18 de febrero de 2014

Este domingo...sin falta

     No había otra solución. Por lo menos, ninguna que le resultara viable. Lo peor no era el cómo, sino el después.  Imposible abandonar a su madre. Ya era muy mayor, dependía de él en todo sentido. Vivían en la casa que les dejó el abuelo, siempre juntos, uno para el otro.  Amigos, pocos; diversiones, menos. Apartados de todos en un pueblo donde el progreso parecía haber pasado de largo.  Para visitar a los vecinos más próximos necesitaban el auto,  cosa que no acostumbraban hacer. Su madre se negaba a salir, solo a las citas médicas que no pudiera evitar y los domingos, sin falta,  a la iglesia. 
     Él no se había atrevido a contarle lo mal que se sentía.  Menos aún, que el diagnóstico fuera tan desalentador.  Una condición degenerativa irremediable,  dijo el médico.  Tenía que ser ahora,  antes que ella lo notara. Si dejaba pasar el tiempo, se convertiría en una carga para su madre quien apenas era capaz de cuidarse a sí misma. Él era su compañero, su ayudante, su sostén, su enfermero, su chófer.

     Ese domingo, la anciana se asombró de que su hijo no solo la transportara a la iglesia, sino que asistiera a la Misa.  A la salida, la invitó a almorzar algo liviano.  Quería hablar con ella pero no sabía cómo.  Saltaba de un tema a otro, queriendo llegar, o evitar, alguno en específico. Lo notó inseguro, distraído, nervioso. Por eso, cuando se estacionaron en el garaje, no le extrañó que no la ayudara a salir del auto. Lo dejó prendido, bajó la puerta, volvió al auto y buscando  las palabras adecuadas, empezó a hablar.  Una vez más, daba vueltas sin llegar al punto, repetía incoherencias o trataba temas superficiales.  Hasta recuerdos de infancia que ella creía olvidados.   Estaba segura que no era para eso que seguían en el auto.  Y poco a poco, escuchando, esperando…se quedó dormida.
     Los encontraron, abrazados.  Aún el auto estaba encendido.


Siluz 
junio 2013

1 comentario:

Hilda Vélez Rodríguez dijo...

Ay, dios, terrible. Dejarla sola, jamás.