún no me acostumbro a contemplarlo desde este ángulo. Siento que voy a contramano. Lo miro desafíante desde mi silla de ruedas. Sigue ejerciendo un poder cautivador sobre mí. Pero esta vez me devuelve la mirada.

—Sigo aquí. Estoy viva —le grito victoriosa.
— Y tu hermanito también —le escucho responder.

Hoy el mar y yo hicimos las paces.

Elsia Cruz Torruellas
(Siluz)
Escrito para un ejercicio de "Tallerines" en Oct. 05


*aguaviva: La fragata portuguesa o aguaviva, es una especie colonial que vive flotando en la superficie del mar gracias al gran flotador que posee (pneumatóforo), que está lleno de gas, y que puede alcanzar los 30 cm de largo por 10 cm de ancho. Su picadura es muy dolorosa e, incluso, peligrosa para personas débiles o niños. El contacto con sus tentáculos provoca quemaduras en la piel. En determinadas personas sensibles puede llegar a provocar un shock anafiláctico y causar la muerte por paro cardíaco o ahogamiento.

7 de agosto de 2007

Nuestra playa de Vega Baja


Nuestra playa de Vega Baja

"Las olas que dominan rocas
y las olas que susurran mansas
nacen de la misma mar".
I.M. Landrón (Cucubanos)

De niña disfruté esa playa. Siempre consideré que era la más hermosa entre las bellas. Su gran roca dividía aquel mar en dos, presentando de frente un paisaje sereno mientras a su espalda las olas irrumpían con fuerza. Olas del mismo océano. Olas que aquella piedra domesticaba para sus retoños vegabajeños.

Años después, cuando Vega Baja me recibió como hija, la hice mía. Arena, ambiente, peña, agua; toda ella me confirmó que seguía siendo la playa más bella de mi isla. Boquerón y Luquillo la retaban pero Puerto Nuevo era siempre vencedora.

Nuestro Puerto Nuevo. Nuestra playa. Mía y de todos los puertorriqueños. Mía y de todos los que nos consideramos vegabajeños. De los presentes y los ausentes. De los que vamos a nadar en sus aguas. De los niños que van a construir castillos en la arena . De las familias que van a compartir en sus alrededores. De los jóvenes que van a escuchar música. De los que vamos a comernos un bacalaito, un pincho o una alcapurria y a mitigar el calor con una “Medalla”. De todos los que al contemplar su belleza damos gracias al Todopoderoso de tener vista para admirarla, tacto para sentirla y oídos para escucharla.

Es nuestra porque lo ha sido siempre. Porque la playa de Puerto Nuevo es Vega Baja. Porque los Vegabajeños queremos que lo siga siendo. Porque no la vamos a entregar a los grandes inversionistas y desarrolladores. Porque la vamos a defender hoy como lo hicimos ayer y lo haremos mañana.

El pueblo marchó pasivo. Solo demandamos lo que creemos justo. Las playas de Puerto Rico son de los puertorriqueños. Marchamos frente a la roca donde las olas nacen y mueren en pacífica armonía. No nos obliguen a cruzar al dorso. Porque allí las olas golpean con furia exigiendo su espacio. Nos podríamos copiar.


No a la privatización. No a la entrega. Vega Baja defiende su playa.
Elsia Luz Cruz Torruellas