Loca, chismosa y mala fe.Eso dicen de ella, y aunque me negaba a creerlo, hoy tengo que darles la
razón. Loca cuando se inventa enemigos imaginarios. Piensa que todos en el vecindario están contra ella, que le
tienen envidia, Será porque su esposo es el más gruñón y desagradable
de todos los hombres de la calle. Será
porque cambia la fachada de su casa una vez al año, cada vez más fea y más
árida. Será por su antipática alegría,
pues de ella emana todo menos paz y felicidad.
Chismosa porque habla de todos los vecinos, les conoce vida y
milagros, reales o no. Y se encarga de
que, quien no los conozca como ella, se entere. No parece recordar que los demás también escuchamos y observamos. Y si no está en boca de todos es porque muchos no tenemos la necesidad
de repetir…
Mala fe, porque ¿qué se puede decir de una persona que se proclama
cristiana y no sabe de caridad, comprensión ni amor por los seres vivientes? Es
fácil envenenar a un gato o un perro.
Con echarle carne contaminada basta. Y nadie tiene que enterarse. Es que son ellas, bestias asquerosas, las culpables, todas se empeñan en cagar en su
patio. Será que también, de alguna
forma, quieren demostrar que no la toleran, que no le perdonan cada uno de sus
iguales masacrados, que se vengarán de cada escobazo e improperio. Y ¿quién le devuelve a nuestros niños sus
mascotas, quién les consuela cada lágrima derramada al encontrarlos muertos?
Este año la víctima escogida ha sido un caobo. Que le habrá hecho el pobre sino crecer y
cambiar sus hojas una vez al año. ¿No botamos todos una vez al día nuestros
desperdicios? Crucifíquennos por
eso. ¡Cómo se atreven a decir que ese
árbol no debería estar ahí! Nadie lo
sembró, estaba allí antes que nosotros.
Los constructores de la urbanización, tal vez abrumados por todos los
que ya habían cortado, le perdonaron la vida.
Pero ahora está de más: ¡córtenlo, mátenlo, ensucia! No importa cuántos nidos tienen sus ramas,
cuanto oxígeno produce, cuánta sombra da. Sus hojas no son billetes ni expulsa
semillas de oro. Está sembrado en tierra
y no en un patio de cemento, donde hay
que colocar toldos para combatir el sol y acondicionador de aire contra el
calor extremo.
Es la amiga de nadie, la que se va de viaje a salvar almas en
pueblos lejanos, pero no puede convivir con los de su calle. La que se da golpes de pecho y habla en
lenguas pero no se ocupa del veneno que sale de la suya.
Una
de las ventajas del “homeschooling” es que se impacta toda la familia con los
temas que se estudian.
En
estos días Nahuel estaba aprendiendo sobre las características de la luz. Su titi Vanessa le dijo que había formas de
dibujar con luz. Ya eso fue la
motivación para reunirnos, intentarlo, maravillarnos, imaginar más proyectos,
planear otra reunión para incluir a los demás primos y lograr mejores paisajes
y efectos.
Aunque
lo veíamos en internet, no pudimos entender bien lo que ocurría hasta que lo
practicamos. Parece magia y es tan
sencillo. Lo único que necesitamos es
una cámara con control manual que te permita bajar la velocidad de exposición y
una fuente de luz.
La
técnica es muy fácil: dibujar formas, líneas, trazos, letras, usando una
linterna que puede ser la del celular.
Colocar la cámara en una mesa o trípode para evitar cualquier
movimiento. tiene que tomar la foto a la
velocidad más lenta posible.
En nuestro
caso, teníamos 30 segundo para realizar el dibujo. Los trazos dibujados son captados por el
sensor de la cámara y quedan fijos en la fotografía final.
Nada,
¡que descubrimos como dibujar cuando el lápiz es la luz y el aire es el papel!
Nos
queda mucho por aprender pues ya Vane y Noel prendieron la mecha del interés en
nuestros niños. ¡Seguiremos informando!
Yo no era el
pequeño héroe de Holanda. Con mi dedo no
podría tapar una grieta en el dique ni detener, durante toda la noche, las aguas
embravecidas que amenazaran abalanzarse sobre la ciudad. Pero sí era Peter J. Sullivan, el confiable
veterano reportero del “Times-Picayune” y mis dedos mantendrían informados, en
esta inesperada amenaza del huracán Katrina,
a los lectores de Nueva Orleans. Formábamos una pareja temeraria: yo, un
renombrado reportero, dispuesto a los mayores sacrificios por un reportaje
merecedor de algún premio importante y Nueva Orleans, una ciudad viva, alegre,
activa, capaz de olvidar, en sus interminables días de fiesta, el estar rodeada por cuerpos de agua y situada
dos metros bajo el nivel del mar.
Nadie hubiera
podido imaginar el cambio de rumbo de Katrina ni que llegara a intensificarse
hasta la clasificación más alta dada a estos fenómenos. Apenas unos días antes, se había formado como
depresión tropical cerca de las Bahamas y, lo lógico, fuera que entrara a los
Estados Unidos, como tormenta tropical, por Florida. ¿Cómo íbamos a sospechar
que se convertiría en huracán 5, se desviaría hacia el Golfo de México, tomando
rumbo hacia el noroeste, y arrasaría las costas de Luisiana, Mississippi y
Alabama?
En la edición del 28
de agosto de 2005, informamos la alta probabilidad que nuestra ciudad estuviera
en la ruta de Katrina y se formaran marejadas ciclónicas. Aunque traté de
calmar a mi esposa y mis hijas, afirmándoles
que nuestros diques habían sido diseñados y construidos por el cuerpo de
Ingenieros del Ejército de Estados Unidos y que nuestra casa, de dos plantas,
era un refugio seguro, por lo que no teníamos nada que temer, no lograba
convencerme a mí mismo. A eso de las
diez de la mañana, el alcalde ordenó la primera evacuación obligatoria de la
ciudad. “Katrina puede ser la tormenta que, durante tanto tiempo, hemos temido”, expresó. Le pedí a mi familia que se fuera. Todavía
estaban a tiempo de llegar a casa de mis suegros, quienes vivían en el Barrio
Francés, uno de los más altos de la ciudad.
Les aseguré que nos reuniríamos allí en unas horas, aunque nunca pensé
en cumplir tal promesa. No iba a perder la oportunidad de ser parte de la
historia. A regañadientes, me obedecieron. O, por lo menos, eso pensé. Las dejé preparando sus cosas y me fui al
periódico a entregarme a mi deber. Y mi pasión.
No tenía idea de lo que nos esperaba.
Ya en la madrugada
del día 29, el huracán Katrina se dejó sentir con toda su furia. El ruido era impresionante, el de la lluvia, los truenos, pero sobre todo el del viento. Esa ventolera infernal arrastraba cualquier
cosa que se le interpusiera: señales de tránsito, ramas, animales, autos,
techos, casas enteras. 225 kilómetros
por hora. Pudimos sacar la edición
matutina, alertando del peligro inminente. Y salí a recorrer las calles, a documentar
de primera mano la catástrofe que presentía. La fuerte lluvia no me permitía
ver más allá del bonete del auto. Según
pasaban las horas, la situación se complicaba. Vi personas corriendo, defendiéndose
como podían del diluvio, ventanas y puertas de cristal explotando, edificios
desplomándose, quizás con gente en su interior.
De pronto, un estruendo. El agua empezó
a subir de manera acelerada, como un golpe en el cauce de un río. Esto no es
solo lluvia, pensé, aquí ha pasado algo grande…los diques… ¡el lago! Seguí, cámara en mano, documentando el que
podía ser el mejor reportaje de mi vida, creyéndome Noé en el arca. No parecía
darme cuenta de la magnitud del fenómeno ni del peligro que corría, hasta que tomé
varias rutas, con la intención de
regresar al periódico, y encontré
inundadas todas las vías de escape. Temí por mi vida, y no puedo negarlo, por mis
fotos. Estaba seguro que era el único
periodista en ese momento en la calle, hoy no sé si el más valiente o el más
idiota. De nada iba a servirme un
Pulitzer si lo recibía póstumo, así que hice mi mayor esfuerzo por llegar al
refugio más cercano, el Superdome, y
ponerme a salvo.
Poco después tenía
el gran titular: “la ciudad del jazz y el soul yace bajo agua”. Me urgía salir del
estadio, informarme para informar. La
incertidumbre me enloquecía, sentirme varado también. La mayoría de las carreteras estaban intransitables,
el puente colapsado, y las únicas vías posibles eran reservadas para las
autoridades o emergencias médicas.
Ser un periodista
reconocido tiene sus ventajas. Una de ellas, recibir ayuda de la guardia
nacional para llegar al periódico. Imposible sacar la edición impresa, pero sí
era posible que saliera la virtual. La
misma necesidad que tenía yo de comunicarme con mi esposa y mis dos hijas, la
tenían miles de personas. Nadie, de las más de veinticinco mil personas refugiadas
en el Superdome, al que se le había desprendido ya parte del techo, conocía el
destino de sus vecinos, de sus amigos, de sus familiares… ni siquiera el
propio. Desde el periódico, podríamos
hacer una red de comunicación donde las personas ubicaran a sus
familiares. A todo esto, yo confiaba en
que mis hijas estuvieran, con su madre, en casa de los abuelos. Tres días, con sus noches, estuvimos
sirviendo de enlace, anunciando personas desaparecidas y refugiadas, haciendo
listas de heridos y muertos, informando medidas de seguridad, puntos de ayuda,
repartición de agua potable, alimentos y medicinas. Fue entonces que ¡por fin! pudo entrar una
llamada de los suegros. —Estamos muy
preocupados por ustedes. ¿Cómo están?
—Pero, ¿cómo? —les pregunto —¿no están
Anna y las niñas allá?
No, no
estaban. Ellos ni siquiera sabían que
iban para allá. Sentí miedo, mucho miedo, más que en todos los días anteriores.
En ese momento, olvidé todas las precauciones dadas a los demás, y me lancé a
la calle a buscarlas. Tenía que llegar a
mi hogar, o lo que quedará de él. El
periódico puso a mi disposición un bote, era la única forma de moverse en ese
caos. Nunca vi tanta destrucción, casas sumergidas o destruidas, personas
buscando entre las ruinas sus pertenencias, y peor aún, a sus familiares. Mi
instinto periodístico me dominó, tomé la cámara y disparé fotos a granel. Quise
capturar en imágenes la desesperación y el sufrimiento humano, en todas sus
manifestaciones. Cadáveres de animales y personas flotando entre los escombros. Clic. La histeria de aquella madre removiendo
con sus manos fango, agua, maderas y piedras en busca de sus hijos. Clic. El desamparo de un niño, asustado, solo, abrazando
su oso de peluche, tan entripado como él. Clic.
La desesperanza de aquel anciano con sus ojos perdidos en la distancia tratando
de encontrar un porqué. Clic.
Llegué a mi casa. Balcones,
terrazas y parte del techo, desaparecidos; las paredes aún en pie. Resistió,
como vieja guerrera, los embates de Katrina. Adentro, caos total: enseres,
muebles, libros, equipos, cuadros, lámparas, todo por el piso, roto, mojado,
dañado. Mi ansiedad iba en aumento, mi familia no estaba
allí. Subí las escaleras a brincos. Como
un mal presentimiento, me detuvo una pregunta: si las encuentro muertas, ¿también
las retrataré? Aterrorizado por la
imagen en mi mente, pasé de observador a víctima. Sentí vergüenza de mi
insensibilidad, de mi falta de empatía, de la callada pretensión de ganar un
premio basado en el dolor ajeno. Juré
que jamás publicaría las fotos tomadas, réplicas de la angustia que yo ahora
sentía. Ya no me importaban reportajes, trabajo, fama, casa, fotos, reputación,
¡nada!, solo encontrar a mi esposa y mis hijas…
En una de las pocas habitaciones con techo, por fin las vi, juntitas
las tres, en esperándome. Sus ojos, ya sin lágrimas, pero con el horror de lo
vivido reflejado en sus pupilas. Nunca se fueron, no querían dejarme atrás y cuando
se dieron cuenta del peligro, no pudieron salir. No era momento de reproches. Nos unimos en un
largo abrazo, en silencio, con la certeza de haber conservado lo más importante,
la vida. Más de mil ochocientas personas
no habían tenido tanta suerte…
De una espiga que me regaló Wilca, mi ahijada, surgieron tres capullos. Los retraté día a día hasta verlos convertidos en flores.
Somos cuidadores de los capullos que nos da la vida, responsables de regarlos, abonarlos, ofrecerles las condiciones propicias para su crecimiento y desarrollo. Que nadie corte sus pétalos ni les borre su color. Que nadie les robe sus risas ni sus ilusiones.
Tal como canta Marc Anthony:
Aquella flor de pétalos dormidos, A la que cuido hoy con todo el alma. Recuperó el color que había perdido, Porque encontró un cuidador que la regara.
Le fui poniendo un poquito de amor, La fui abrigando en mi alma, Y en el invierno le daba calor, Para que no se dañara.
De aquella flor hoy el dueño soy yo, Y he prometido cuidarla. Para que nadie le robe el color, Para que nunca se vaya.
Pero nuestros hijos se irán. Como dice Serrat:
Nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós.
Nuestra misión estará cumplida. Le dimos calor para que no se dañaran... Ahora, ¡a volar!
Los verdaderos maestros del teatro se pueden encontrar muy fácilmente lejos del escenario. Y, por lo general, no tienen interés en el teatro como máquina para reproducir convenciones y clichés. Buscan las fuentes de la pulsión y las corrientes vivas que evitan las salas de representación y a las multitudes que prefieren la copia de un mundo o de otro. Preferimos copiar en vez de crear mundos que inciten al debate con el público, que se centren en las emociones que se acumulan bajo la superficie. En realidad, no hay nada que pueda revelar tantas pasiones ocultas como el teatro. A menudo vuelvo a la prosa como una guía. De vez en cuando me sorprendo pensando en escritores que hace casi un siglo profetizaron el declinar de los dioses europeos y describieron el crepúsculo que hizo sucumbir a nuestra civilización en una oscuridad que aún espera ser iluminada. Estoy pensando en Franz Kafka, Thomas Mann y Marcel Proust, pero tambien incluiría hoy a John Maxwell Coetzee en este grupo de profetas. Su sentido común sobre el inevitable fin del mundo - no del planeta, sino del modelo de las relaciones humanas - y del orden social y el caos, es considerablemente actual para nosotros hoy día. Para nosotros que vivimos después del fin del mundo. Para nosotros que enfrentamos crímenes y conflictos que se encienden diariamente en nuevos lugares más rápido que los ubicuos medios de comunicación. Estos fuegos se vuelven aburridos muy rápidamente y desaparecen de las noticias, para nunca más volver. Y nos sentimos desprotegidos, horrorizados y acorralados. Ya no podemos construir torres y las murallas que levantamos obstinadamente, no nos protegen de nada - por el contrario, ellas mismas piden protección y cuidado, lo que nos hace consumir una gran parte de nuestra energía vital. Ya no tenemos la fuerza para tratar de mirar lo que hay más allá de las puertas, detrás de los muros. Y es precisamente por eso que el teatro debe existir y donde debe encontrar su fuerza. Mirar más adentro que lo permitido.
"La leyenda busca la explicación de lo inexplicable. Está aferrada a la verdad y debe terminar en lo inexplicable" - así es como Kafka describió la transformación de la leyenda de Prometeo. Siento profundamente que esas mismas palabras deberían describir el teatro. Y es ese tipo de teatro que se aferra a la verdad y termina en lo inexplicable el que deseo para todos sus trabajadores, para los que están en el escenario y para los que están en el público. Lo deseo con todo mi corazón. Krysztof Warlikowski El autores un director de teatro polaco, creador del Teatro Nowy (Nuevo Teatro) en Varsovia. Traducción: Manolo Garriga (Centro cubano del ITI)
Santurce esperó quince años para ganar otra vez el campeonato nacional.
Campeonato que ha ganado ya en trece ocasiones: 1950-51, 1952-53, 1954-55, 1958-59, 1961-62, 1964-65, 1966-67, 1970-71, 1972-73, 1990-91, 1992-93 y 1999-00, y 2014-15 Santurce ha ganado cinco Series del Caribe: 1951, 1953, 1955, 1993 y 2000. Puerto Rico lleva 15 años sin ganar una Serie, los mismos que esperó Santurce para ganar el campeonato nacional. ¿será que se ganará esta vez? La Serie del Caribe empieza el 2 de febrero en San Juan.
Fue una emoción grande volver a conquistar el cetro, Los Cangrejeros son un equipo con tradición, con historia, al que me unen sentimientos de fidelidad, de familia, de tradición.Por eso, grande fue mi alegría cuando mi hermana me envió hoy el audio de la canción del Pepelucaso, una canción que recordaba de tanto escucharla cuando niña. Tanto que a pesar de no haber nacido aún, me pareció estar en aquel parque cuando Pepe Lucas botó la bola. Era el primer campeonato de Santurce, ganado dramáticamente en la novena entrada después de dos hombres fuera. Y ese equipo, representando a Puerto Rico, obtuvo para la isla su primera corona caribeña. Puede haber errores y omisiones (que me encantaría corregir) pero entiendo que son muchas las figuras importantes que han vestido el uniforme. Entre ellos, tenemos que mencionar al Cangrejo Mayor, Pedrín Zorrilla, Willard Brown ("Home run") , Luis Rodríguez Olmo, Bob Thurman "(El Múcaro'), Alfonso Gerard, Rubén Gómez ("el divino loco"), Mike Clark, Alva Holloman, Raúl Cabrera ("Cabrerita"), José Santiago ("Pantalones"), Roberto Vargas, Pedro Juan Arroyo, Bill Powell, José St. Clair ("Pepe Lucas") y su hermano Luis St. Clair ("Guigui Lucas"), George Crowe, Don Zimmer, Bill Greason, James Gilliam ("Junior"), Buster Clarkson, Stan Bread, Domingo Sevilla, Valmy Thomas, Roberto Clemente, Willie Mays. Pero antes de llegar a Caracas, había que ganar en San Juan.¡Y Pepe Lucas la botó!
El tráfico en la autopista está más
complicado que nunca. Por lo general, se
embotellan los autos cerca de la estación del peaje, pero hoy la fila empieza
mucho antes. Es miércoles, día de
trabajo, de clases; en fin, un día normal.
No sé por qué todo el mundo está en la calle. Tengo que recargar la tarjeta de pago y, por
supuesto, como suele ocurrirme, tomo la caseta más lenta. Pero no voy a moverme a otra, no quiero me
pase como en el supermercado que, una vez me cambio de fila, la que dejo corre
como agua en tubería destapada.
Observo los autos cercanos. Para
distraerme, trato de adivinar vidas y circunstancias de sus ocupantes. En el
carril de al lado, una mujer parece discutir con su hijo adolescente. El muchacho apenas habla, mira al frente,
indiferente. Ella gesticula enérgica,
sus labios y manos se mueven sin descanso.
Podría adivinar sus palabras, seguro le presto más atención que el chico.
Tras ellos, hay una pareja en un
carro deportivo. No les preocupa la lentitud
con que se mueven; por el contrario, la disfrutan. Tienen los cristales
cerrados, pero puedo escuchar música.
Los miro con disimulo, se abrazan, se besan. Para ellos, se detuvo el tiempo y se olvidó
el espacio.
Por mi espejo retrovisor, veo el
rostro del hombre que conduce el auto que me sigue. Se nota contrariado, nervioso. A cada rato mira su celular, como si de esa
manera los minutos avanzaran. Imagino
que llegará tarde a una cita, perderá un examen o una entrevista de trabajo. Habla por teléfono con alguien, tal vez se
excusa. Al parecer, la otra persona le
cuelga. ¿No le habrá creído?
Al frente, una mujer aprovecha para
terminar de maquillarse. Supongo que es su camino de rutina y ya conoce que
tendrá estos minutos extras para hacerlo. Lleva un bebé en el asiento trasero,
con frecuencia se vira para revisarlo. Debe haber salido con prisa¸ llevará al
niño al centro de cuido y, de ahí, a su lugar de trabajo.
Siento un movimiento entre los autos
pero no logro definir qué es. Qué raro, no es lugar para peatones. Alguien pidiendo dinero, quizás. Temo por su seguridad... y la mía. Me quedo
pendiente tratando de ubicarlo. ¡Ay, ya lo vi!
Flaco, bastante grande, descuidado su pelo marrón claro. Va auto por auto, se acerca a la puerta del conductor,
mira en el interior, baja y sigue hacia el otro. ¿A quién busca? Se ve hambriento y desorientado. Algunos lo miran con lástima, otros con
asco. Allá lo espantan, va a rayarles la
carrocería. Más acá, alguien ha colocado un envase con agua. Debe llevar días perdido. Viene hacia mí. Se asoma a la ventanilla, su cabeza queda a
la altura de la mía, bajo el cristal, me mira, lo miro. Sus ojos piden auxilio, sácame de aquí, no
tengo idea dónde estoy, no encuentro mi casa ni a mi gente. Sin pensarlo mucho, abro la puerta. Para mi
asombro, entra al auto. Llego a la
caseta de peaje, es mi turno, pago. Arranco.
Así fue
como sin buscarlo, hallé el amor más fiel, auténtico e incondicional. Ese día, conocí
a mi perro y me convertí en su humano. Mi compañero, mi amigo Platón.
Felipe Camino Galicia de la Rosa, conocido como León Felipe nació en Tábara,
provincia de Zamora, España el 11 de abril de 1884. Vivió como un hombre libre,
cómo decidió y no como le dictaba su cuna y condición.
“Los
grandes poetas no tienen biografía, tienen destino”.
Pasó a la eternidad en Ciudad de México, donde se había exiliado
definitivamente, el 18 de septiembre de 1968.
“Soy
hombre antes que español”.
Para el 1939, decía en la Casa de España en México:
“Hace ahora -por estos días- un año justo que
regresé a México. Y poco más de un año que abandoné definitivamente España. Vine aquí casi como el primer heraldo de este éxodo. Sin embargo,
yo no soy un refugiado que llama hoy a las puertas de México para pedir
hospitalidad. Me la dio hace diez y seis años, cuando llegué aquí por primera
vez, solo y pobre y sin más documentos en el bolsillo que una carta que Alfonso
Reyes me diera en Madrid, y con la cual se me abrieron todas las puertas de
este pueblo y el corazón de los mejores hombres que entonces vivían en la
ciudad…Después, México me dio más: amor y hogar. Una mujer y una casa. Una casa
que tengo todavía y que no me han derribado las bombas. Ahora que tanto español
refugiado no tiene una silla donde sentarse, tengo que decir esto con
vergüenza. Pero tengo que decirlo. Y no para mostrar mi fortuna, sino mi
gratitud. Y para levantar la esperanza de aquellos españoles que lo han perdido
todo...
Amigos
míos, esta noche habéis venido aquí a contestar a estas preguntas. Todos. Todos
los que me escucháis. Los mexicanos y los españoles; y supongo que también ese
hombre encendido de cólera, que grita todos los días en la prensa: ¿quién es
ése? ¿Por qué ha entrado ése? ¿Quién le ha abierto las fronteras y la puerta de
plata? Que muestre sus diplomas. ¿Dónde están sus diplomas?
Yo no tengo diplomas. Mis diplomas y mi equipaje
se los ha llevado la guerra y no me quedan más que estas palabras que ahora
vais a escuchar”.
Su obra, hasta quizás épocas recientes, no ha sido reconocida en su
inmenso valor. Ignorado por unos y
criticado por otros, comenzó su labor literaria ya cumplidos los treinta y
cinco. El ser hijo de un notario y miembro de una familia adinerada e influyente,
hizo que muchos lo etiquetaran como un “señorito de provincias”. Pero nada más lejos de la verdad. Se graduó de farmacéutico pero no ejerció por
mucho tiempo en un solo sitio pues su vocación de actor en una compañía teatral
rodante lo llevaba de ciudad en ciudad.
Esta inestabilidad le trajo problemas económicos que lo llevaron a la
cárcel donde pasó tres años. Luego,
Madrid, vida bohemia, dormir en pensiones, en la calle, trabajo en Nueva
Guinea, nuevamente España, Norteamérica, hasta establecerse permanentemente en
México donde lo esperaba el encuentro con su destino.
Sus ideas republicanas y su exilio en América provocaron que los
críticos de la España franquista no lo tomaran en serio. Fue considerado por Vicente Gaos en su
obra Claves
de la literatura española como un poeta menor y por Juan Ramón Jiménez como "el mejor de los de menos importancia". Sin embargo, los poetas mexicanos y los que
lo acompañaron en el exilio, creían en su poesía y eso para él fue suficiente.
León Felipe es un poeta de gran fuerza lírica comprometido con las luchas sociales.
Puede notarse la influencia de
los versículos de la Biblia, así como de los poetas Walt Whitman y William
Shakespeare, a quienes tradujo. Su
poesía es rebelde, un grito por la solidaridad y la justicia, por la dignidad del ser humano, un canto al
tiempo, al caminar, a la vida y a la muerte.
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
Se vio afectado por la guerra,
sintió los horrores de la división española, de la injusticia, de ver su tierra
destruida y su gente empobrecida.
A los Caballeros del Hacha,
A los Cruzados del Rencor y del Polvo...
A todos los españoles del mundo.
... Los muertos vuelven,
vuelven siempre por sus lágrimas
(el muchacho que se fue tras los antílopes regresará
también).
nuestras lágrimas son monedas cotizables;
guardadlas todas ¡todas!
para las grandes transacciones.
Hay estrellas lejanas
¡y yo sé lo que cuestan!
***
¿Por qué habéis dicho todos
que en España hay dos
bandos,
si aquí no hay más que
polvo?
Un León Felipe que
conoce la fuerza de la palabra, que usa como trinchera su poesía.
“El poeta va recreando con su angustia viva, las esencias vírgenes que
matan sin cesar el político y el eclesiástico esos hombres que piensan que
ganan todas las batallas y dejan siempre seco y muerto el problema primario de
la justicia del hombre.
Cuando todas las demagogias han manchado de baba las grandes verdades
del mundo y nadie se atreve ya a tocarlas, el poeta tiene que limpiarlas con su
sangre para seguir diciendo: aquí todavía la verdad.
¿Por qué no hay ya zapatos para todos?”
***
Cuando no hay poetas en un
pueblo, el juez y los magistrados se reúnen en las tabernas, y firman sus
sentencias en los lechos de las prostitutas.
Cuando no hay poetas en un
pueblo (es decir, Ley viva), los obispos (es decir, la Ley muerta) celebran los
concilios en los sótanos de sus palacios para bendecir la trilita de los
aviones.
El obispo o el arzobispo,
en este poema, es el jerarca simbólico de todas las podridas dignidades
eclesiásticas de España: el que hace las encíclicas, las pastorales, los
sermones, las pláticas, lleva al templo la política y los negocios de la plaza
y afianza bien ha ametralladoras en los huecos de los campamentos para
dispararlas contra el hombre religioso, contra el poeta que dice:
¿Dónde está Dios? Rescatémosle de ha tinieblas.
Porque…
Dios que lo sabe todo
es un ingenuo
y ahora está secuestrado
por unos arzobispos
bandoleros
que le hacen decir desde la
radio
«Hallo! Hallo! Estoy aquí
con ellos».
Mas no quiere decir que
está a su lado
sino que está allí
prisionero.
Dice dónde está, nada más,
para que nosotros lo
sepamos
y para que nosotros lo
salvemos.
“Sin el poeta no podrá existir España. Que lo oigan
las harcas victoriosas, que lo oiga Franco:”
Tuya es la hacienda,
la casa,
el caballo
y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el
mundo...
mas yo te dejo mudo... ¡Mudo!
¿Y cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?
Y le pide a sus compatriotas:
Toda la luz de la tierra
la verá un día el hombre
por la ventana de una lágrima...
Españoles,
españoles del éxodo y del llanto:
levantad la cabeza
y no me miréis con ceño
porque yo no soy el que canta la
destrucción
sino la esperanza.
El eterno
peregrinar, el no poder permanecer en un solo sitio, la falta de raíces, es
constante en su poesía.
COMO TÚ
Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera...
ROMERO SOLO
Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.
Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.
Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.
La musicalización en
los años 70 por Joan Manuel Serrat de “Vencidos” hizo que el poema se popularizara.
Don Quijote, Rocinante, Sancho… tan presentes en la obra de León Felipe.
VENCIDOS
Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar.
Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la
armadura, y va ocioso el caballero, sin peto y sin
espaldar, va cargado de amargura, que allá encontró sepultura su amoroso batallar. Va cargado de amargura, que allá «quedó su ventura» en la playa de Barcino, frente al mar.
Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar. Va cargado de amargura, va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.
¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma
llanura, en horas de desaliento así te miro pasar! ¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu
montura y llévame a tu lugar; hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado, hazme un sitio en tu
montura que yo también voy cargado de amargura y no puedo batallar!
Ponme a la grupa contigo, caballero del honor, ponme a la grupa contigo, y llévame a ser contigo pastor.
Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar...
Aunque él aclaró a los lectores del Norte su posición:
La gente suele decir,
los americanos,
los norte-americanos suelen decir:
León Felipe es un "Don
Quijote".
No tanto, gentlemen, no tanto.
Sostengo al héroe nada más...
y sí, puedo decir ...
y me gusta decir:
que yo soy Rocinante.
León Felipe, Miguel
Hernández, Antonio Machado, Federico García Lorca. Sus letras triunfaron sobre
la muerte y hoy van a la grupa con Don Quijote, como él: inmortales, victoriosos.
¡EH, MUERTE, ESCUCHA!”
“Y ahora pregunto aquí: ¿quién es el último que habla,