
Por un momento abandonó el personaje interpretado. Perdió la cojera, el habla ininteligible. Los brazos se enderezaron y sus manos adquirieron movimientos ágiles. A pesar de que sus pies seguían sobre la tarima, los ojos miraban desde el auditorio. Se vio a sí mismo como lo hacían ellos: inmenso, encantador, carismático. Cautivo de una audacia insospechada se atrevió a pensar: “¡Soy la estrella!”
Todavía lo acaricia el rojo de la alfombra del pasillo central. Embriagado aún por los vítores a su paso, disfruta ese momento crucial en el cual se abre el telón y realiza un nuevo sueño. Durante cada función vence un temor inaceptado y se proclama inalcanzable, único. Mañana amanecerá su rostro en las primeras planas de los diarios. Vanidad y orgullo le aseguran merecerlo.
—¡Despierta, Bobo! —La realidad salpica al hombre.— ¡No se te paga por estar en el limbo!
Mira sorprendido a su alrededor sin poder evitar que se borren las imágenes y el ambiente enmudezca. La música cesa. Las luces se apagan. Los aplausos desaparecen. El público se desintegra. No trata de defenderse. Lo considera inútil; el administrador del teatro rara vez lo entiende. Con sus manos torpes y los brazos encorvados recoge cubo, trapeador y escoba. Arrastrando la pierna rígida se dirige a limpiar aquellas tablas donde por quince minutos fue la estrella. Ni siquiera se percató que sobre éstas, saludando a la multitud invisible que aún aplaude, permanecía su sombra, negándose a seguirlo.
Elsia Luz Cruz Torruellas
(Siluz)
Cuento publicado en : Cuént@me.com (Antologia del grupo Literario Tallerines)
Buenos Aires: Editorial de los cuatro vientos, 2007
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